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Mi Familia Explosiva - Capítulo 31

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Capítulo 31: Capítulo 31

El edificio de lo oculto crujió cuando la puerta se cerró detrás del grupo. Las paredes de piedra negra absorbían la luz, y el aire olía a incienso viejo y a algo más… algo eléctrico, como la calma antes de una tormenta.

Rías Gremory caminó delante, guiando a los estudiantes de la U.A. por un pasillo estrecho hasta una sala amplia en la planta baja. Era una especie de salón común, con sofás de cuero desgastado, una mesa central llena de tazas vacías, y estanterías repletas de libros antiguos. En las paredes colgaban mapas de constelaciones y fotografías amarillentas.

Y en el centro de la sala, siete jóvenes estaban en distintas posturas de descanso.

Un chico de cabello marrón y complexión atlética estaba sentado en el sofá, hojeando un cómic. A su lado, un rubio de rasgos afilados limpiaba una espada con un paño. Una chica pequeña de cabello platino estaba acurrucada en un sillón, leyendo un libro de química. Una monja de hábito blanco y flotador en la muñeca cosía algo en un rincón. Y más al fondo, una chica de cabello azul con una espada enorme apoyada en la pared, junto a otra rubia con coletas decoradas con lazos.

—¡Buchou! —exclamaron casi al unísono, levantando la vista.

Rías Gremory levantó una mano en señal de saludo.

—Chicos, tenemos visita. Son los estudiantes de la U.A. que mencioné. Se quedarán con nosotros unos días.

Los siete miembros del club de investigación de lo oculto (el nombre oficial seguía siendo un misterio incluso para ellos) se pusieron de pie con curiosidad. Pero sus ojos no se posaron en Iida, ni en Kirishima, ni en Todoroki. Sus ojos se posaron en Akeno.

En particular, la chica pequeña de cabello platino soltó su libro.

—¡Akeno-sama! —exclamó, levantándose de un salto.

El chico del cómic tiró la revista.

—¡La vicepresidenta ha vuelto!

La monja dejó caer la aguja.

—¡Akeno-san!

Antes de que Akeno pudiera reaccionar, los siete se abalanzaron sobre ella como un enjambre emocionado.

—¡Akeno-sama, la extrañamos tanto!

—¡Vicepresidenta, ¿por qué tardó tanto?

—¡Su bebé es preciosa!

—¡Felicidades por el segundo!

Akeno rió, acorralada por abrazos y palmadas. Con una maniobra rápida, pasó a Rías bebé a los brazos de Momo, que estaba cerca y atinó a sostenerla con sorpresa.

—Ya, ya —dijo Akeno, correspondiendo los abrazos—. Estoy aquí. No me voy a ir.

—¡Dijo lo mismo la última vez y se fue a Tokio! —protestó el chico del cómic.

—Eso fue para estudiar en la U.A. No es que me fuera para siempre.

—¡Tres años sin venir es casi para siempre!

—Exagerado.

Mina, que observaba la escena con la boca abierta, se giró hacia Bakugō.

—Oye… ¿por qué tanta emoción? ¿Conocen a Akeno de antes?

Bakugō resopló, cruzando los brazos.

—Porque estudió aquí. En la Academia Kuoh. Antes de que su madre la enviara a la U.A.

—¿Estudió aquí? —preguntó Uraraka—. ¿Pero no es de Tokio?

—Su familia vive en Kuoh. Ella vivía con su madre antes de que… —hizo una pausa—. Antes de que decidiera irse a la ciudad.

—¿Y por qué se fue? —preguntó Kirishima.

—Porque quería ser heroína. Y su madre quería que siguiera las tradiciones del templo. Al final, llegaron a un acuerdo: estudiaría en la U.A., pero volvería cuando pudiera. No sé.

—¿Y ella era la vicepresidenta de este club?

—Sí. —Fue Rías Gremory quien respondió, acercándose—. Akeno era mi mano derecha. La mejor vicepresidenta que he tenido. Organizaba, mediaba, y cuando alguien se pasaba de la raya… —sonrió—. Lo resolvía con un rayo.

—Típico de ella —dijo Bakugō, pero había orgullo en su voz.

Rías Gremory dio una palmada suave.

—Ya, chicos. Dejen a Akeno respirar. Siéntense todos. Tenemos mucho que hablar.

Los siete miembros se separaron, aunque no sin antes darle un último abrazo a Akeno. Ella sonrió, arreglándose el cabello desordenado.

—Están igual de cariñosos que antes.

—Es que la extrañamos —dijo la chica pequeña, que según el letrero en su pupitre se llamaba Koneko.

Rías Gremory los fue señalando mientras se sentaban en los sofás.

—Les presento a mis compañeros del club de investigación de lo oculto. Koneko Toujo —la chica pequeña de cabello platino asintió con seriedad—. Asia Argento —la monja rubia de hábito blanco hizo una pequeña reverencia—. Kiba Yuto —el rubio de la espada inclinó la cabeza—. Issei Hyoudou —el del cómic levantó la mano con una sonrisa nerviosa—. Xenovia Quarta —la chica de cabello azul con la espada enorme apoyó la mano en el pomo—. Irina Shido —la rubia de coletas agitó los brazos alegremente—. Y Rossweisse —la chica de gafas y expresión seria que no estaba entre los siete iniciales, sino que había entrado con una bandeja de té segundos después—. Es nuestra consejera y profesora de runas.

—Encantada —dijo Rossweisse, repartiendo tazas.

Los estudiantes de la U.A. se presentaron con cortesía, aunque algunos (como Kaminari) seguían mirando las enormes estanterías de libros antiguos como si fueran un tesoro escondido.

Akeno se sentó junto a Rías Gremory en un sofá. Rías bebé seguía en brazos de Momo, que la sostenía con una mezcla de nervios y ternura. La pequeña pelirroja miraba a los siete desconocidos con sus enormes ojos rojizos, como si evaluara si valía la pena sonreírles o no.

—Ahora sí —dijo Akeno, bajando la voz para que solo Rías Gremory la escuchara—. Cuéntame. ¿Cómo estás? De verdad. No la versión de “estoy bien” que le diste a tu madre.

Rías Gremory suspiró. Fue un suspiro profundo, de esos que llevan semanas acumulándose.

—Más o menos.

—¿Más o menos no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Akeno la miró fijamente. Luego, sin previo aviso, su nariz se contrajo ligeramente.

—Rías… —dijo—. Siento el olor de Raiser en esta habitación.

El nombre cayó como una losa. Los siete miembros del club se tensaron. Koneko apretó los puños. Issei dejó de sonreír. Kiba apoyó la mano en la espada.

Rías Gremory apretó la mandíbula. Su expresión, antes serena, se volvió dura.

—Eso es lo que me tiene molesta. Y estresada.

—¿Qué hizo? —preguntó Akeno, con voz peligrosamente calmada.

—No hizo nada. Ese es el problema. —Rías Gremory entrelazó los dedos sobre sus rodillas—. Mis padres siguen presionando. Los padres de Raiser también. Quieren que el compromiso se concrete. Que me case con él para unir los territorios. El inframundo necesita estabilidad, dicen. Un heredero, dicen. Política, siempre política.

—¿Y tú qué quieres?

Rías Gremory levantó la vista. Sus ojos verdes brillaron con una intensidad que pocas personas podían sostener.

—Quiero que me dejen en paz. Quiero gobernar mi territorio sin tener que estar atada a alguien que me ve como un trofeo. Quiero… —hizo una pausa—. Quiero tener el mismo poder de decisión que los hombres de mi familia.

Akeno asintió lentamente.

—Raiser sigue siendo el mismo imbécil de siempre, ¿verdad?

—Peor. Su familia ha perfeccionado su Quirk durante generaciones. Fuego con regeneración. Por eso llevan el apellido Phoenix. Pueden arder y renacer de las cenizas. Raiser vanagloria que tiene más vidas que un gato y que ninguna espada puede matarlo.

—¿Y su Quirk?

—Control de llamas. Las suyas son especiales: doradas, casi blancas, de una temperatura que derrite el acero. Y cuando lo hieren, su cuerpo se regenera en segundos. He visto cómo le atravesaban el pecho y se reía mientras la carne se cerraba sobre la herida.

—Ningún Quirk es invencible —dijo Akeno.

—El de los Phoenix lleva siglos demostrando lo contrario.

Bakugō, que había estado escuchando desde el sofá contiguo, intervino.

—¿Qué es ese “inframundo” del que hablan? ¿Es alguna agencia de héroes?

Rías Gremory y Akeno intercambiaron una mirada.

—Algo así —dijo Rías Gremory—. Pero más… antiguo. Mi familia, los Gremory, dirigen una parte importante del inframundo junto a los Sitri. Sona Sitri, la que les hizo el tour, es mi mejor amiga y su hermana mayor es la líder de otro territorio. Nueva York, para ser exactos.

—¿Nueva York? —preguntó Kirishima—. ¿Hay inframundo en Nueva York?

—El inframundo no es un lugar físico. Es una red. Una sociedad. De personas con habilidades especiales que no son exactamente Quirks. Que preceden a los Quirks. —Rías Gremory hizo una pausa—. No puedo explicarlo todo ahora. No es seguro.

—¿Por qué no es seguro? —preguntó Iida, que había regresado de su tour con Sona.

—Porque hay quien no quiere que esos secretos salgan a la luz. —Rías Gremory miró hacia la ventana empañada—. Raiser es uno de ellos. Cree que el mundo de los héroes es una farsa. Una manera de controlar a los poderosos. Y quiere que yo abandone la academia para dedicarme por completo a los asuntos de la familia.

—¿Y vas a hacerle caso? —preguntó Kaminari.

Rías Gremory sonrió. Era una sonrisa fría, cortante.

—No. Por eso estoy aquí. Y por eso voy a pedirles ayuda.

—¿Ayuda? —preguntó Aizawa, que había entrado sin hacer ruido y ahora estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados—. ¿Qué tipo de ayuda?

—Raiser viene a Kuoh la semana que viene —dijo Rías Gremory—. Quiere un duelo formal para demostrar que soy débil. Que necesito un esposo que me proteja. Si pierdo, me veré forzada a aceptar el compromiso por honor familiar.

—¿Y si ganas? —preguntó Uraraka.

—Si gano, gano tiempo. Tal vez un año. Tal vez más. Suficiente para demostrar que puedo liderar sin un consorte impuesto.

—¿Y nosotros qué pintamos en todo esto? —preguntó Bakugō.

Rías Gremory lo miró.

—Porque el duelo no será solo mío. Raiser vendrá con su equipo. Diez personas. Los mejores de su territorio. Y yo… yo necesito un equipo igualmente fuerte.

—¿Nos quieres para pelear tu guerra? —preguntó Kirishima.

—No. Les quiero para que el duelo sea justo. No es una guerra. Es una exhibición. Un juicio de honor. Si aceptan, les estaré eternamente agradecida. Y les compensaré como sea que pueda.

—No necesito compensación —dijo Akeno—. Solo necesito que me digas qué tengo que explotar.

—Akeno…

—Eres mi mejor amiga. Y eso no cambia porque tengas un apellido raro o porque tu exnovio sea un fénix cretino.

Rías Gremory rió. Fue una risa entrecortada, de alivio.

—Gracias.

—No me des las gracias. Todavía no hemos ganado.

Aizawa, que había estado observando la escena con atención, intervino.

—Esto no forma parte del programa de la excursión. Pero dado que es un tema de honor familiar y no una confrontación con villanos… puedo permitir que participen. Siempre que sea voluntario y que no violen las leyes.

—No violarán nada —dijo Rías Gremory—. Es un duelo sancionado por las familias del inframundo. Legal dentro de su jurisdicción.

—¿Y la jurisdicción japonesa?

—La ignoramos. No es asunto suyo.

Aizawa suspiró.

—Hablaremos después. Por ahora, conozcan mejor a sus anfitriones. Mañana comenzaremos el entrenamiento oficial.

Salió de la sala, seguido por los Tres Grandes.

El grupo se relajó. Los miembros del club se acercaron a los estudiantes de la U.A. con curiosidad, y pronto las presentaciones se volvieron más informales.

Koneko Toujo se acercó a Rías bebé, que seguía en brazos de Momo.

—¿Puedo tocarla? —preguntó la chica pequeña.

—Claro —respondió Momo.

Koneko extendió un dedo y lo tocó suavemente en la mejilla. Rías bebé sonrió.

—Es suave —dijo Koneko—. Como un conejo.

—¿Has tocado conejos? —preguntó Mina.

—He tocado conejos. No me gustan. Huelen fuerte. Pero esta no huele fuerte. Huele a leche y a flores.

—Es por el champú que le compra su abuela —dijo Akeno, acercándose.

—¿Su abuela es una Bakugō?

—Mitsuki, sí.

—Las Bakugō huelen a explosiones. Esta no.

—Porque es mitad Himejima. Las Himejima huelen a rayos.

—¿Los rayos tienen olor?

—El ozono.

—Ah.

Koneko asintió, satisfecha con la explicación, y se retiró a su sillón.

Issei Hyoudou, el chico del cómic, se acercó a Bakugō con una mezcla de admiración y miedo.

—Oye, tú… eres el chico de las explosiones, ¿verdad? Vi tu pelea en el festival deportivo. Transmitieron un resumen aquí.

—¿Y?

—Que eres impresionante. ¿Me das un autógrafo?

Bakugō lo miró como si le hubiera pedido que bailara ballet.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque doy autógrafos cuando me gradúe de héroe.

—¿Puedo pedirte uno cuando te gradúes?

—…Puedes.

—¡Bien!

Issei se alejó feliz. Kiba, el rubio de la espada, se acercó a Akeno.

—Vicepresidenta —dijo, haciendo una leve reverencia—. Es un honor verla otra vez.

—Kiba. Sigo siendo la misma de antes. No hace falta tanta formalidad.

—Usted merece formalidad.

—Eres terco.

—Aprendí de usted.

Akeno sonrió y le dio un golpecito en el hombro.

—Cuida de Rías. De las dos.

—Siempre.

Asia Argento, la monja rubia, se acercó a Rías bebé con una expresión de ternura casi dolorosa.

—Es la criatura más hermosa que he visto —dijo—. ¿Puedo darle un beso en la frente?

—Claro —respondió Akeno.

Asia se inclinó y depositó un beso suave en la frente de Rías bebé. La pequeña soltó un gorjeo de alegría.

—Te quiere —dijo Akeno.

—Yo también la quiero.

Xenovia e Irina se acercaron juntas.

—Hola —dijo Xenovia—. Soy Xenovia. Pronto me ordenaré como caballera.

—Soy Irina —dijo la otra—. También. Pero de otro orden.

—¿Órdenes religiosas? —preguntó Akeno.

—Algo así.

—¿Y usan espadas?

—Las dos.

—¿Saben manejar explosiones?

Xenovia e Irina intercambiaron miradas.

—No.

—Entonces aprenderán con mi novio.

Señaló a Bakugō, que estaba discutiendo con Issei sobre si los dragones existían o no.

—¿Ese es su novio? —preguntó Xenovia.

—Ese.

—Es… ruidoso.

—Pero es mío.

—Eso es lo que importa.

—Eso es lo que importa.

Rossweisse, la profesora de runas, se acercó a Akeno con una taza de té.

—Tome. Es de tila. Para los nervios.

—No tengo nervios.

—Todos tenemos nervios. Solo que unos los esconden mejor.

Akeno aceptó la taza.

—Gracias, Rossweisse. ¿Sigue soltando frases lapidarias?

—Siempre. Es mi único talento.

—No es el único. También es buena con las runas.

—Eso no es talento. Es obsesión.

—De las buenas.

Rossweisse asintió y se retiró.

Al fondo, Rías Gremory observaba a su club interactuar con los visitantes. Sona Sitri había regresado, y ahora estaba de pie junto a ella, con los brazos cruzados.

—¿Crees que puedan ayudar? —preguntó Sona en voz baja.

—Lo sé —respondió Rías Gremory.

—¿Tanta confianza?

—Akeno nunca me ha fallado. Y su chico es una fuerza de la naturaleza. Literal.

—¿Y los otros?

—Los otros también. La U.A. no envía estudiantes débiles.

—Espero que tengas razón. Porque si Raiser gana…

—No va a ganar.

Sona la miró.

—Ojalá estés en lo cierto.

—Lo estoy.

Afuera, el sol comenzaba a ponerse sobre Kuoh, tiñendo el edificio de lo oculto de tonos anaranjados y violetas. Dentro, una alianza improvisada se preparaba para un duelo que decidiría el futuro de una familia.

Y en el centro de todo, Rías bebé, ajena a los problemas de los adultos, seguía sonriendo y saludando a todos con su manita regordeta.

—¡Rías feliz! —dijo—. ¡Muchos tíos!

—Sí, cariño —respondió Akeno, acariciando su cabeza—. Muchos tíos. Y muchos problemas. Pero los problemas se resuelven en familia.

—¿Familia Rías?

—Familia Rías.

—Entonces Rías contenta.

Y contenta se quedó, mientras la noche caía sobre Kuoh y el olor a fénix se mezclaba con el ozono de los rayos prometidos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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