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Mi Familia Explosiva - Capítulo 4

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4: Capítulo 4: Una cuestión de preferencias 4: Capítulo 4: Una cuestión de preferencias El grupo de la Clase 1-A aún estaba procesando lo que acababan de presenciar en la habitación de Bakugō cuando comenzaron a caminar por el pasillo en dirección a sus propios dormitorios.

Las conversaciones eran un murmullo constante de incredulidad y ternura.

—En serio, no puedo creerlo —decía Kaminari, negando con la cabeza—.

Bakugō.

Con una bebé.

Si me lo cuentan hace un año, me río en la cara de quien sea.

—La vida es extraña —respondió Kirishima, con una sonrisa boba—.

Pero es hermoso, ¿no?

Ver a Bakugō así.

—Hermoso y aterrador —corrigió Jirō—.

Como un oso polar cuidando a su cría.

—¡Kero!

Eso es muy específico, Jirō-san —comentó Asui.

Fue entonces cuando, al doblar una esquina, se encontraron cara a cara con Akeno Himejima.

La joven miko caminaba en sentido contrario con una serenidad absoluta, a pesar de llevar en una mano una caja de pizza humeante y en la otra un pack de seis latas de refresco.

Su largo cabello negro se balanceaba suavemente con cada paso y su expresión era la de siempre: esa sonrisa dulce y ligeramente misteriosa que parecía saber algo que los demás no.

—¡Akeno-san!

—la saludó Mina con entusiasmo, corriendo hacia ella—.

¡Justo a ti queríamos verte!

—¿A mí?

—Akeno inclinó la cabeza con curiosidad—.

¿Ocurre algo?

¿Rías se portó bien?

—¡Se portó increíble!

—exclamó Uraraka—.

Es una bebé tan buena, hace muchísimo caso.

Se quedó en la cama todo el tiempo como Bakugō-san le dijo, ni siquiera intentó bajarse.

—Obedeció cada orden —confirmó Iida con seriedad—.

Fue un ejemplo de disciplina infantil.

Akeno escuchó atentamente, y luego una sonrisa divertida se extendió por su rostro.

Pero no era una sonrisa completamente feliz.

Había algo en ella, un brillo de resignación juguetona.

—Sí —dijo, con un suspiro teatral—, es muy buena.

Principalmente con su querido padre, claro.

Los presentes parpadearon, confundidos.

—¿Cómo dice?

—preguntó Momo.

Akeno se encogió de hombros, ajustando la pizza en su brazo.

—Rías quiere más a Katsuki que a mí —declaró, como si confesara un crimen menor—.

Y yo fui la que la tuve siete meses en mi barriga.

—¿Siete meses?

—repitió Izuku, preocupado—.

¿Eso no es…?

—Es prematura, sí —asintió Akeno, y por un momento su expresión se volvió más seria—.

Nació en el séptimo mes.

Por eso Rías se enferma con facilidad.

Su sistema es un poco delicado todavía, los médicos dicme que con el tiempo se fortalecerá, pero por ahora hay que tener cuidado.

—Oh, lo siento mucho —dijo Uraraka, con genuina preocupación—.

Por eso mencionaste que no duermes en la UA…

—Exactamente —confirmó Akeno—.

Necesita cuidados especiales por las noches, revisiones constantes de temperatura, medicación a horas específicas…

No puedo dejarla en la guardería de U.A.

por la noche.

Prefiero llevarla a casa, al templo, donde mi familia puede ayudarme.

—Debe ser muy duro —comentó Yaoyorozu con empatía.

Akeno asintió, pero luego su expresión se tornó nuevamente juguetona.

—Y a pesar de todo eso —continuó, con un tono de burla hacia sí misma—, después de soportar un parto complicado, de noches sin dormir, de cuidarla cuando está enferma…

¿cómo me lo paga?

Hizo una pausa dramática.

—Queriendo más a su gruñón padre.

Hubo un momento de silencio, y luego Mina soltó una carcajada.

—¡No puede ser!

¿La bebé prefiere a Bakugō?

—¡Siempre!

—confirmó Akeno, riendo también—.

Cuando él está cerca, soy invisible.

Cuando él no está, soy aceptable.

Es una traición imperdonable.

—Pero si Bakugō es…

bueno, Bakugō —dijo Kaminari, sin pensar.

—Exactamente —Akeno levantó una ceja con diversión—.

Y aún así, su hija lo adora.

El amor es extraño, ¿no creen?

Momo, que había estado observando la escena con atención, señaló los objetos que Akeno llevaba.

—Akeno-san, disculpa la pregunta, pero…

¿para qué son la pizza y los refrescos?

Akeno miró la caja y el pack como si hubiera olvidado que los llevaba.

—Ah, esto —dijo, con una sonrisa más suave—.

Es para Katsuki.

—¿Para Bakugō?

—preguntaron varios al unísono.

—Sí —Akeno asintió—.

No se alimenta tan bien como debería.

Entrena mucho, gasta mucha energía, pero luego come cualquier cosa o directamente se salta comidas.

Así que de vez en cuando le llevo algo para asegurarme de que gane algunas calorías.

—Eso es…

—Izuku parpadeó—.

Muy considerado, Akeno-san.

—Es mi responsabilidad como su compañera —respondió ella con una sonrisa pícara—.

Y como la madre de su hija, supongo que también.

—Esos términos no son intercambiables —señaló Iida.

—Para mí sí —rió Akeno.

Se despidió con una pequeña reverencia y continuó su camino hacia el dormitorio de Bakugō, dejando atrás a un grupo de adolescentes que una vez más se quedaban procesando información.

—Es…

es muy dulce —dijo Mina—.

Llevarle comida porque le preocupa que no se alimente bien.

—Y muy práctica —añadió Jirō—.

Pizza y refrescos.

No es precisamente comida saludable, pero seguro que a Bakugō le encanta.

—Lo importante es que coma —sentenció Kirishima, siempre apoyando a su amigo.

Comenzaron a caminar de nuevo, pero algo los hizo detenerse.

Quizás fue el instinto, quizás la curiosidad, o quizás simplemente el universo quería que presenciaran un momento más de esta peculiar familia.

Apenas habían pasado un par de minutos cuando vieron a Akeno salir del edificio de dormitorios.

Pero esta vez no llevaba pizza ni refrescos.

Esta vez llevaba a Rías en brazos.

Y Rías lloraba.

No era un llanto cualquiera.

Era un llanto desconsolado, de esos que parten el alma, con lágrimas enormes rodando por sus mejillas regordetas y la carita completamente enrojecida.

Sus bracitos se estiraban hacia el edificio que acababan de dejar atrás, hacia la habitación de su padre.

—¡Papá!

¡Papá!

—lloraba, en ese lenguaje de bebé que todos podían entender perfectamente.

Akeno suspiraba, con una paciencia infinita pintada en el rostro.

La mecía suavemente, le secaba las lágrimas con un pañuelo, le susurraba palabras dulces.

Pero nada funcionaba.

—Ya, pequeña —decía con voz calmada—.

Mañana lo verás.

Tu papá necesita descansar, ¿vale?

Mañana jugarás con él otra vez.

—¡NOOO!

—el grito de Rías fue tan potente que hasta Dark Shadow se asomó desde la capa de Tokoyami para ver qué ocurría—.

¡Papá!

¡Papá, papá, papá!

Los compañeros observaban la escena desde la distancia, sin atreverse a intervenir.

—Pobrecita —susurró Uraraka, con el corazón encogido—.

No quiere separarse de él.

—Es comprensible —dijo Todoroki con su habitual calma—.

El vínculo que desarrollan los niños con sus cuidadores principales puede ser muy intenso.

—Pero su cuidadora principal es Akeno —señaló Shoji—.

Ella es quien la cuida la mayor parte del tiempo.

—Los bebés son criaturas de preferencias misteriosas —respondió Tokoyami—.

El corazón humano es un abismo insondable.

—Eso fue profundo, Tokoyami —dijo Mina—.

Y un poco triste para Akeno.

Akeno, mientras tanto, probaba una nueva estrategia.

—Rías —dijo, con un tono de negociación—.

Te daré helado después de tomar la leche.

Se llevó una mano al pecho, el gesto universal de “leche materna”.

Rías la miró con sus enormes ojos carmesí, todavía llenos de lágrimas.

Parpadeó.

Y luego, claramente, deliberadamente, negó con la cabeza.

Un movimiento lento, firme, inequívoco.

—¡NOOO!

—reafirmó su decisión—.

¡Papá!

El grupo detrás de ellas contuvo la respiración.

—¿Acaba de…

negociar con su madre?

—preguntó Kaminari, incrédulo.

—Y rechazó la oferta —añadió Jirō, con una mezcla de asombro y diversión.

—Esa bebé tiene una voluntad de hierro —comentó Kirishima, claramente impresionado—.

Es toda una Bakugō.

Antes de que Akeno pudiera intentar otra táctica, la puerta del edificio de dormitorios se abrió de golpe.

Bakugō Katsuki estaba en el umbral.

Tenía el cabello todavía un poco húmedo de la ducha, vestía la misma ropa casual de antes, y su expresión era la de siempre: un ceño fruncido y una actitud amenazante.

Pero había algo más en sus ojos cuando miró a su hija llorando.

—Mujer problemática —dijo, con un tono que intentaba ser gruñón pero que sonaba extrañamente suave.

Akeno se giró, sorprendida.

—¿Katsuki?

Bakugō se acercó con pasos largos, ignorando por completo al grupo de compañeros que observaban desde la distancia como si fueran muebles.

—Deja de hacerla llorar —dijo, y aunque las palabras sonaban duras, sus manos ya se estaban extendiendo hacia la bebé.

—Yo no la hago llorar —protestó Akeno, con una sonrisa resignada—.

Ella llora porque quiere a su padre.

Hay una diferencia.

—Tsk.

—Bakugō tomó a Rías en brazos y, como por arte de magia, los sollozos de la pequeña comenzaron a disminuir.

Se aferró a su cuello, enterrando la carita húmeda en su hombro, y soltó un pequeño suspiro de satisfacción.

—Traidora —murmuró Akeno, pero su tono era de puro cariño.

—Las llevaré a tu casa —anunció Bakugō de repente.

Akeno parpadeó.

—¿Qué?

—Las llevaré a tu maldito templo —repitió, como si fuera obvio—.

Así no llora en la calle como una idiota y la gente no nos mira raro.

—Katsuki…

—Akeno lo miró con una expresión que nadie le había visto antes.

Era una mezcla de sorpresa, ternura y algo muy parecido al amor profundo.

Entonces, sin previo aviso, actuó.

Se acercó a Momo Yaoyorozu y, con una sonrisa, le colocó a Rías en los brazos.

—Sujétala un momento, Yaoyorozu-san, por favor —dijo rápidamente.

—¿Eh?

—Momo se quedó rígida, sosteniendo a la bebé como si fuera una bomba de tiempo—.

¿Yo?

¿Por qué…?

Pero Akeno ya se había girado hacia Bakugō.

Antes de que el explosivo rubio pudiera reaccionar, Akeno lo tomó por las mejillas, se inclinó hacia él y lo besó.

No fue un beso rápido en la mejilla como el de antes.

Fue un beso en los labios, suave pero firme, cargado de significado.

El mundo se detuvo.

Bakugō se puso rígido como una estatua.

Su rostro, normalmente pálido, comenzó a enrojecer a una velocidad impresionante, comenzando por las orejas y extendiéndose hasta las mejillas, la nariz, y probablemente hasta el cuello bajo la camiseta.

Cuando Akeno se separó, sonreía con esa expresión de satisfacción de quien acaba de lograr exactamente lo que quería.

—Gracias, cariño —dijo con dulzura—.

Eres un buen padre.

Bakugō abrió la boca.

La cerró.

La abrió de nuevo.

No salió ningún sonido.

—¿Bakugō…

se quedó sin palabras?

—susurró Kaminari, con los ojos desorbitados.

—Es histórico —respondió Kirishima, grabando mentalmente cada segundo.

—Parece un tomate con pelo rubio —comentó Jirō, sin poder evitar una sonrisa.

Momo, mientras tanto, seguía sosteniendo a Rías, completamente paralizada por la situación.

La bebé, sintiendo el cambio de brazos, levantó la cabeza del hombro de su padre (que ya no estaba) y se encontró cara a cara con Momo.

La miró.

Momo la miró.

Y entonces, Rías hizo algo inesperado.

Sacó la lengua.

Lentamente, deliberadamente, con una expresión de traviesura que era un calco exacto de su padre en sus momentos más provocadores, la pequeña Rías le sacó la lengua a Momo Yaoyorozu.

—¡¿Qué?!

—exclamó Momo, sorprendida.

El grupo entero estalló.

—¡Le sacó la lengua!

—¡Es idéntica a Bakugō!

—¡Hasta en los gestos!

—¡Esa bebé es increíble!

Rías, satisfecha con su travesura, soltó una risita burbujeante y aplaudió, pequeñas chispas brotando inofensivamente de sus palmas.

Luego extendió los bracitos hacia su madre.

—Mamá —dijo, esta vez claramente.

Akeno, que había estado observando la escena con una sonrisa radiante, tomó a su hija de vuelta.

—Ahora soy mamá de nuevo —comentó con ironía—.

Qué conveniente.

Bakugō finalmente recuperó la capacidad de habla.

No fue un discurso elaborado.

—…Vámonos —gruñó, con el rostro aún ardiendo.

—Sí, vamos —asintió Akeno, tomando su mano libre con la que no sostenía a Rías.

Comenzaron a caminar juntos, Akeno con su serenidad habitual, Bakugō con su orgullo herido y su rubor permanente, y Rías feliz en brazos de su madre, mirando a su padre con adoración.

Antes de doblar la esquina, Akeno se volvió hacia el grupo.

—¡Buenas noches a todos!

—dijo con alegría—.

Cuídense.

Y Yaoyorozu-san, no se preocupe, Rías sólo le saca la lengua a la gente que le cae bien.

—¿Eso se supone que me alegre?

—preguntó Momo, todavía procesando.

—¡Sí!

—respondió Akeno—.

Es su forma de decir “me caes bien”.

Lo heredó de su padre.

—¡Yo no hago eso!

—protestó Bakugō.

—Katsuki, cuando Kirishima te dice algo que te gusta, le gruñes y luego le sonríes cuando no mira.

Es básicamente lo mismo.

—¡No es lo mismo!

—Claro que no, cariño.

Tú eres más sutil.

Desaparecieron tras la esquina, sus voces perdiéndose en la distancia.

Rías se despidió con la mano, aunque nadie estaba seguro de si era un saludo o simplemente agitaba el brazo al azar.

El grupo se quedó en silencio durante un largo momento.

—Bueno —dijo finalmente Izuku—.

Eso pasó.

—¿Alguien más siente que ha vivido diez vidas en un solo día?

—preguntó Kaminari.

—Yo —respondieron varios al unísono.

—Creo que necesito acostarme —confesó Uraraka—.

Mi corazón no puede con tanta emoción.

—¿Alguien quiere venir a mi habitación a procesar todo esto con chocolate caliente?

—ofreció Yaoyorozu, todavía un poco afectada por el episodio de la lengua.

—Yo voy —dijo Mina—.

Necesito escribir todo esto antes de olvidarlo.

—Yo también —añadió Jirō.

Poco a poco, el grupo se dispersó, cada uno a su manera de procesar el día más extraño de sus vidas desde que entraron a U.A.

En algún lugar del camino hacia el templo en la montaña, una familia de tres caminaba bajo las estrellas.

Una madre serena, un padre que aún no recuperaba el color natural de su rostro, y una bebé que, finalmente satisfecha, se había quedado dormida en brazos de su madre, con una pequeña sonrisa en los labios.

—Katsuki —dijo Akeno en voz baja.

—¿Qué?

—Gracias por venir a buscarnos.

—…Tsk.

—Te quiero.

—…

—¿Katsuki?

—…Yo también, mujer problemática.

Akeno sonrió en la oscuridad, apretando suavemente la mano de su compañero.

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