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Mi Familia Explosiva - Capítulo 5

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  3. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 Tormenta en la montaña
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5: Capítulo 5: Tormenta en la montaña 5: Capítulo 5: Tormenta en la montaña La mañana siguiente amaneció gris en la U.A.

No era una grisura meteorológica exactamente, sino más bien una sensación, un presentimiento que flotaba en el aire del aula de la Clase 1-A.

Algo estaba mal.

Los estudiantes fueron llegando uno a uno, ocupando sus asientos con la rutina de siempre.

Kirishima bostezaba.

Kaminari contaba un chiste malo.

Uraraka e Izuku discutían sobre los últimos movimientos de All Might.

Pero había dos detalles que no pasaban desapercibidos.

El primero: el pupitre de Akeno Himejima estaba vacío.

El segundo: Bakugō Katsuki tenía el ceño más fruncido de lo habitual.

Y eso era decir mucho.

No era su ceño normal, el de “no me hables o exploto a alguien”.

Era un ceño diferente.

Más profundo.

Más preocupado.

Sus ojos carmesí se desviaban constantemente hacia la puerta, como esperando que alguien entrara.

Sus manos, normalmente listas para explosionar ante la menor provocación, estaban quietas sobre el pupitre, los dedos tamborileando nerviosamente.

—¿Bakugō está…

inquieto?

—susurró Mina a Jirō.

—Parece un perro esperando a su dueño —respondió Jirō en voz baja.

—No digas eso, me da pena.

Cuando Aizawa entró al aula arrastrando su saco de dormir como siempre, Bakugō se irguió ligeramente.

Pero el profesor no traía a nadie detrás.

Sólo él, su bolsa y su eterna expresión de cansancio.

—Buenos días —dijo con su tono monótono—.

Abran sus libros en la página 147.

Continuaremos con el análisis de estrategias de rescate en zonas urbanas.

Momo Yaoyorozu, siempre atenta a los detalles, levantó la mano.

—Aizawa-sensei —comenzó con educación—.

¿Dónde está Himejima-san?

¿Ocurrió algo?

Aizawa la miró con sus ojos cansados, y por un momento pareció dudar.

Eso, en sí mismo, era inusual.

—Tuvo algunos problemas —respondió finalmente—.

No vendrá hoy.

Quizás mañana tampoco.

Y sin más explicación, comenzó la clase.

Pero nadie podía concentrarse.

Las miradas se desviaban constantemente hacia la puerta.

Hacia el pupitre vacío.

Hacia Bakugō, cuya mandíbula estaba tan apretada que pareía a punto de romperse.

Su tamborileo de dedos se había vuelto más rápido, más insistente.

—Kacchan —susurró Izuku en un momento de silencio—.

¿Estás bien?

—Cállate, Deku —fue la respuesta automática, pero carecía de veneno.

Era mecánica.

Vacía.

El resto de la mañana se arrastró con una lentitud agonizante.

Finalmente, llegó el recreo.

En cuestión de segundos, Bakugō se vio rodeado por prácticamente toda la clase.

Kirishima, Kaminari, Mina, Uraraka, Izuku, incluso Todoroki y Yaoyorozu se habían acercado.

Formaban un semicírculo alrededor de su pupitre, y todos tenían la misma expresión de preocupación.

—Bakugō —dijo Kirishima, dando un paso al frente como el valiente amigo que era—.

Tienes que decirnos qué pasa.

¿Por qué no vino Akeno?

¿Y Rías?

Bakugō no respondió inmediatamente.

Sus ojos estaban fijos en la ventana, en el cielo gris que se extendía sobre el campus.

Sus dedos dejaron de tamborilear y se cerraron en un puño.

—Bakugō-san —insistió Uraraka con suavidad—.

Por favor.

Estamos preocupados.

El silencio se extendió.

Largo.

Incómodo.

Los compañeros intercambiaron miradas, preguntándose si debían insistir o dejarlo en paz.

Finalmente, Bakugō habló.

—Rías está enferma.

La declaración cayó como una bomba.

—¿Qué?

—exclamó Mina, llevándose las manos a la boca.

—¿Enferma?

—repitió Izuku, con los ojos abiertos de par en par—.

¿Pero si ayer estaba bien?

Jugaba, reía, incluso nos sacó la lengua…

—Lo pensábamos —la voz de Bakugō era más baja de lo normal, más controlada—.

Estaba bien.

Comió bien.

Se durmió bien.

Pero esta mañana temprano…

Hizo una pausa.

Tragó saliva.

Un gesto tan pequeño, tan humano, que sus compañeros sintieron como si estuvieran viendo algo que no debían.

—Me llamó —continuó—.

Akeno me llamó.

Dijo que Rías tenía fiebre.

Y mucha tos.

No podía respirar bien.

—Oh no —susurró Uraraka, con los ojos brillantes.

—Llamé a mi madre —dijo Bakugō, y sus manos comenzaron a emitir pequeñas chispas, incontrolables—.

Ella fue a verlas.

Está allí ahora.

Con mi…

—otra pausa—.

Con mi suegra.

El término sonó tan extraño en su boca que por un momento todos olvidaron lo grave de la situación.

—¿Tu suegra?

—preguntó Kaminari, sin pensar—.

¿La mamá de Akeno?

—¿Tienes otra suegra, idiota?

—gruñó Bakugō, pero sin fuerzas.

Entonces señaló la ventana.

—Miren.

Todos siguieron su mirada.

En la distancia, sobre la montaña que se alzaba detrás del distrito comercial, el cielo era diferente.

No era el gris uniforme que cubría la ciudad.

Sobre la cima, las nubes eran densas, oscuras, tormentosas.

Y entre ellas, destellaban relámpagos.

No eran relámpagos comunes.

Eran de un color blanco azulado brillante, casi sagrado, y caían una y otra vez sobre el mismo punto: la cima de la montaña.

Donde estaba el templo.

—Eso —dijo Bakugō en voz baja— refleja el estado mental de Akeno.

El aula se quedó en silencio.

—¿Eso es su Quirk?

—preguntó Todoroki, observando los relámpagos con atención—.

¿Manifestándose por su preocupación?

—No lo controla cuando está muy alterada —explicó Bakugō—.

Y ahora mismo debe estar…

—apretó el puño, y una pequeña explosión escapó de su palma—.

Joder.

Golpeó la mesa con el puño cerrado, y todo el pupitre tembló.

—Este maldito día escolar no se acaba nunca.

Nadie dijo nada.

No había nada que decir.

Sólo observaron cómo Bakugō se hundía en su silla, mirando fijamente los relámpagos en la distancia, esperando que el tiempo pasara más rápido.

— Pero el tiempo, como siempre, pasó a su propio ritmo.

Las clases se sucedieron con una lentitud exasperante.

Bakugō no prestó atención a una sola palabra.

Sus ojos se desviaban constantemente hacia la ventana, hacia la montaña, hacia los relámpagos que no cesaban.

A veces parecían disminuir, pero luego volvían con más fuerza.

—Está peor —murmuró en un momento dado, y nadie supo si hablaba de la tormenta o de su hija.

Finalmente, la última campana sonó.

Antes de que el eco se extinguiera, Bakugō ya estaba de pie.

Sus libros volaron a la mochila con movimientos bruscos pero precisos, y en menos de diez segundos estaba en la puerta, listo para salir disparado.

—¡Bakugō, espera!

—lo llamó Kirishima.

Bakugō se detuvo, pero no se volvió.

—¿Qué?

—Vamos contigo.

Bakugō se giró lentamente.

Kirishima estaba de pie, con su mochila al hombro y una expresión determinada.

Detrás de él, uno por uno, sus compañeros se estaban levantando.

—Nosotros también —dijo Mina.

—Queremos asegurarnos de que Rías está bien —añadió Uraraka.

—Y de que Akeno-san no está sola —completó Izuku.

—Podemos ayudar —dijo Yaoyorozu—.

Yo tengo suministros médicos en mi habitación, puedo traerlos.

—Yo conozco algunas técnicas de primeros auxilios —ofreció Iida, con su característico movimiento de brazos—.

Podría ser útil.

Bakugō los miró a todos.

Sus ojos recorrieron cada rostro, cada expresión de genuina preocupación.

Por un momento, su ceño se suavizó.

Solo un momento.

—…No tengo tiempo para discutir —dijo finalmente—.

Hagan lo que quieran.

Y salió por la puerta.

Los demás no necesitaron más.

Salieron tras él como una estampida organizada.

— En el camino hacia la montaña, hicieron una parada.

—¡Esperen!

—gritó Uraraka, señalando una pequeña tienda—.

Deberíamos llevar algo.

Para la buena suerte.

—¿Buena suerte?

—preguntó Kaminari.

—Sí, cuando alguien está enfermo, es tradición llevar cosas que deseen su recuperación —explicó Uraraka—.

Frutas, dulces, esas cosas.

—Buena idea —aprobó Kirishima.

Entraron a la tienda en masa, abrumando al pobre dependiente con su energía colectiva.

Compraron canastas de frutas, cajas de dulces tradicionales, amuletos de salud y pequeños ema, las placas de madera donde se escriben los deseos.

Momo, por su parte, se acercó a una pequeña sección de artículos religiosos.

Sus ojos recorrieron los estantes hasta encontrar lo que buscaba: una pequeña estatua de Amaterasu, la diosa del sol.

Era de madera tallada, con detalles en pan de oro, y tenía una expresión serena y maternal.

—Esto es para Akeno-san —murmuró, sosteniéndola con cuidado—.

Para que sepa que su diosa está con ella.

—Eso es muy bonito, Yaomomo —dijo Mina, acercándose—.

Seguro le encantará.

Cuando salieron de la tienda, cargados con sus ofrendas, Bakugō los esperaba impaciente.

—¿En serio?

—gruñó, viendo las bolsas y canastas—.

¿Compraron todo eso?

—Para Rías —respondió simplemente Kirishima, y Bakugō no pudo replicar.

Continuaron el camino hacia la montaña.

Y mientras más se acercaban, más evidente se volvía la tormenta.

Los rayos caían con una frecuencia impresionante, pero algo había cambiado.

Ya no eran los destellos blancos y caóticos de antes.

Ahora eran más largos, más controlados, de un azul profundo y brillante que iluminaba el cielo con una belleza sobrecogedora.

—Son diferentes —observó Todoroki—.

Más largos.

Más azules.

—Quizás Akeno-san está recuperando el control —sugirió Izuku—.

O quizás…

—O quizás está llorando —interrumpió Bakugō en voz baja—.

Y esos son sus sentimientos.

Nadie preguntó cómo sabía eso.

La subida a la montaña fue empinada, pero ninguno se quejó.

El sendero de piedra serpenteaba entre árboles antiguos, y el sonido de los rayos se hacía más intenso con cada paso.

El aire olía a ozono, a tormenta, a algo sagrado.

Finalmente, llegaron a la cima.

El templo se alzaba ante ellos, majestuoso y antiguo.

Era una construcción tradicional japonesa, de madera oscura y techos de teja, rodeada de jardines cuidados con esmero.

Linternas de piedra flanqueaban el camino, y un gran torii marcaba la entrada al recinto sagrado.

Pero lo que capturó su atención no fue el templo.

Fue la escena en la entrada.

Una mujer de cabello rubio y actitud explosiva —Mitsuki Bakugō— estaba sentada en los escalones de madera, con Rías en su regazo.

La bebé estaba envuelta en una manta gruesa, su carita pálida pero tranquila, los ojos cerrados en un sueño reparador.

Mitsuki la mecía suavemente, con una expresión de ternura que nadie le había visto jamás.

Y en el interior de la casa, a través de la puerta abierta, vieron a Akeno.

Estaba dormida en el suelo.

No en una cama, no en un futón cómodo.

En el suelo, sobre una estera de tatami, con el brazo extendido como si hubiera estado alcanzando algo.

Su rostro estaba pálido, surcado por rastros de lágrimas, y su respiración era profunda pero irregular, como la de alguien que ha llorado hasta agotarse.

Dentro de la habitación, dos mujeres más conversaban en voz baja.

Una era una joven pelirroja, de cabello largo y ojos amables, vestida con ropa moderna pero con un aire de elegancia natural.

Hablaba con gestos suaves, mirando ocasionalmente a Akeno con preocupación.

La otra era una mujer mayor, de cabello negro como el de Akeno, recogido en un elegante moño.

Sus rasgos eran idénticos a los de su hija, pero marcados por la madurez y la sabiduría.

Vestía el atuendo tradicional de una miko, y sostenía una taza de té en las manos mientras escuchaba a la pelirroja.

Los estudiantes se quedaron en la entrada, sin atreverse a interrumpir.

—¿Quiénes son?

—susurró Uraraka, rompiendo el silencio.

Bakugō, que había estado mirando fijamente a Akeno dormida, respondió sin apartar la vista: —La pelirroja es Rías Gremory.

—¿Rías?

—repitió Izuku—.

¿Como la bebé?

—Sí.

Es la mejor amiga de Akeno.

Por ella le puso Rías a su hija.

—Ah —dijo Mina, asimilando la información—.

Eso es bonito.

—Y la mujer mayor —continuó Bakugō—, la pelinegra, es la madre de Akeno.

Shuri.

En ese momento, como si hubiera sentido su presencia, Shuri levantó la vista.

Sus ojos, idénticos a los de su hija, se posaron en el grupo de adolescentes.

Luego se desviaron hacia Bakugō, y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

—Katsuki —dijo con voz suave pero audible—.

Pasa.

Bakugō no necesitó que se lo repitieran.

Entró al recinto con pasos decididos, pero silenciosos, como si temiera despertar a alguien.

Sus compañeros lo siguieron con cautela, dejando las ofrendas en la entrada.

Mitsuki los vio llegar y asintió brevemente.

—Está mejor —dijo en voz baja, refiriéndose a Rías—.

La fiebre bajó hace una hora.

Se durmió tranquila.

Bakugō exhaló un suspiro que parecía haber estado conteniendo desde hacía horas.

Se acercó a su madre y miró a su hija.

La pequeña Rías, aunque pálida, respiraba con normalidad, su carita relajada en el sueño.

—Buena chica —murmuró, y por un momento sus dedos acariciaron suavemente el cabello rojo fuego de la bebé.

Shuri se levantó con gracia y se acercó al grupo.

—Sois los compañeros de clase de Akeno, ¿verdad?

—preguntó con una voz tan serena como la de su hija—.

Ha hablado mucho de vosotros.

—Es un honor conocerla, Shuri-sama —dijo Iida, haciendo una reverencia tan profunda que parecía partirse por la mitad—.

Somos sus compañeros de la Clase 1-A.

—Oh, por favor, no hace falta tanta formalidad —rió suavemente Shuri—.

Sois bienvenidos.

Y gracias por venir.

Rías Gremory también se acercó, con una sonrisa cálida.

—Así que vosotros sois los famosos compañeros —dijo, mirándolos con curiosidad—.

Akeno me ha contado todo.

Bueno, casi todo.

Las partes que no son secretos de estado.

—¿Secretos de estado?

—preguntó Kaminari, confundido.

—Es una forma de hablar —respondió Rías con una sonrisa pícara—.

Aunque con Akeno nunca se sabe.

En ese momento, Akeno se movió ligeramente en su sueño.

Su mano buscó algo, y cuando no lo encontró, su ceño se frunció con preocupación.

—Katsuki…

—murmuró en sueños—.

Rías…

Bakugō se giró al escuchar su nombre.

Miró a su compañera dormida, agotada, vulnerable.

Luego miró a su hija en brazos de su madre.

Y luego, sin decir una palabra, se acercó a Akeno.

Se arrodilló a su lado.

Con una suavidad que nadie le había visto jamás, tomó la mano que buscaba algo y la sostuvo entre las suyas.

—Estoy aquí —dijo en voz baja, apenas un susurro—.

Las dos están bien.

Descansa.

El efecto fue inmediato.

El ceño de Akeno se relajó.

Su respiración se volvió más profunda, más tranquila.

Y por primera vez en horas, los rayos sobre la montaña cesaron por completo.

Los compañeros observaban la escena con una mezcla de ternura y asombro.

—Bakugō —susurró Mina—.

Es como un príncipe de cuento.

—Un príncipe que explota cosas —susurró Jirō.

—Pero príncipe al fin.

Shuri observaba a su yerno (porque, aunque no estuvieran casados oficialmente, ella ya lo consideraba así) con una expresión de aprobación.

—Siempe supe que eras el indicado para ella —dijo en voz baja—.

Desde la primera vez que te trajo a casa.

Bakugō no respondió.

Siguió sosteniendo la mano de Akeno, mirando alternativamente a su hija y a la madre de su hija, con una expresión que nadie podía descifrar del todo.

Pero todos entendieron una cosa.

En ese momento, Bakugō Katsuki no era el chico explosivo que quería ser el número uno.

Era simplemente un chico, con su chica y su hija, tratando de mantener su mundo a salvo.

Y eso, pensaron todos, era el mayor acto de heroísmo que podía existir.

—Dejemos que descansen —susurró Uraraka—.

Podemos esperar fuera.

Uno a uno, los compañeros salieron al jardín, dejando a Bakugō, Akeno y Rías en la paz del templo.

Mitsuki se quedó un momento más, mirando a su hijo con ese orgullo que nunca expresaba con palabras, y luego siguió a los demás.

Shuri y Rías Gremory se quedaron en la entrada, observando la escena.

—Siempre supe que Akeno encontraría a alguien especial —dijo Shuri—.

Pero no esperaba que fuera tan…

explosivo.

Rías rió suavemente.

—El amor es así —respondió—.

Llega cuando menos lo esperas, y normalmente viene con chispas.

En el interior, Bakugō seguía sosteniendo la mano de Akeno, y por primera vez en todo el día, su ceño se relajó por completo.

—Idiota —murmuró—.

Preocúpate menos.

Akeno, en sueños, sonrió.

Y en el cielo sobre la montaña, por primera vez en horas, salió el sol.

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