Mi Familia Explosiva - Capítulo 6
- Inicio
- Mi Familia Explosiva
- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6Los lazos que explotan y se fortalecen
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
6: Capítulo 6:Los lazos que explotan y se fortalecen 6: Capítulo 6:Los lazos que explotan y se fortalecen El jardín del templo era un remanso de paz, o al menos lo intentaba.
Los compañeros de la Clase 1-A se habían distribuido por los escalones de madera y las piedras planas que rodeaban el recinto, algunos sentados, otros de pie, todos en silencio, como si hablar pudiera romper el frágil equilibrio que se había establecido.
Dentro, Bakugō seguía sosteniendo la mano de Akeno.
Pero después de un rato, cuando estuvo seguro de que su respiración era profunda y estable, se levantó con cuidado y salió al porche.
Su madre seguía allí, con Rías dormida en brazos, meciéndola suavemente.
Bakugō se sentó a su lado.
No dijo nada durante un largo momento.
Simplemente miró a su hija, observó cómo su pecho subía y bajaba con regularidad, cómo su carita había recuperado un poco de color.
—Vieja —dijo finalmente, en voz baja—.
¿Cómo está?
Mitsuki lo miró con una expresión que pocos veían: orgullo maternal mezclado con ternura.
—Mucho mejor —respondió, también en susurros—.
Ya no tiene fiebre.
Por eso Akeno está dormida.
Bakugō asintió, sin apartar la vista de Rías.
—Cuando llegué aquí después de que me llamaras a las tres de la madrugada —continuó Mitsuki—, tu chica estaba llorando.
Bakugō apretó la mandíbula.
—No había dormido nada —siguió Mitsuki—.
Las madres primerizas…
los nervios se ponen sensibles cuando un hijo se enferma.
Ella pensaba que era su culpa, que algo había hecho mal, que no había protegido lo suficiente a Rías.
Estaba destrozada.
—No es su culpa —dijo Bakugō automáticamente.
—Lo sé, tonto.
Y ella también lo sabe, pero el corazón no entiende de lógica.
—Mitsuki suspiró—.
Rías te ha estado llamando todo el tiempo, ¿sabes?
Incluso con fiebre, entre sueños, decía “papá, papá”.
Akeno lo oía y lloraba más.
Bakugō cerró los ojos un momento.
Cuando los abrió, había algo en ellos que nadie veía nunca: vulnerabilidad.
—Vieja…
—Déjame terminar —lo interrumpió Mitsuki—.
Porque tengo que decirte algo, y quiero que me escuches bien.
Bakugō la miró, esperando.
—Cuando hace dos años me presentaste a Akeno y me dijiste “tengo novia” —Mitsuki sonrió con ironía—, pensé: “bueno, tiene quince años, son cosas de niños, no es real”.
Te tomé el pelo, te dije que era una monada, pero en el fondo pensé que durarían dos meses.
—Qué confianza tenías —gruñó Bakugō.
—Era realista —corrigió ella—.
Eres mi hijo.
No eres fácil.
Bakugō no pudo negarlo.
—Pero luego, hace unos meses, me la presentaste como “oficial” —continuó Mitsuki—.
Y dije: “WOW.
Alguien aguanta a mi hijo y lo quiere de verdad”.
—Mamá…
—Cállate y escucha.
—Mitsuki lo miró fijamente—.
Cuando me dijiste que estaba embarazada, quise explotarte la cabeza.
Literalmente.
Iba a matarte.
—Lo sé —murmuró Bakugō—.
Me escondí en casa de Kirishima tres días.
—Buena decisión.
—Mitsuki rió suavemente—.
Pero entonces, un día, viniste a entrenar y Akeno apareció en casa.
Sola.
Tú no estabas.
Bakugō frunció el ceño.
No recordaba eso.
—Me explicó todo —dijo Mitsuki—.
Me dijo que te quería.
Me dijo que el bebé no había sido un accidente irresponsable, que os habíais cuidado, que habían tomado precauciones, pero que a veces las cosas pasan.
Me dijo que el bebé era un regalo hermoso, aunque llegara antes de lo esperado.
Y me dijo que, pasara lo que pasara, ella iba a estar a tu lado y tú al suyo.
Bakugō tragó saliva.
—Y en ese momento —concluyó Mitsuki, con los ojos brillantes—, dije: “Akeno es una gran mujer”.
Y me dio a esta hermosa nietecita.
Miró a Rías con una devoción absoluta.
—Así que espero que me des más, ¿oíste?
—dijo de repente, recuperando su tono habitual—.
Quiero una docena, por lo menos.
—¿Doce…?
—Bakugō la miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¡Una docena!
¡Son pocos!
¡Mira qué belleza!
—Mitsuki señaló a Rías con la barbilla—.
Y Akeno es preciosa, los niños serían todos guapísimos.
Además, necesito muchas nietas para malcriar.
—Estás loca —gruñó Bakugō.
—Loca pero abuela.
Y las abuelas mandan.
Hubo un silencio.
Los compañeros, que habían estado escuchando desde el jardín sin querer parecer entrometidos (aunque lo estaban siendo), intercambiaron miradas de asombro.
—La madre de Bakugō es…
intensa —susurró Kaminari.
—Pero tiene razón —dijo Mina—.
Akeno es una gran mujer.
—Shhh, que nos oyen —siseó Jirō.
Bakugō, ignorando a sus compañeros, miró a su madre.
Luego miró hacia el interior, donde Akeno seguía durmiendo.
Luego miró a Rías.
Y entonces, con una calma que sorprendió incluso a Mitsuki, dijo: —Bueno…
Akeno está embarazada nuevamente.
El silencio que siguió fue tan absoluto que se podía escuchar el viento entre los árboles.
Mitsuki abrió la boca.
La cerró.
La volvió a abrir.
Por primera vez en su vida, Mitsuki Bakugō se quedó sin palabras.
—¿Qué?
—fue lo único que logró articular.
—Me lo dijo ayer —confirmó Bakugō, con el mismo tono casual con el que podría comentar el clima—.
Antes de que Rías se enfermara.
Iba a decírtelo más tarde, pero…
—¿OTRO NIETO?
—la voz de Mitsuki salió tan alta que Rías se removió en sueños.
—¡Baja la voz, vieja!
—siseó Bakugō, cubriendo los oídos de su hija instintivamente.
—¿OTRO NIETO?
—repitió Mitsuki, pero esta vez en un susurro estrangulado por la emoción—.
¿OTRO?
¿VAS A SER PADRE OTRA VEZ?
—Eso dije, ¿no?
Mitsuki lo miró fijamente.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Luego, sin previo aviso, le dio un cachete en la nuca.
—¡Idiota!
—exclamó, pero estaba sonriendo—.
¡¿Por qué no empiezas por ahí, estúpido?!
—¡Me interrumpiste con lo de la docena!
—¡Eso no es excusa!
En el jardín, los compañeros estaban procesando la información a velocidades variables.
—¿Otro bebé?
—preguntó Uraraka, con los ojos como platos.
—Bakugō va a ser papá otra vez —dijo Kirishima, con una mezcla de asombro y emoción.
—Eso significa que…
—Izuku comenzó a hacer cálculos mentales—.
Si Akeno está embarazada ahora, el bebé nacería en…
¿nueve meses más o menos?
Y Rías tiene…
¿siete meses?
Ocho.
Entonces tendrían…
—Una diferencia de aproximadamente un año y medio —completó Yaoyorozu, siempre analítica—.
Serán hermanos muy cercanos en edad.
—Dos bebés —murmuró Mina—.
Bakugō con dos bebés.
El universo es un lugar maravilloso.
En ese momento, un pequeño sonido interrumpió la conversación.
Rías se estaba moviendo.
Sus ojos carmesí parpadearon lentamente, acostumbrándose a la luz.
Primero vio a su abuela, que la miraba con una sonrisa radiante.
Luego, su mirada se desvió ligeramente…
Y encontró a su padre.
Los ojos de Rías se abrieron como platos.
Su carita, todavía un poco pálida, se iluminó con una expresión de felicidad tan pura que cualquiera que la viera sentiría el corazón caliente.
—¡Papá!
—gritó, con una energía que nadie esperaba de una bebé recién recuperada.
Extendió sus bracitos hacia él con una urgencia desesperada.
Mitsuki, riendo, se la pasó a su hijo.
Bakugō la recibió con esa mezcla de brusquedad y cuidado que ya le era característica.
Rías se aferró a su cuello como si llevaran años separados, y entonces comenzó.
—Papá —dijo, y le dio un beso en la mejilla.
Bakugō parpadeó, sorprendido.
—Papá —otro beso, en la otra mejilla.
—Papá —beso en la frente.
—Papá —beso en la nariz.
—Papá —beso en la barbilla.
—Papá, papá, papá —cada palabra acompañada de un beso, una ráfaga de amor infantil que cubrió todo el rostro de Bakugō de pequeñas y húmedas muestras de afecto.
—Ya, ya —dijo Bakugō, pero no la apartó.
Sus brazos la sostenían firme, y en su rostro, a pesar del ceño fruncido, había una pequeña sonrisa.
—Papá, amo —dijo Rías claramente, enterrando su carita en el cuello de su padre—.
Amo papá.
El jardín entero emitió un sonido colectivo que era mitad suspiro, mitad gemido de ternura.
—Me muero —dijo Mina, agarrándose el pecho—.
Me muero de amor.
—Es demasiado —coincidió Uraraka, con lágrimas en los ojos—.
No puedo.
—Bakugō —susurró Kirishima—.
Eres el hombre más afortunado del mundo.
Bakugō no respondió.
Solo apretó suavemente a su hija contra su pecho, dejando que sus pequeños besos húmedos siguieran lloviendo sobre su rostro.
Fue entonces cuando escucharon un movimiento detrás de ellos.
Akeno estaba en la puerta.
Había despertado, quizás por los murmullos, quizás por el instinto maternal que le decía que su hija estaba despierta.
Su cabello negro estaba revuelto, sus ojos violetas todavía tenían restos de sueño y preocupación, y su rostro aún mostraba las huellas de las lágrimas derramadas.
Pero cuando vio a Bakugō con Rías en brazos, una sonrisa iluminó su rostro.
Se acercó lentamente, con pasos suaves sobre la madera del porche.
Llegó detrás de Bakugō y, sin decir una palabra, lo abrazó por la espalda.
Sus brazos rodearon su cintura.
Su mejilla se apoyó en su hombro.
Cerró los ojos un momento, respirando su presencia.
—Qué bueno que viniste —susurró.
Bakugō no se movió.
No hizo falta.
La pequeña presión de su cuerpo contra el de ella era respuesta suficiente.
Akeno se inclinó y depositó un beso en su mejilla.
—Gracias, Katsuki.
Rías, que había estado observando la escena con sus grandes ojos, decidió que ella también quería participar.
Se inclinó hacia su madre y, con la precisión de una bebé que sabe lo que quiere, le dio un beso en la nariz.
—Mamá —dijo—.
Amo mamá.
Akeno contuvo el aliento.
Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez, pero esta vez eran lágrimas diferentes.
—¿Me amas, pequeña traviesa?
—preguntó con voz temblorosa—.
¿A pesar de que prefieres a tu padre?
—Mamá —repitió Rías, como si fuera la respuesta más obvia del mundo—.
Amo.
Y le dio otro beso en la nariz.
Akeno rió, un sonido entre lágrimas y alegría, y abrazó a los dos con más fuerza.
Los tres formaban una estampa tan perfecta que hasta los árboles parecían inclinarse para verlos.
Bakugō, con su expresión de perpetuo enfado suavizada por el amor de su hija y su compañera.
Akeno, radiante a pesar del agotamiento.
Rías, el pequeño puente que los unía, feliz en el centro de su mundo.
Mitsuki observaba la escena con una sonrisa que no podía ocultar.
Luego, como si recordara algo, se levantó y se acercó a ellos.
—Akeno —dijo, con un tono inusualmente serio.
Akeno levantó la vista, todavía abrazada a Bakugō.
—Dígame, Mitsuki-san.
—He estado pensando —comenzó Mitsuki, cruzando los brazos—.
Mientras Rías esté así de delicada por su edad, no deberían estar solos en este templo.
Akeno parpadeó, confundida.
—¿Cómo dice?
—Que os vengáis a vivir a mi casa —declaró Mitsuki, como si fuera la cosa más obvia del mundo—.
Temporalmente, hasta que la pequeña se fortalezca.
—Pero…
—Akeno intentó protestar.
—Sin peros.
—Mitsuki levantó una mano—.
En mi casa podríais atenderla todo el tiempo que quiera.
Tenemos espacio, mi marido os quiere, y yo puedo ayudar a cuidarla mientras tú estás en la escuela.
—Mitsuki-san, no podemos imponer…
—No es imposición, es orden de abuela.
—Mitsuki sonrió, pero era una sonrisa que no admitía discusión—.
Además, así Katsuki puede estar con vosotras sin tener que subir esta montaña todos los días.
Y tú puedes dormir, porque, cariño, tienes una cara de cansada que parte el alma.
Akeno abrió la boca para protestar, pero Bakugō la interrumpió.
—Hazle caso —dijo en voz baja—.
Mi vieja no suelta el hueso cuando se empeña en algo.
—¡Oye!
—Es verdad.
Akeno los miró a ambos, luego miró a Rías, que había comenzado a juguetear con el cabello de su padre, y finalmente suspiró.
—No sé qué decir…
—Di “sí, Mitsuki-san, gracias por salvarnos la vida” —sugirió Mitsuki con una sonrisa.
—Mitsuki-san, gracias por…
espera, eso no es lo que iba a decir.
—Pero funcionó.
Rías, como si entendiera la conversación, aplaudió feliz.
—¡Abuela!
—dijo claramente.
Mitsuki se llevó las manos al pecho.
—¿Has oído eso?
—preguntó, con los ojos brillantes—.
¡Ha dicho abuela!
¡Mi nieta me ha llamado abuela!
—Ha dicho “abuela” porque le enseñaste —gruñó Bakugō.
—¡Da igual!
¡Es la primera vez que lo dice!
¡Masaru!
—gritó hacia el interior—.
¡Masaru, ven, que tu nieta ha dicho abuela!
Desde dentro, se escuchó un ruido de algo cayendo y pasos apresurados.
Masaru Bakugō, el padre de Bakugō, apareció en la puerta con una expresión de pánico y emoción mezclados.
—¿Ha dicho?
—preguntó sin aliento.
—¡Abuela!
—repitió Rías, señalando a Mitsuki.
Masaru puso una cara tan decepcionada que todos rieron.
—¿Y abuelo?
—preguntó con esperanza—.
¿No sabe decir abuelo?
—Dale tiempo —dijo Mitsuki, dándole una palmada en la espalda—.
Primero lo importante: las abuelas.
—Eso es sexismo generacional —protestó débilmente Masaru.
—Es la verdad.
Los compañeros, que habían observado toda la escena desde el jardín, comenzaron a acercarse tímidamente.
—¿Todo bien?
—preguntó Izuku, asomando la cabeza.
—Todo perfecto —respondió Akeno, sonriendo—.
Parece que vamos a tener una mudanza temporal.
—¿Os vais a casa de los Bakugō?
—preguntó Uraraka.
—Eso parece.
—Qué bien —dijo Mina con alegría—.
Así podremos visitar a Rías más fácilmente.
—¿Visitar?
—Bakugō la fulminó con la mirada—.
¿Quién dijo que podéis visitar?
—Nosotros —respondió Kirishima con una sonrisa—.
Y no puedes detenernos.
—Puedo explotaros.
—Pero no lo harás —dijo Akeno con dulzura, acariciando su brazo—.
Porque si explotas a tus amigos, Rías se pondrá triste.
Bakugō la miró.
Miró a Rías, que lo observaba con sus grandes ojos.
Miró a sus compañeros, que esperaban su respuesta.
—…Tsk.
Eso fue todo, pero todos lo tomaron como un “sí”.
La tarde cayó sobre el templo con una calma que no habían sentido en horas.
Los rayos habían cesado por completo, y el sol se asomaba entre las nubes, pintando el cielo de tonos dorados y rosados.
Los compañeros ayudaron a recoger, a organizar algunas cosas, a preparar todo para la mudanza improvisada.
Rías, ya más recuperada, jugaba en brazos de su abuelo Masaru, que la paseaba por el jardín con una sonrisa de oreja a oreja.
—Es igual que Katsuki cuando era pequeño —decía—.
Bueno, el carácter no, porque Katsuki ya gruñía desde la cuna.
Pero el pelo, los ojos…
—No le des ideas —gruñó Bakugō desde el porche.
—Demasiado tarde —rió Akeno, sentada a su lado.
Mitsuki se acercó con dos tazas de té y se las ofreció.
—Para los futuros padres de dos hijos —dijo con una sonrisa—.
Van a necesitar energía.
Akeno aceptó la taza con gratitud.
—Gracias, Mitsuki-san.
De verdad.
Por todo.
—Bah, no me des las gracias.
—Mitsuki se sentó a su lado—.
Sois familia.
Y la familia se cuida.
¿Entendido?
Akeno asintió, con los ojos brillantes.
—Entendido.
Bakugō miró a su madre, a su compañera, a su hija en brazos de su padre, a sus compañeros correteando por el jardín como si fuera su casa.
Y por un momento, solo un momento, permitió que una pequeña sonrisa se dibujara en su rostro.
—Bueno —dijo, levantándose—.
Vamos.
Hay que empacar.
—¿Nos ayudas?
—preguntó Akeno con una sonrisa pícara.
—Alguien tiene que asegurarse de que no empacáis cosas inútiles.
—Como tu colección de pesas.
—Esas no son inútiles.
—Ocupan espacio.
—El espacio necesario.
Rías, desde los brazos de su abuelo, los observaba discutir con una sonrisa de bebé feliz.
Luego, extendió sus bracitos hacia ambos.
—¡Mamá!
¡Papá!
La discusión se detuvo instantáneamente.
Akeno y Bakugō se miraron.
Luego, sin decir nada, se acercaron juntos a su hija.
Rías los abrazó a los dos a la vez, una manita en cada cuello, y soltó una risita burbujeante.
—Familia —dijo, con la sabiduría involuntaria de los bebés.
Mitsuki, desde el porche, sonrió.
—Eso —murmuró—.
Familia.
Y en la montaña, el sol se puso lentamente, tiñendo el cielo de colores cálidos, como si incluso los dioses quisieran bendecir aquella escena.