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Mi hermanastro me desea - Capítulo 3

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3: Escucha clandestina 3: Escucha clandestina POV de Catherine
Después de la escena con Julian, a Gabriel ya no le apeteció tocar el piano, así que ambos nos fuimos a la cama.

Unos minutos después, seguía sin poder dormir.

No importaba cuántas vueltas diera o con cuánta fuerza me aferrara a la manta, el silencio de aquella enorme casa me oprimía como si fuera algo vivo.

Me incorporé y me abracé las rodillas.

Mi mente no dejaba de revivir la crueldad de Julian hacia mí.

Aunque intentara disimularlo, la verdad es que no puedo evitar preocuparme por los días que me quedan en esta casa.

Aún perdida en mis pensamientos, unas voces tenues se colaron en mi cabeza.

Al principio, pensé que estaba imaginando cosas, hasta que las oí de nuevo, unas voces bajas y ahogadas.

Sonaba como si dos adolescentes discutieran sobre quién llevaría a la chica al baile de graduación.

Me deslicé fuera de la cama, con cuidado de no hacer ruido.

Mis pies descalzos tocaron el suelo frío mientras me acercaba a la puerta.

Las voces se hicieron más nítidas y me di cuenta de que eran de Richard y Julian.

Abrí la puerta lo justo para echar un vistazo.

No debería haberme movido, debería haber vuelto a la cama, pero algo en su tono me picó la curiosidad.

Seguí el sonido, paso a paso, pegándome a los bordes de la pared para que las tablas del suelo no hicieran ruido.

Las voces me llevaron al despacho de Richard, que estaba entreabierto.

Me detuve justo fuera, oculta por la pared, con el pulso martilleándome en los oídos.

—…

no puedes seguir haciendo esto —espetó la voz de Richard, baja pero firme—.

Te comportas como un niño cada vez que traigo a alguien nuevo a esta casa.

Julian soltó una risa seca y sin humor antes de replicar.

—No soy un niño —dijo con voz más grave y áspera—.

Pero a lo mejor deberías dejar de casarte con cualquier mujer que aguante tu cara más de cinco minutos.

Me tapé la boca con una mano.

El tono de Richard se ensombreció.

—Cuidado con esa boca.

—No, no dejaré que repitas la historia —replicó Julian—.

Tienes que echarlas de esta casa.

A ti ella no te importa, y desde luego que su hija te importa una mierda.

Richard se dio unos golpecitos en la frente, con aspecto de estar harto de Julian.

—No puedo seguir con esto contigo.

Julian rio con amargura.

—Dejaste a mi madre destrozada con todas tus mentiras, tu última esposa está escondida en otro país, ¿y ahora esto?

Lisa no es más que otro accesorio para tu numerito de la familia perfecta.

—¡Habla de lo que sabes!

El grito me hizo estremecer, y se sumó el sonido de un vaso al golpear algo, quizá la mesa, con un fuerte ruido sordo.

Me asomé por la pequeña rendija de la puerta y vi a Richard de pie junto al escritorio, aferrando un vaso medio vacío.

Julian estaba a unos metros de él, con el pecho subiendo y bajando rápidamente y los puños apretados.

—No tienes derecho a hablar de mis decisiones —dijo Richard con frialdad—.

Vives bajo mi techo, vives de mi dinero y, aun así, escupes en todo lo que construyo.

La voz de Julian bajó de tono.

—Tú no construyes nada, lo compras.

Compras a la gente, su silencio, su lealtad, y eso es exactamente lo que intentas hacer con esa señora y su hija.

El tono de Richard era cortante como un cuchillo.

—Esa señora es mi esposa, tu madrastra.

¡Dirígete a ella como corresponde!

Julian no respondió de inmediato.

Tensó la mandíbula.

—Déjate de gilipolleces, no es mi madre de verdad, la llamaré como me dé la gana.

Se me oprimió el pecho.

Julian continuó.

—Las paseas como si fueran trofeos y, cuando todo se tuerce, sigues adelante como si nada.

Arruinas todo lo que tocas y crees que nadie se da cuenta.

Richard golpeó el vaso contra el escritorio con tanta fuerza que pensé que se haría añicos.

—Cuanto antes dejes de montarte películas en la cabeza, más fácil te será sanar.

Contrólate.

Has estado perdiendo la cabeza desde que tu madre se fue.

La voz de Julian bajó tanto que casi no parecía la suya.

—Eres un verdadero monstruo.

No vuelvas a mencionar a mi madre.

—Cuidado, sigo siendo tu padre.

Julian rio por lo bajo, pero no era de diversión, sino de incredulidad.

—No tienes conciencia.

Hiciste que mamá se fuera y, desde entonces, has estado usando a las mujeres para tu propio beneficio.

¡Te odio tanto y ojalá te mueras!

Richard dio un paso adelante hasta que quedaron casi pecho con pecho.

—Cuida tu tono.

Si no puedes aceptar mi decisión, está bien, pero tienes que respetarla.

—¿Tu decisión?

—se burló—.

Papá, eres un enfermo al que no le importa nada más que él mismo.

Te casas con estas mujeres para quedar bien en las fotos de tu campaña.

Estás dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que el público vea la estampa de la familia feliz del alcalde perfecto, con su elegante esposa y sus hijos.

La voz de Richard era más baja ahora, pero más fría.

—Ya basta.

Estás borracho otra vez y has empezado a decir un montón de sandeces.

—No —dijo Julian, con un tono cortante e inestable.

El silencio que siguió era tan denso que se podía mascar.

Me quedé paralizada, con miedo a moverme.

No debería haber estado allí ni haber oído nada de eso, pero tampoco podía marcharme.

Richard volvió a hablar, con voz suave pero hiriente.

—Puede que tenga que enviarte de vuelta a Rehabilitación si sigues comportándote así.

¿Rehabilitación?

Casi solté un grito ahogado, pero me tapé la boca con la palma de la mano de inmediato.

La respuesta de Julian fue en voz baja.

—Te encantaría, ¿verdad?

Richard esbozó una sonrisa forzada.

—Me ahorraría la vergüenza.

Soltó una risa corta y amarga.

—Hace dos años, me enviaste allí porque casi arruino tu imagen perfecta y le mentiste a todo el mundo diciendo que estaba loco —hizo una pausa—.

Nunca he visto a nadie tan egoísta como tú.

—Me da igual lo que digas —replicó Richard con acritud—.

Pero busca ayuda, Julian.

Eres un desastre.

Algo en Julian se rompió.

—Prefiero ser un desastre a ser tú.

—Ya te he aguantado bastante, ahora lárgate de mi vista —ordenó Richard, cada palabra como una bofetada.

Julian no insistió más; en su lugar, sus pasos se dieron la vuelta, pesados y rápidos.

El corazón me latía muy deprisa.

Tenía que volver a mi habitación antes de que me descubriera.

Di un paso atrás, pero la alfombra del pasillo se enganchó en mi pie.

Se movió, provocando un suave roce contra el suelo que sonó escandalosamente alto.

—Mierda.

El sonido se me escapó antes de que pudiera evitarlo y, un segundo después, su sombra llenó el umbral de la puerta.

A pesar de mis intentos de huir, las piernas se negaron a cooperar.

La puerta se abrió más y la luz se derramó por el pasillo.

Se detuvo frente a mí y sus ojos se encontraron con los míos.

Por un instante, todo se detuvo y luego su expresión cambió, primero a la sorpresa y después al reconocimiento.

—Catherine…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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