Mi juventud comenzó con él - Capítulo 978
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978: Capítulo 978.
Temo Perderte (9) 978: Capítulo 978.
Temo Perderte (9) Editor: Nyoi-Bo Studio En eso, alguien gritó: —¡Jefe han regresado!
El hombre con la cicatriz en el rostro inmediatamente gritó: —¡Gordito, tráela de vuelta!
—Jefe…
El hombre gordo quiso llorar, su rostro denotando decepción.
Sin embargo, no tenía opción más que obedecer a su jefe y traerla de vuelta.
—Quítale la venda, será un buen show —dijo el hombre con la cicatriz en el rostro y rio.
Entonces el hombre gordo le quitó la venda a HuoMian.
Solo fue en ese momento que HuoMian se dio cuenta de que estaba sentada en un depósito abandonado.
Había ocho personas alrededor de ella y el hombre en el medio era el paciente al que había visto esa mañana.
Ella miró a sus 7 lacayos, y no reconoció a ninguno de ellos.
¿Quién podría haberlos contratado?
Primero pensó que podría haber sido SongYishi, pero luego ella misma rechazó su propia acusación.
Si SongYishi la hubiera secuestrado, hubiera matado a HuoMian hace un largo tiempo, en vez de esperar que viniera Qin Chu.
SongYishi nunca lastimaría a Qin Chu.
Igual que la Sra.
Qin, ella nunca arrastraría a su hijo a algo como esto.
Por eso, ella apuntó sus sospechas a HuoSiqian, ¿estaría él detrás de esto?
Sin embargo, HuoSiqian trataba bien a HuoMian, él nunca dejaría que la gente que contrató hiciera lo que quisiera.
Lo bueno es que, el hombre gordo no hizo de las suyas con ella.
HuoMian ya sabía qué hacer, ni bien ese hombre la metiera en el depósito pequeño, ella lo convencería de desatarla.
Luego, utilizaría su aguja con él, ya que ella sabía que cualquier parte del cuerpo que ella clavara con esa aguja definitivamente se adormecería.
Mientras ella pensaba, el hombre con la cicatriz en el rostro agregó: —Cuélgala.
—Lo haré jefe.
Entonces, la colgaron con un cable de acero y colocaron un enorme balde de lata debajo de ella.
Media como un metro o así de altura.
HuoMian presintió lo que le iban a hacer.
Ella no quería que Qin Chu viniera, pero también quería que sí viniera.
Si Qin Chu venía, él se encontraría en peligro mortal, pero si no lo hacía, tal vez ella no podría verlo una última vez.
La gente frente a ella no era ordinaria.
Eran verdaderos criminales, capaces de matar a otros en cualquier momento.
En eso, ella escuchó pasos.
Dos hombres entraron con Qin Chu.
Cuando él llegó, el hombre con la cicatriz en el rostro le dio la bienvenida, y al asegurarse de que estaba solo, lo dejó entrar.
Todos eran extremadamente cuidadosos.
—Entra.
El hombre detrás de Qin Chu lo empujó con fuerza directo al depósito.
HuoMian miró abajo cuando vio a Qin Chu entrar, en ese momento, lágrimas empezaron a derramarse por sus mejillas descontroladamente.
Ella lo extrañaba, lo extrañaba como loca.
Qin Chu llevaba una chaqueta negra liviana que se veía muy bien en él.
Su expresión facial se veía calmada como siempre.
Él nunca entraba en pánico ante las crisis, aún si el mundo estuviera cayéndose.
Sin embargo, cuando le quitaron la venda y el vio a HuoMian, sintió como que si su corazón hubiese sido despedazado.
Qin Chu miró a HuoMian, quien colgaba en medio del aire.
Su bata blanca de laboratorio estaba sucia y tenía moratones en el rostro.
Había inclusive gotitas de sangre secas en las comisuras de sus labios.
Qin Chu apretó los puños y fulminó con su mirada al hombre de la cicatriz en el rostro.
—¿No te dije que no la tocaras?
—Lo siento, pero tu esposa es obstinada.
No quería hablar y no tuve más opción que enseñarle una lección.
La expresión de Qin Chu se volvió gélida.
—¿Qué quieren?
Dímelo.
Qin Chu los miró mientras, en secreto, juraba que no dejaría que nadie saliera vivo de este lugar porque él pensaba matarlos a todos.
Al escuchar lo que Qin Chu dijo, el hombre con la cicatriz en el rostro hizo un gesto burlón, y le arrojó una daga que aterrizó cerca de sus pies.
—Ten, para demostrar tu sinceridad, apuñala tu pecho con ella.
—¡Cariño no!
HuoMian finalmente abrió la boca, aterrorizada.
Ella temía que Qin Chu fuese a hacer de todo para ella, porque ella sabía lo importante que era para él.
Qin Chu miró a HuoMian con un dolor inexplicable en su expresión.
Entonces se agachó para recoger la daga afilada y lentamente apuntó hacia él la punta de la misma.
—Cariño, por favor, no seas estúpido.
No nos dejará ir, aún si hacer lo que dice.
El rostro de HuoMian estaba cubierto en lágrimas.
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