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Mi Profesor es Mi Compañero Alfa - Capítulo 348

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Capítulo 348: #Capítulo 348: Regreso a la escuela con los cachorros.

POV de Lila

—¿Los dos son lobos Volana? —susurré, mirando fijamente a los cachorros.

Mi madre y Diana me trajeron a los gemelos para que pudiera verlos por mí misma. Cuando me encontré con dos pares de ojos violetas y dos pares de ojos azules, el corazón se me llenó de alegría. Las lágrimas inundaron mis ojos al instante mientras sostenía a mis dos niños Volana.

—Supongo que heredaron los genes más fuertes —bromeó mi madre mientras me acariciaba la cabeza.

Me reí entre dientes mientras miraba a Enzo, que estaba de pie con la mandíbula apretada, pero había diversión en sus ojos.

—No olvides que Enzo también tiene Volanas en su familia —dijo Diana con una risita.

Enzo caminó hacia mí y eso excitó a Val, como siempre. Me encantaba que tuviera ese efecto en mí. Deslizó sus dedos por el lado de mi cara, haciéndome temblar con su tacto. Luego bajó sus labios y los rozó contra los míos. Cerré los ojos y me empapé de su abrazo y su beso.

Uno de los gemelos empezó a retorcerse en mis brazos y, al bajar la vista, vi a Asher moverse y luego un pequeño llanto escapó de sus labios.

—Oh, Ash, tranquilo —dije, meciéndolo ligeramente con el antebrazo.

Llamaron suavemente a la puerta y, un segundo después, la Dra. Schmitt asomó la cabeza. Cuando sus ojos me encontraron, sonrió.

—Siento interrumpir —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. He venido a llevarme a los bebés para hacerles unos análisis de sangre.

No quería que la doctora se llevara a mis bebés, pero sabía que era necesario. Casi los pierdo; era un milagro que siguieran vivos.

Le entregué mis bebés a la Dra. Schmitt y los vi salir de la habitación.

—Deberías aprovechar esta oportunidad para descansar un poco, Lila, cariño —dijo mi madre, guiñándome un ojo—. Volveré a visitarte más tarde. —Se inclinó y me besó cariñosamente en la frente.

—Yo también me voy —dijo Diana mientras me daba un abrazo rápido y luego se giraba para abrazar a Enzo—. Los veré a los dos más tarde.

Dicho esto, nuestras madres se fueron, dejándonos a Enzo y a mí solos en la habitación del hospital. Estaba completamente agotada; mi madre tenía razón. Tenía que aprovechar la oportunidad para echar una siesta. Enzo debió de pensar lo mismo, porque lo siguiente que supe fue que se deslizaba bajo las sábanas de la cama y me envolvía con fuerza en sus brazos.

Apoyé la cabeza en su pecho y escuché el rítmico latido de su corazón. Me sentía tan segura con Enzo, y sabía que siempre que estuviera con él, nada malo podría hacernos daño. Somos mucho más fuertes juntos que separados.

Con su calor y protección, por fin pude quedarme dormida.

…

—¿Estás segura de que estás lista para volver a la universidad? —preguntó mi padre, entrecerrando los ojos mientras yo bajaba mi última maleta.

—Tengo que hacerlo o mis notas se resentirán —le recordé.

—Es que creo que necesitas descansar más —dijo, frunciendo el ceño profundamente—. Solo llevas un par de días fuera del hospital.

—La universidad no va a esperar a que me recupere —le dije, dándole un suave beso en la mejilla.

Enzo bajó las escaleras con Asher en un brazo y Cooper en el otro.

—Enzo, ¿puedes decirle a mi padre que estaré perfectamente bien si vuelvo a la universidad? —dije, colocando mi mano en la parte alta de su hombro.

—Sinceramente, creo que deberías tomarte unos días más de descanso —dijo Enzo, encogiéndose de hombros.

—Exacto —convino mi padre.

Puse los ojos en blanco y caminé hacia Enzo. Pellizqué la barriguita de Asher, haciendo que sus piernecitas patalearan. Me volví hacia Cooper y le toqué la nariz juguetonamente, haciendo que se le formara un hoyuelo en la mejilla. Sonreí a mis niños antes de mirar a Enzo.

—Bueno, te tendré conmigo. Así que no será tan malo —murmuré, frunciendo los labios para él.

Enzo se rio entre dientes y me encontró a medio camino con sus propios labios. Nuestro beso se intensificó, pero solo por un momento, porque enseguida mi padre se aclaró la garganta, haciéndonos separarnos de un salto. Enzo se pasó los dedos por el pelo y yo me retorcí los dedos nerviosamente, intentando ignorar el calor de mis mejillas.

A pesar de que ahora estaba casada y con hijos, nunca estaba bien besuquearse delante de tu padre.

—Lo siento, Papá —dije sonrojada mientras le echaba los brazos al cuello y lo abrazaba con fuerza.

Él me devolvió el abrazo.

—Que tengáis un buen viaje de vuelta —dijo, apartándose—. Tu madre y yo volvemos a la manada Nova esta tarde. Pero si necesitas algo, llámanos.

—Lo haré —le aseguré.

—Oh, bien. Todavía no os habéis ido —dijo mi madre, bajando las escaleras a toda prisa—. Te has olvidado de Barry el oso.

Sostenía un oso azul claro con una pajarita de lunares.

Era el único juguete que conseguía que Cooper se durmiera.

—Oh, diosa —dije, sintiendo que la cara se me calentaba—. Si ni siquiera podía acordarme del oso de mi hijo, ¿cómo iba a apañármelas como madre?

Enzo le quitó el oso a mi madre y luego fue a recoger las sillas de coche en las que estaban Cooper y Asher.

—Meteré el oso en el coche junto con estos dos —anunció antes de girarse hacia la puerta.

Mi madre despidió a los bebés con un gesto de la mano antes de que se perdieran de vista. Luego me miró y me estudió con los ojos.

—¿Todo bien? —preguntó, sin dejar de escudriñar mi rostro.

Tragué saliva, con dificultad.

—Estoy un poco nerviosa —admití, intentando ignorar el calor que subía por mis mejillas—. ¿Y si meto la pata? No he podido ni acordarme de un oso de peluche.

—No es que estés haciendo esto sola, Lila —dijo mi madre sonriendo—. Para eso tienes a tu familia y a tus amigos. Para eso tienes a Enzo. Apóyate en nosotros siempre que lo necesites y asegúrate de comunicar tus sentimientos a tu pareja.

Asentí, parpadeando para contener las lágrimas, mientras abrazaba a mi madre.

—Te quiero —susurré.

—Y yo a ti —respondió ella.

Después de despedirme de mis hermanos gemelos, que estaban emocionados de que yo también tuviera gemelos, les dije a todos que condujeran con cuidado antes de darme la vuelta y salir de la casa de la manada para reunirme con mi pequeña familia en nuestro viaje de vuelta a la universidad.

Solo tuvimos que parar una vez en el trayecto de treinta minutos para cambiar pañales, pero llegamos a la universidad puntualmente. Me sorprendió que mis amigos estuvieran esperando nuestro regreso en el aparcamiento, pero en cuanto vieron el coche de Enzo doblar la esquina y entrar en el aparcamiento, todos empezaron a saltar y a vitorear.

Cuando salí del coche, Becca corrió hacia nosotros y se metió directamente en el asiento trasero, donde estaban los gemelos.

—La tía Becca necesita pasar tiempo con los gemelos —dijo riendo, desabrochando el cinturón de Cooper, que dormía con su oso bajo el brazo.

—Lo mismo digo, soy la tía Rachel —dijo Rachel mientras abría el otro lado del coche para llegar hasta Asher, que estaba completamente despierto.

—Voy a llevar nuestras cosas a la casa —dijo Enzo, besándome la coronilla antes de ir al maletero a coger nuestras maletas.

Le sonreí con amor; no pude evitar observar a mi pareja mientras caminaba hacia las casas del profesorado con nuestras bolsas y maletas. Era un hombre tan estupendo, y sabía que iba a ser un padre excelente. No sé por qué estaba tan preocupada; mi madre tenía razón. Necesitaba apoyarme en mis amigos y mi familia, especialmente en Enzo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Brody, dándome un abrazo de lado.

—Agotada, y no sé si eso va a desaparecer alguna vez —admití—. Pero no quiero quedarme atrás en la universidad, así que volví antes de la fecha recomendada, que habría sido la semana que viene.

—Si necesitas ayuda para cuidar a los niños, tienes muchos voluntarios —dijo Brody riendo mientras miraba por encima del hombro a Becca y Rahel, que arrullaban y mecían a los bebés.

Me reí.

—No lo dudo —le dije. Pero entonces miré a mi alrededor con el ceño fruncido. Vi a Kayla observando a Becca y a Rachel. Tenía una tierna sonrisa en los labios y parecía que quería tomar el relevo con uno de los bebés. Luego, mi mirada volvió a posarse en Brody, que parecía mucho más relajado que últimamente—. ¿Dónde está Sarah? —le pregunté entonces.

Me miró a los ojos y su sonrisa se ensanchó.

—Se disculpó con sus antiguos amigos por haberlos manipulado mentalmente. La perdonaron y ahora están pasando el rato juntos —dijo, señalando la sala de estudiantes—. Quieren que me reúna con ellos en un rato. Pero prefiero estar aquí, pasando el rato contigo ahora que has vuelto.

Le sonreí con cariño.

—Podemos ir todos a la sala —dije, encogiéndome de hombros—. Debería acostumbrarme a que me vean con un bebé.

Asintió y les hice un gesto a los demás para que nos siguieran. Cuando entramos en la sala de estudiantes, la habitación se quedó en silencio mientras todo el mundo me miraba. Sin duda, los rumores se habían extendido como la pólvora y ya todos lo sabían todo.

Después de echarme un vistazo, sus ojos se abrieron como platos cuando Becca y Rachel pusieron a los bebés a la vista.

—Es verdad… —musitó una de las chicas sentadas en una mesa cercana, mirando a los bebés y luego a mí—. Tuviste los bebés del Profesor Enzo.

Luego, otra persona susurró: —Eres su pareja.

POV de Lila

2 años después

Asher me despertó a primera hora de la mañana, como hacía cada día. Tiene suerte de que lo quiera tanto. Enzo no estaba en la cama cuando desperté, lo que me preocupó durante unos dos segundos antes de recordar que me había dicho que tenía que recoger sus cosas de la arena esa mañana.

Era su último día como profesor y, por mucho que diga que está feliz y aliviado, aún puedo ver la tristeza en sus ojos. Iba a echar de menos este trabajo. Le dije que podría seguir siendo profesor incluso después de que me graduara, pero respondió que su manada lo necesita más que la escuela y, ahora que los niños van a vivir en la casa de la manada a tiempo completo, él también quiere estar allí.

En secreto, me alegré cuando dijo eso porque no quería volver a nuestra casa sin él.

Los gritos de Asher se hicieron más fuertes y, pronto, Cooper se despertó y empezó a balbucear.

Suspiré y me deslicé fuera de la cama.

—Ya voy —anuncié a la habitación mientras me dirigía al pasillo, cerrando la puerta del dormitorio detrás de mí.

Cuando llegué a la habitación de Asher y Cooper, giré el pomo y entré.

—¡¡Mamá!! —vitoreó Cooper emocionado desde su cuna.

Le sonreí a mi niño feliz y luego me acerqué a la cuna de Asher, donde todavía estaba berreando. Tenía la cara toda roja y las lágrimas le brotaban de los ojos.

—¿Qué pasa, mi niño? —le pregunté mientras lo sacaba de la cuna y lo abrazaba contra mi pecho.

Hundió la cara en mi pecho y su pequeño cuerpo tembló. Lo mecí un poco hasta que se calmó y solo quedaron unos suaves sollozos.

Cuando le toqué la frente a Asher, fruncí el ceño.

—Estás ardiendo —dije, con un tono teñido de preocupación. A los lobos Volana les costaba mucho enfermar, pero supongo que era diferente para los bebés y los niños pequeños.

Llevé a Asher fuera de su habitación y a la cocina; abrí el armario donde guardaba las medicinas y fruncí el ceño ante las pocas opciones que tenía. La verdad es que no necesitábamos medicinas a menudo, así que no había mucho en el armario.

Suspiré y me apoyé en la encimera, abrazando con fuerza a Asher mientras se estremecía contra mi pecho. Tenía que hacer algo, o lo iba a pasar fatal hoy.

No tardé mucho en tener una idea. Caminé por el pasillo hasta mi dormitorio, donde había dejado el móvil cargando en la mesita de noche. Cogí el móvil y vi el nombre de Enzo iluminarse en la pantalla.

Sonreí al leer el mensaje que me había enviado.

Enzo: Si no te veo hasta más tarde, ¡mucha suerte hoy! Te quiero.

Su mensaje hizo que se me hinchara el corazón y no pude evitar una sonrisa tonta en mis labios. No podía creer que todavía tuviera este efecto en mí después de varios años. Con el corazón palpitante, revisé mis contactos hasta que encontré el nombre de Rachel.

Pulsé su nombre y me pegué el móvil a la mejilla mientras sonaba.

—¿Hola? —respondió al cuarto tono.

Sinceramente, me sorprendió que estuviera despierta a estas horas, pero sabía que se llevaba bien con la enfermera de la escuela y que podría ayudarme.

—Necesito un favor —dije sin más saludo—. Asher está ardiendo y necesito un antitérmico.

—¿Y quieres que vaya a ver a la enfermera y te consiga un poco? —terminó la frase por mí.

Asentí, pero luego me sentí ridícula porque no podía verme.

—Si no es mucha molestia —dije, mordiéndome el labio inferior y sintiéndome mal por molestar a Rachel tan temprano por la mañana.

Pude oírla removerse para salir de la cama e hice una mueca al saber que estaba en la cama relajándose y yo acababa de interrumpir su mañana.

—Lo siento —murmuré—. Si estás ocupada, puedo…

—Ya estoy fuera de la cama —dijo, cortándome—. Deja que me ponga algo de ropa y estaré allí tan pronto como pueda.

—Te lo agradezco muchísimo, Rach —dije con un suspiro, sintiendo una ola de alivio recorrer mi cuerpo.

—Te dije que te ayudaría siempre que lo necesitaras y soy fiel a mi palabra —me recordó.

—¡¡Mamá!! ¡Tengo hambre! —oí gritar a Cooper desde su habitación.

—Nos vemos pronto, Rachel. Gracias de nuevo —le dije mientras colgaba el móvil.

Llevé a Asher al salón, lo senté en el sofá y puse Cocomelon, el programa favorito de él y Cooper en ese momento. Una vez que el salón se llenó de música para niños pequeños, fui a su dormitorio y cogí en brazos a un muy entusiasmado Cooper.

Cooper era el niño feliz e hiperactivo y Asher era un poco más tranquilo. Pero eran bastante salvajes cuando estaban juntos y Asher no estaba enfermo.

—¿Qué te gustaría de comer? —le pregunté mientras salíamos de su habitación y nos dirigíamos a la cocina.

—¡Tortitas! —vitoreó.

Le sonreí a mi pequeño mientras lo colocaba en su trona.

—Tortitas serán —dije con cariño mientras iba al congelador y sacaba el paquete de minitortitas congeladas.

Puse unas cuantas en un plato y las metí en el microondas. Después de poner el temporizador, les preparé un vaso de zumo a Asher y a Cooper, y le di uno a Cooper antes de ir al salón a ver cómo estaba Asher.

Estaba acurrucado en el sofá con su oso de peluche, mirando hipnotizado la televisión.

—¿Cómo te encuentras, cariño? —pregunté mientras me inclinaba a su lado.

Le toqué la cabeza y fruncí el ceño al notar lo caliente que estaba su frente. Gimió con tristeza cuando sus ojos se encontraron con los míos.

—La tía Rachel viene con una medicina —le aseguré—. Mientras tanto, toma un poco de zumo.

Le di el vaso y dio un pequeño sorbo antes de dejar que el vaso entrenador cayera al sofá a su lado.

Suspiré y volví a la cocina, donde el microondas me estaba gritando.

—¡¡Tortis!! —vitoreó Cooper mientras las sacaba del microondas y echaba un chorrito de sirope a un lado antes de ponérselas delante.

Cooper no perdió el tiempo y se puso a comer. Le pasé los dedos por su pelo oscuro y rizado y luego le besé la frente antes de sentarme a la mesa a su lado.

Estaba agotada y no tenía ni idea de cómo iba a sobrevivir al día de hoy.

En menos de media hora, Rachel estaba llamando a la puerta. Cuando le grité que entrara, entró y agitó la bolsa de papel marrón en el aire.

—He traído un antitérmico —dijo mientras miraba a Asher—. Oh, ¿es este nuestro paciente? —preguntó mientras se arrodillaba a su lado y le tocaba la cabeza. Su ceño se frunció aún más—. Uf.

Asentí mientras me sentaba junto a Asher en el sofá y le quitaba la bolsa.

—Gracias —dije con un suspiro mientras sacaba la medicina—. Te debo una.

—Ni te preocupes por eso —dijo, restándole importancia con un gesto.

—¡¡Tía Ray!! —gritó Cooper mientras corría hacia el salón.

Rachel sonrió mientras abría los brazos y Cooper volaba hacia ellos.

—Hola, pequeño Coop —rio por lo bajo ante el apodo que le había puesto.

—Acabo de comer tortis —anunció Cooper con orgullo.

Los ojos de Rachel se abrieron de par en par y le lanzó una mirada de falsa sorpresa.

—¿Tortis? —jadeó—. ¡Qué envidia me das!

Él sonrió felizmente, lo que me hizo reír.

Rachel me miró y me dedicó una suave sonrisa.

—¿Estás lista para hoy? —preguntó.

Se me formó un nudo en el estómago al pensar en el día de hoy, pero conseguí asentir.

—Nerviosa, pero sí. Estoy lista —respondí—. ¿Y tú?

—Llevo lista los últimos cuatro años —rio por lo bajo, pasándose los dedos por su pelo castaño oscuro con mechas.

Rachel era el tipo de persona que se cambiaba el color del pelo cada semana y esta semana llevaba mechas azules. Le quedaba bien cualquier color y siempre llevaba ropa adecuada que resaltaba el color de su pelo.

Hablamos un poco más antes de que se levantara y suspirara.

—Debería irme; tengo que prepararme para esta tarde. Si necesitas algo más, llámame.

—Lo haré, gracias de nuevo —dije mientras la despedía con la mano.

Se fue poco después.

Como los dos niños parecían estar ocupados y Asher ya no parecía sentirse fatal, decidí que lo mejor era ir a darme una ducha.

Solo me di una ducha rápida, ya que no quería dejar a los niños solos mucho tiempo. Me puse un sencillo vestido de verano y me recogí el pelo en una coleta en la nuca. Cuanto más se acercaba la hora, más nerviosa me sentía.

—Me siento mejor, mami —dijo Asher cuando entré en el salón.

Le sonreí.

—Me alegro mucho, cariño. ¿Tienes hambre ya? —le pregunté, pero antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta.

Ya sabía quién era antes de abrir la puerta.

—¿Dónde están mis nietos? —preguntó mi madre mientras entraba corriendo en la casa, pasando a mi lado.

—¡¡¡Abuela!!! —vitorearon tanto Asher como Cooper.

Me reí entre dientes mientras me giraba hacia mi padre, que entraba detrás de ella.

—Hola, Lila Bean —dijo, envolviéndome en un fuerte abrazo.

—Hola, papá —suspiré, devolviéndole el abrazo con fuerza.

Cuando me soltó, fue a saludar a los gemelos con mi madre.

Poco después, Corrinne y Flynn entraron en la casa. Estaban en silencio y se lanzaban miradas de odio, así que supe que habían estado discutiendo. Me aterrorizaba el día en que Asher y Cooper dejaran de llevarse bien.

—Brianna ya está allí con el Beta Ethan, Aiden y Donovan —dijo mi madre después de terminar de pellizcar las mejillas de ambos niños—. ¿Estás casi lista para irnos?

Respiré hondo antes de asentir.

—Sí, estoy lista —dije, asintiendo.

—No puedo creer que nuestra hija se gradúe de la universidad —dijo mi padre, envolviéndome en otro abrazo—. Es un gran día.

Sonreí; tenía razón, era un gran día. Hoy era el día en que me graduaba y mi vida con mi familia podía empezar por fin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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