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Mis Dos Esposas - Capítulo 10

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10: Después del Fuego 10: Después del Fuego *Capítulo narrado por Alejandro, Emma y Marian La habitación todavía olía a ellos.

No era un aroma en concreto, sino una mezcla: piel tibia, sábanas revueltas, un restos de perfume de ambs y algo más intenso, más íntimo, que no podía nombrarse sin admitir lo que acababa de ocurrir.

Alejandro permaneció unos minutos inmóvil, mirando a la nada, respirando profundo como si necesitara convencerse de volver a la calma.

Emma estaba a su lado, recostada sobre un codo, observándolo sin hablar.

No sonreía, pero tampoco parecía arrepentida.

Tenía esa expresión que Alejandro había aprendido a temer en este año de vida conyugal; la de una mujer que ya ha tomado una decisión y está midiendo las consecuencias de sus actos, y calculando hasta donde más podría llegar.

No habían cruzado palabras durante todo su encuentro.

No las necesitaron.

Todo ocurrió con intensidad silenciosa, cargada de algo que no era solo deseo, sino desafío, entrega y una sombra inquietante que se coló entre ambos cuando Emma pronunció aquel nombre sin decirlo del todo.

Ahora, con el cuerpo relajado y la mente fría, Alejandro se levantó directo a bañarse.

—Tengo que irme —dijo finalmente.

Emma asintió despacio.

—Lo sé.

Ten cuidado.

No intentó retenerlo.

Eso también era parte de su juego.

Alejandro se bañó a prisa, pero se vistió lentamente, con la mente lejos de ahí, parecía divagar.

Eso no era propio de él, siempre un hombre seguro de sí mismo, en algunos casos podía considerársele soberbio, pero ahora lucía dubitativo.

Cada movimiento hecho por él parecía acompañado por la misma pregunta que lo había perseguido desde la madrugada: ¿Qué gana ella con todo esto?

Antes de salir, la miró.

Emma ya estaba de pie, ajustándose el cabello frente al espejo, como si el mundo siguiera su curso normal, parecía no experimentar ningún remordimiento o tener problema alguno.

—Emma —dijo—.

No hemos terminado esta conversación.

Ella lo miró a través del reflejo.

—Nunca dije que sí.

Adiós mi amor—.

Dejando en claro que su esposo ya debía irse.

Eso fue todo.

*Alejandro La reunión con mi padre transcurrió como todas las reuniones en general: cifras, proyectos, nombres importantes que exigían atención absoluta, clientes, productos nuevos a los cuales dedicarles atención; gastos en publicidad.

Yo respondía, opinaba, asentía en los momentos correctos.

Desde afuera, parecía incólume como siempre, nadie habría notado la tormenta que llevaba dentro.

Pero cada pausa, cada silencio, era ocupado por la misma imagen: Marian.

No como la había visto la noche anterior, incómoda y distante, sino como la había conocido al principio.

Concentrada, segura, con esa mezcla de elegancia y sencillez que no se aprende.

Marian no parecía ser una mujer que aceptara ser “la otra”.

Eso lo tenía claro, lo demostró al marcharse la noche anterior en cuanto Emma abrío la caja de Pandora.

Los lujos que Emma y yo poseemos, podrían convencer a muchas.

Podríamos ofrecer estabilidad, lujo, protección.

Pero Marian… ella tenía algo distinto.

Algo que no se compraba ni se negociaba.

Y sin embargo, Emma había puesto su nombre sobre la mesa como si fuera una posibilidad real.

—¿Estás de acuerdo, hijo?

—preguntó mi padre, interrumpiendo sus pensamientos.

Tardé un breve instante en reaccionar, solo parpadeé, y respondí.

—Sí.

Claro.

Esta todo correcto.

Al menos en ese aspecto sí lo estaba en los negocios.

Pero no con mi matrimonio.

No con la idea de una mujer que empezaba a ocupar un espacio que no debía… y que, sin embargo, parecía inevitable, ni tampoco con la que lo tenía por derecho propio, y parecía muy segura de querer compartir ese lugar, sin que yo lograra entenderlo aún.

Cuando la reunión terminó, decidí quedarme unos minutos más en la oficina.

Tomé el teléfono, y casi de manera automática abrí el chat de Marian.

Lo cerré.

Lo volví a abrir.

Al final no escribí nada.

“Si lo hago, todo cambia”, pensé.

Decidí que no estaba listo para cruzar esa línea.

*Emma El gimnasio era uno de los pocos lugares donde yo lograba silenciar el ruido.

El movimiento repetitivo, el esfuerzo físico, el sudor.

Todo me ayudaba a pensar con una claridad que no encontraba en casa.

Mientras corría en la caminadora, mi mente volvió, una y otra vez, a Marian.

No era deseo sexual.

No como el que sentía por Alejandro.

Tampoco era envidia.

Yo siempre había tenido siempre lo que quise.

Lo que me inquietaba de Marian era otra cosa: su independencia, su forma de existir sin pedir permiso.

“¿La quiero para él… o la quiero cerca de mí?” La pregunta apareció sin aviso en mi mente.

Durante unos segundos, me permití contemplarla con honestidad.

Marian era hermosa, sí, pero no era eso.

No la imaginaba en mi cama, no la deseaba físicamente, no quería que fuera mi amante, o al menos eso es lo que resaltaba en ese momento.

Lo que quería era más complejo, más peligroso: quería compartir con ella un espacio emocional que nunca había compartido con nadie.

Lo que yo buscaba era control, pero no uno mezquino.

Buscaba evitar la traición de mi esposo anticipándome a ella.

Convertir lo inevitable en un acuerdo.

Transformar la amenaza en una elección, sabía que una vez que Alejandro conoció a Marian solo era cuestión de tiempo para que ella fuera suya, así que prefería tener todo controlado desde el inicio.

Y Marian… era la única mujer que podría hacerlo sin vulgaridad.

Terminé mi rutina, tomé el teléfono.

Dudé unos segundos antes de marcar, pero al final lo hice.

Llamé a Marian.

No hubo respuesta.

Me molesté.

Volví a intentar.

Nada otra vez.

Una sensación extraña se instaló en mi pecho.

No estoy acostumbrada a ser ignorada.

“Está en su derecho”, me dije.

*Yo crucé un límite.* Salí del gimnasio con una inquietud nueva: el miedo de haber empujado demasiado.

*Marian El restaurante estaba lleno del ruido habitual del mediodía: platos, voces, órdenes que iban y venían.

Marian se movía entre la cocina y el salón con la precisión de alguien que ama lo que hace.

Allí, al menos, todo tenía sentido.

Había logrado concentrarme durante horas, manteniendo a raya los pensamientos incómodos, enfocada netamente en el trabajo.

Pero Emma… Emma seguía ahí, como una astilla bajo mi piel, como esa herida en la boca que sanaría si dejara de tocarla con la lengua, pero yo no tenía intención muy clara de dejar de hacerlo.

Cuando le teléfono vibró, lo ignoré primeramente.

No necesitaba mirar la pantalla para saber quién era.

A la segunda vibración, me obligué a respirar profundo y seguir trabajando.

Tenía deseos de hablar con ella, pero también no quería hacerlo, me sentí humillada.

A la tercera vez que sonó, por fin tomé el celular.

Era un mensaje.

“Marian, lo siento.

No debí decir lo que dije.

No era mi lugar.

Necesito verte, por favor.

Solo hablar.

Estoy muy arrepentida.” Leí el mensaje dos veces.

Luego una tercera.

No mencionaba a Alejandro.

Eso era importante.

O peligroso.

Apoyé el teléfono sobre la mesa y me quedé pensando por unos segundos.

El enojo seguía ahí, intacto.

Emma había cruzado una frontera que no le correspondía.

Había convertido algo implícito, algo que prohibido, en una exposición incómoda.

Y sin embargo… la duda también estaba ahí.

No sobre Alejandro.

Sobre Emma.

¿Qué pretendía realmente?

¿Buscaba provocar?

¿Justificar algo?

¿O simplemente había sido brutalmente honesta?

En ese momento slo había pensado en una cosa: Alejandro se había comportado como un caballero.

No me presionó, no me incomodó, no intentó retenerme, de hecho se veía igual de molesto que yo.

Ese detalle pesaba más de lo que quería admitir.

Al terminar el trabajo me senté sola en una mesa del fondo.

Volví a leer el mensaje.

Mis dedos se movieron sobre la pantalla, escribí y borré todo varias veces hasta que pude decir exactamente lo que deseaba hacer.

No quería verlo a él.

No todavía.

No así.

Pero Emma… Tal vez era momento de escucharla.

De entender qué lugar pretendía asignarle sin haberle pedido permiso.

Escribí finalmente: “Podemos vernos.

Solo tú y yo.

Nada más.” Envié el mensaje antes de arrepentirme.

Aunque de igual manera pensé muchas veces que no debí hacerlo.

El teléfono vibró casi de inmediato.

“Gracias.

Cuando tú digas.” Apagué la pantalla y cerré los ojos unos segundos.

No sabía si estaba cometiendo un error o tomando el control de la situación por primera vez.

Solo sabía que, después de ese encuentro, nada volvería a ser igual.

Aunque muy en el fondo, una parte de mí —la más honesta, la más peligrosa— quería descubrir qué tan lejos estaba dispuesta a llegar Emma… y qué tan lejos estaba dispuesta a llegar yo también.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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