Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Mis Dos Esposas - Capítulo 9

  1. Inicio
  2. Mis Dos Esposas
  3. Capítulo 9 - 9 Las razones de Emma
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

9: Las razones de Emma 9: Las razones de Emma Narrado por Emma / Alejandro *Emma Desperté con la boca seca, un dolor de cabeza espantoso, resaca le llaman en muchas partes, pero para México eso era una cruda.

La cruda física era tolerable, sentia una cruda moral al darme cuenta que mi memoria estaba intacta.

Eso era lo peor.

Me volteé solo para darme cuenta que Alejandro ya no estaba ahí.

No recordaba si se acostó aquí siquiera.

Por un momento pensé que quizá había exagerado, que tal vez él también estaba dormido en alguna habitación de invitados, pero su ausencia se sentía distinta, definitiva.

Como si hubiera salido no solo de la casa, sino hubiera algo más profundo oculto tras su alejamiento.

Me levanté despacio.

La luz de la mañana entraba sin pedir permiso.

Esa luz que quemaba mis ojos, revelaba los restos de la noche anterior: copas olvidadas, bebidas sin terminar, flores marchitándose, regalos abiertos.

Volteé a ver alrededor, Marian ya no estaba, no estuve segura si se había ido anoche.

Ahora ya sabía que sí.

Me pregunté, no por primera vez, si había ido demasiado lejos.

No en lo que dije.

Sino en lo que revelé.

No suelo tener remordimiento, me enseñaron a nunca tenerlos, los Van Dyke nunca hemos sido gente que se deba lamentar por sus decisiones.

Sin embargo, Alejandro no era un hombre ingenuo.

Tampoco era tonto.

Y yo había apostado a que me amaba lo suficiente como para no huir, estaba segira que nadie, ni siquiera Marian Okoye podría apartarlo de mí… aunque aún no supiera hacia dónde lo había empujando.

Salí de la recámara, fui a bañarme sin prisa, como si el agua pudiera ordenar mis pensamientos.

Aunque no lo hizo, no había nada que pudiera ordenar de nueva cuenta mi mente.

Cuando regresé a vestirme, él aún no regresaba.

Pregunté al personal, la respuesta de todos fue la misma.

—Salió temprano señora Emma.

Se fue Caminando.

Eso me dejó helada.

Alejandro solo caminaba cuando algo dentro de él estaba a punto de romperse…

o ya estaba roto.

*Alejandro Caminar era lo único que me mantenía cuerdo.

No llevé el teléfono.

No quería escuchar a Emma, ni leer sus mensajes, ni enfrentarme al hecho de que mi matrimonio pudiera estarse fracturando sin que yo me hubiera dado cuenta nunca.

¿En qué momento Emma dejo de tomarme en cuenta?

¿Por qué había tratado así a Marian?

La noche anterior se repetía en mi cabeza como cuando pensamos una y otra vez en una discusión que terminó mal, arrepentidos por algo que no debimos decir.

Sin embargo, la escena era contrastante: Emma, riendo.

Marian, incómoda.

Y yo… atrapado entre ambas.

Lo que más me dolía no era Marian, podría encantarme, pero era una desconocida.

Era Emma.

Su ligereza, su manera de decirlo todo como si hablara de una broma privada, de un acuerdo tácito que yo nunca firmé.

“A mi marido le gustas.” Como si fuera una anécdota.

Como si yo fuera un objeto que se presta.

Pensé en la herencia.

En mi apellido.

En la casa.

En todo lo que podía perder si ella decidía empujarme a una falta que jamás quise cometer.

Emma sabía exactamente dónde dolía.

Siempre lo había sabido.

Y sin embargo… Había algo más.

No podía negar que Marian me había trastornado desde el primer día.

No con urgencia, no con vulgaridad.

Con algo más peligroso: curiosidad, respeto, deseo contenido.

Eso era lo que Emma había visto.

Y eso era lo que me aterraba.

Regresé a casa cuando el sol ya estaba alto.

No tenía hambre.

No tenía respuestas.

*Emma Lo vi entrar desde el ventanal.

Caminaba distinto.

Más rígido.

Más lejos de mí.

No lo abordé de inmediato.

Esperé.

Le di espacio, porque sabía que lo necesitaría… y porque también necesitaba armarme de valor.

Cuando por fin me miró, su expresión era dura.

No furiosa.

Eso habría sido más fácil.

Estaba herido.

—Tenemos que hablar —dijo.

Asentí.

—Lo sé.

No me senté.

No quise parecer cómoda.

Él tampoco.

—¿Qué fue lo de anoche, Emma?

—preguntó—.

Y no me digas que estabas muy borracha.

Te conozco, sé que estabas completamente consciente de lo que hacías.

Respiré hondo.

—No lo estaba.

No lo suficiente como para no saber lo que decía.

Eso le dolió.

Lo vi en sus hombros, tensándose.

—Entonces dime la verdad.

¿Estás con alguien más?

¿O qué pretendes empujarme a hacer?

Negué despacio.

—No hay nadie más.

—¿Entonces por qué ella?

—alzando un poco la voz—.

¿Por qué Marian?

Lo miré de frente.

No podía retroceder ahora.

—Porque te vi —dije—.

Desde el primer día.

*Alejandro No quería escuchar eso.

Y aun así, no pude detenerla.

—Te vi mirarla —continuó—.

No como un hombre mira a cualquier mujer hermosa.

La miraste como alguien que reconoce algo que le falta.

—Eso no te da derecho, sabes todo lo que está en juego si algo así pasara, si esto se te sale de las manos.—interrumpí.

—Lo sé —respondió, suave—.

Por eso estoy hablándolo contigo.

Llegando a un acuerdo.

No imponiéndolo.

Apreté los puños.

—Habla claro, Emma.

Y entonces lo hizo.

—No quiero perderte —dijo—.

Y no quiero convertirme en una esposa que vigila, que prohíbe, que sospecha.

Eso nos destruiría.

Prefiero saber.

Prefiero elegir.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Elegir qué?

—Compartirte.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

No sonó sucia.

Sonó peligrosa.

—No como piensas —se apresuró—.

No quiero juegos ocultos ni traiciones.

No quiero tríos ni fantasías improvisadas.

Quiero estructura.

Verdad.

Límites.

Negué con la cabeza.

—Eso no tiene sentido.

—Para ti no.

Para mí sí.

Se acercó un poco más.

—Marian no es una amenaza —continuó—.

Es una mujer que podría estar con nosotros sin mentiras.

Sin esconderse.

Y nos complementaria a la perfección.

Sin romper nada de lo que somos… si se hace bien.

—¿Y qué pasa contigo?

—pregunté—.

¿Dónde quedas tú?

Sus labios temblaron apenas.

—Yo me quedo aquí.

A tu lado.

Como siempre.

Pero sin negar lo que somos… ni lo que podrías ser tú con ella.

*Emma No le dije todo de golpe.

Eso lo habría espantado.

No le dije que Marian me inquietaba porque era todo lo que yo ya no era, y quizás nunca fui: libre, sin apellido que cargar, sin familia observando cada paso.

No le dije que me atraía su forma de habitar el mundo, aunque no la deseara como él.

Le dije la verdad que podía escuchar.

—No quiero poseerte —susurré—.

Quiero caminar contigo.

Y si hay otra mujer que puede hacerlo sin quitarme mi lugar… quiero intentarlo.

Alejandro me miraba como si no supiera si abrazarme o huir.

—¿Y si me enamoro de ella?

—preguntó.

No respondí de inmediato.

Esa era la pregunta correcta.

—Entonces lo sabremos —dije al fin—.

Y decidiremos qué hacer.

Pero no será una traición.

Será una elección consciente, una elección que yo permití.

Alejandro guardó silencio, sé que no quería responder, yo decidí hacer lo mismo.

*Alejandro No entendía.

Y al mismo tiempo, algo dentro de mí quería entender.

—¿Por qué ella, Emma?

—pregunté por última vez—.

Dime la razón real.

Me sostuvo la mirada.

—Porque contigo soy esposa.

Con ella, podría ser algo más.

Y porque contigo me siento segura… y con ella, viva.

Eso me desarmó.

¿También deseaba a Marian?

No discutimos más.

No porque todo estuviera claro, sino porque ambos estábamos agotados de resistirnos.

La tomé del brazo.

No con brusquedad.

Con necesidad.

Nos besamos como si lleváramos días separados, no horas.

Como si el mundo exterior no existiera.

Cuando la llevé a la cama, no hubo palabras.

Solo una urgencia distinta, más intensa, más oscura, más ardiente.

Y entonces, cuando creí que el momento nos pertenecía por completo, Emma susurró contra mi oído: —Hazlo otra vez… házmelo como si fuera ella.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Y supe, en ese instante, que ya no había vuelta atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo