Mis Dos Esposas - Capítulo 12
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12: La Pregunta Correcta 12: La Pregunta Correcta Marian no respondió de inmediato.
El restaurante seguía respirando a su alrededor, pero el mundo se había reducido a esa mesa, a la mirada de Emma sosteniéndola sin parpadear, a la pregunta que ya no podía esquivar.
Había aprendido, desde muy joven, que algunas personas no preguntan para escuchar mentiras; preguntan porque ya están listas para cualquier respuesta.
Emma era una de esas personas.
—Sé honesta conmigo —dijo, con voz firme, sin rastro de súplica—.
Si no te gusta mi marido, si no te interesa de esa forma, entonces no tenemos nada más que hablar.
Hoy mismo nos alejaremos de ti.
No volverás a vernos.
Ni tú a nosotros.
Marian percibió la dureza deliberada de esas palabras.
No eran una amenaza, sino una puerta que Emma estaba dispuesta a cerrar sin mirar atrás.
Lo que la sorprendió no fue la frialdad, sino la valentía.
Emma no buscaba convencerla; buscaba una verdad limpia, incluso si dolía.
Marian apoyó lentamente las manos sobre la mesa.
—¿Y si digo que sí?
—preguntó—.
¿Qué pasaría entonces?
Emma no dudó.
—Entonces —respondió— entenderías por qué te hablé como te hablé.
Y yo podría decirte lo que realmente quiero proponerte.
Marian sostuvo su mirada durante varios segundos.
En ese silencio, repasó imágenes que había intentado ignorar desde Punta Cana: la forma en que Alejandro la miraba cuando creía que nadie lo notaba, el respeto con el que se había contenido, la incomodidad genuina cuando Emma habló de más, el gesto caballeroso de enviarla a casa sin intentar nada.
No era solo deseo.
Era carácter.
—Sí —dijo finalmente—.
Me gusta.
Y mucho.
Pero sigo sin entenderte.
Emma dejó escapar un suspiro lento, casi un alivio.
—Gracias por decirlo —respondió—.
Ahora puedo hablar con claridad.
Se recostó ligeramente en la silla, como si el peso que llevaba encima hubiera cambiado de forma.
—Amo a Alejandro —continuó—.
No de la manera ingenua de los primeros años, sino con una conciencia absoluta de quién es, de sus sombras, de su fuerza, de su deseo.
Y también sé que hay mujeres que podrían atraerlo… pero pocas que podrían hacerlo sin destruirlo.
Marian frunció el ceño.
—¿Y yo soy una de esas?
—Sí —dijo Emma sin rodeos—.
Porque no eres una fantasía.
No eres una aventura.
No eres alguien que se esconde.
Y porque, aunque te guste, no has dado un solo paso fuera de tus límites.
Marian bajó la mirada apenas un segundo.
—Eso no me convierte en una opción —replicó—.
Me convierte en alguien que aún no ha cruzado una línea.
—Precisamente —respondió Emma—.
Yo no quiero líneas cruzadas a escondidas.
Quiero acuerdos.
Marian soltó una breve risa, incrédula.
—¿Acuerdos?
—repitió—.
¿Me estás proponiendo… qué exactamente?
Emma se inclinó hacia delante, bajando la voz, no por secreto, sino por intimidad.
—Quiero compartirlo contigo —dijo—.
No como un juego.
No como un desliz.
Sino como una decisión consciente.
Con reglas claras.
Sin engaños.
Sin mentiras.
Sin clandestinidad.
El corazón de Marian se aceleró, pero su rostro no lo delató.
—Hablas como si ya lo hubieran decidido los dos —observó—.
Y eso es lo que necesito saber ahora.
¿Esto es algo planeado por ti y Alejandro… o él no sabe nada de lo que estás haciendo?
Emma sostuvo la mirada sin vacilar.
—Todo esto es mío —respondió—.
Alejandro no ha planeado nada.
De hecho, si supieras cuánto le ha costado no traicionarme, lo entenderías mejor.
Pero también sé algo más.
—¿Qué?
—preguntó Marian, tensa.
—Sé que no se negará —dijo Emma—.
Porque tú lo desarmas.
Y porque yo se lo permitiría.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes.
Marian respiró hondo.
—¿Y cómo puedes estar tan segura?
—preguntó—.
¿No temes que, una vez que lo tenga, te desplace?
Emma sonrió.
No con arrogancia, sino con una calma extraña.
—Porque no te pareces a mí —respondió—.
Y porque no quiero competir contigo.
Quiero coexistir.
Marian negó lentamente con la cabeza.
—Eso suena peligroso.
—Lo es —admitió Emma—.
Pero también es honesto.
Dudó apenas un segundo antes de continuar.
—Yo misma puse a prueba mis límites —añadió—.
Le pedí que me hiciera el amor imaginándote.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellas, densas.
Marian sintió un calor inmediato recorrerle el cuerpo, un estremecimiento involuntario que tuvo que detener con todo el autocontrol que podia mantener.
No dijo nada.
No reaccionó.
Pero Emma lo notó.
—Fue el mejor sexo de mi vida —continuó Emma, con una franqueza que rozaba lo indecente—.
Porque no hubo culpa.
Solo deseo, reconocido y compartido.
Marian tragó saliva.
—¿Y eso no te asustó?
—preguntó, con voz más baja de lo que pretendía.
—No me asusto fácilmente Marian, pero me confirmó algo —respondió Emma—.
Que negar lo que somos capaces de desear nos vuelve más frágiles que aceptarlo.
Marian la observó con atención renovada.
—¿Y tú?
—preguntó entonces—.
¿También me deseas?
Emma no respondió de inmediato.
El silencio, esta vez, fue distinto.
No era una pausa estratégica, sino un límite que Emma no estaba lista para cruzar en voz alta.
—No, nunca he deseado a una mujer —dijo finalmente—.
No de la forma en que deseo a Alejandro.
Pero te quiero cerca.
Me atraes como presencia, como fuerza, como complemento a nuestra vida.
No necesito definirlo ahora.
Marian solo la miró con aire de incredulidad.
—Eso es lo que me preocupa —dijo—.
Que no quieras definirlo.
Emma no lo negó.
—Porque esto no es algo que se decida solo entre nosotras —respondió—.
Si ha de suceder, será definido entre los tres.
Marian se reclinó en la silla, cruzando las piernas con calma.
Ya no parecía a la defensiva, sino pensativa.
El enojo inicial se había diluido en algo más complejo.
—Necesito tiempo para darte una respuesta —dijo al fin—.
Pero eso último que mencionaste es lo correcto, necesito hablar con Alejandro también, pero no a través de ti.
Tengo que hablar con él y contigo.
Los tres juntos.
Emma sintió una corriente de alivio recorrerla, aunque no lo mostró.
—Eso es justo lo que esperaba escuchar —respondió.
—No te prometo nada —advirtió Marian—.
Pero tampoco cierro la puerta.
Lo que me propones es… inusual, inmoral, y peligroso.
Pero la verdad no puedo negar que me siento intrigada y halagada.
Emma inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo pensaré —dijo Marian de nueva cuenta—.
Y cuando esté lista, los llamaré.
Marian se levantó, dando por terminada la conversación.
Emma también se puso de pie.
—Gracias por escucharme —dijo con sinceridad.
Marian la miró una última vez antes de darse la vuelta.
—Gracias por atreverte a decirlo —respondió—.
No muchas mujeres lo harían.
Emma salió del restaurante con el pulso acelerado, consciente de que había movido una pieza imposible de devolver a su lugar original.
Y Marian, mientras regresaba a la cocina, sabía una cosa con absoluta certeza: La posibilidad ya no era remota.
No era impensable.
Y, contra toda lógica, comenzaba a parecer peligrosamente real.
Minutos después, Alejandro recibió un mensaje de parte de Emma.
—Tenemos que hablar.
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