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Mis Dos Esposas - Capítulo 13

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13: Verdad Incómoda.

13: Verdad Incómoda.

Alejandro no habló de inmediato.

Emma había terminado de contarle la conversación con Marian con una calma que a él le resultaba inquietante.

Estaban en la sala, sin música, sin distracciones, como si la casa misma supiera que esa charla no admitía testigos.

Él estaba de pie, con la espalda recta, los brazos cruzados, mirando un punto indefinido frente a la ventana.

—Entonces… —dijo al fin— ¿eso es todo?

Emma levantó la vista desde el sillón.

—No —respondió—.

Eso es lo esencial.

Alejandro sonrió casi sin ganas.

—Lo esencial sería decirme por qué decidiste hacer todo esto sin mí.

Emma se levantó con calma, caminó hasta quedar frente a él.

No invadió su espacio, pero tampoco retrocedió.

—Porque sabía que, si te lo decía antes, intentarías ser correcto —dijo—.

Y yo no necesitaba corrección.

Necesitaba honestidad.

—¿Honestidad?

—replicó él, girándose por fin para mirarla—.

¿Llamas honestidad a poner a una mujer en una situación imposible entre ambos y sin consultarme?

Emma se rió como si pretendiera burlarse de su esposo, pero rectificó de inmediato.

—Bueno, le consulté con ella.

Y ahora te lo explico a ti —.

Le dió intentando calmarlo.

Alejandro negó con la cabeza, pasando una mano por su cabello.

—No te reconozco, Emma —dijo—.

Esto suena… calculado.

Frío.

Como si estuvieras moviendo piezas.

La palabra la atravesó, pero no se apartó.

—Tal vez un poco, pero sé que me lo agalradecerás después —admitió—.

Pero no lo hice por ambición ni por miedo.

Lo hago porque te conozco, y estoy segura que esto es lo mejor que podría pasarnos.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Entonces dime la razón real —exigió—.

No la versión elegante.

¿Por qué quieres que Marian sea mi amante?

Emma respiró profundo.

—Porque así puedes tenernos a ambas —dijo finalmente—.

Sin engaños.

Sin dobles vidas.

Marian es lo opuesto a mí, Alejandro.

Y eso te atrae.

No quiero que lo niegues, yo pude verlo con una sola mirada.

Sé que si ella está dentro de nuestra casa, dentro de nuestra verdad, no estarás buscando nada fuera.

Él la miró con una mezcla de incredulidad y deseo mal contenido.

—¿Eso crees?

—preguntó—.

¿Que me vas a contener dándome permiso?

—No te estoy dando permiso —corrigió Emma—.

Te doy un espacio, te doy libertad, te doy elección.

Es muy distinto.

Alejandro se alejó unos pasos, como si necesitara aire.

—Me estás pintando como un animal que necesita dos jaulas —dijo—.

Una para cada impulso.

—No —respondió ella con firmeza—.

Te estoy reconociendo como un hombre más que complejo.

Y te amo tanto para estar completamente de acuerdo en que encuentres lo que falta en nuestro matrimonio con ella, si te sientes en plenitud, yo también lo estaré.

El silencio cayó pesado.

—¿Y tú?

—preguntó él entonces—.

¿Dónde quedas tú en todo esto?

—Yo elegí ser participé y arquitecta de esto —dijo al final—.

No me creas una víctima, nunca lo he sido, y no lo seré ahora.

Alejandro la miró largo rato.

Vio convicción, pero también algo más: una necesidad profunda de control, de no ser abandonada, de anticiparse al golpe antes de recibirlo.

—Esto es manipulación —dijo con dureza—.

Aunque pretendas disfrazarlo de mente abierta, o de libertad o progresismo.

Emma aceptó el golpe sin bajar la mirada.

—Tal vez —concedió—.

Pero no tengo un arma apuntándote, eres libre de decir que no.

Alejandro cerró los ojos.

Podía hacerlo.

Podía negarse.

Podía exigir que todo volviera a la normalidad.

Pero la imagen de Marian se coló en su cabeza, inevitable.

Su belleza, su sensualidad, su porte.

La forma en que lo había mirado sin tocarlo nunca.

El respeto que había mostrado incluso cuando Emma cruzó límites.

—La deseo —admitió finalmente—.

Y eso es lo que más me enfurece de mí mismo.

Emma se acercó un paso.

—Por eso hice lo que hice —dijo en voz baja—.

Porque sé que, si no soy yo quien abra esa puerta, la abrirás tú solo… y estoy segura que eso terminaría destruyendo a nuestras familias.

Alejandro la miró, derrotado y lúcido al mismo tiempo.

—No estoy de acuerdo con cómo lo manejaste —dijo—.

Pero tampoco puedo negar lo que siento.

Emma no sonrió.

No celebró.

—Eso es todo lo que necesitaba saber — Eso es lo que necesitaba saber.

— Marian por su parte no lograba concentrarse.

Había pasado la mañana repasando una y otra vez la conversación con Emma, cada palabra, cada pausa.

Se había dicho que aceptar “pensarlo” era una salida elegante, una forma de ganar tiempo.

Pero ahora entendía que también había sido una puerta que ella misma había abierto.

¿Había hecho lo correcto?

Se miró en el espejo antes de salir.

No buscó verse provocativa ni distante.

Eligió algo neutro, casi defensivo.

Como si la ropa pudiera protegerla de lo que estaba a punto de enfrentar.

—No eres la otra —se dijo—.

No lo serás nunca.

Pero la duda persistía.

Pensó en Alejandro.

En su silencio respetuoso.

En la forma en que no había aprovechado ni una sola grieta.

Eso, más que cualquier gesto descarado, era lo que la desarmaba.

Pensó en Emma.

En su mirada directa.

En su forma de hablar de su marido no como propiedad, sino como territorio compartido.

Era aterrador.

Y fascinante.

Marian no había crecido creyendo en historias así.

No era ingenua.

Sabía que el deseo podía destruir.

Sabía que las promesas raras veces sobrevivían a la rutina.

Pero también sabía reconocer una verdad cuando la tocaba de cerca.

Y lo que Emma había dicho… no sonaba falso, aunque fuera algo extremadamente prohibido.

— El lugar elegido fue la casa de Marian, ella necesitaba un acto más de protección antes se saltar al abismo.

Alejandro llegó primero.

No sabía qué esperaba.

Una negociación.

Una renuncia.

Una catástrofe.

Emma llegó después.

Se paró a su lado, sin tocarse.

—Ella nos espera —dijo Emma.

—Recibí su mensaje hace un momento.

Alejandro asintió, sin mirarla.

—Quiero que sepas algo —dijo entonces—.

Pase lo que pase hoy, no quiero que vuelvas a hablar por mí.

Emma lo miró.

—No lo haré —prometió—.

Ya hice suficiente.

El silencio volvió a instalarse.

Marian abrió la puerta, y ambos entraron.

—Gracias por venir —dijo Marian, rompiendo la tensión.

Emma asintió, tomando asiento frente a ellos, Alejandro —No prometí aceptar —aclaró—.

Solo prometí escuchar su propuesta.

Tienen libertad de hablar.

Alejandro la miró con seriedad.

—Y yo prometo hablar por mí —dijo—.

No por nadie más.

Marian sostuvo su mirada, evaluándolo.

—Es lo que esperaba, necesito conocer tu posición, antes de evaluar mi respuesta —respondió.

Los tres guardaron silencio unos segundos, conscientes de que ese encuentro no era un juego ni una fantasía.

Era una conversación que podía cambiar el curso de sus vidas.

Emma cruzó las manos sobre la mesa.

—No quiero convencerte —dijo a Marian—.

Quiero que entiendas.

Y que decidas con libertad.

Marian relajó los brazos y comenzó a hablar con soltura.

—Entonces empecemos —dijo—.

Si vamos a cruzar esta línea… quiero, necesito saber exactamente quiénes son ustedes cuando nadie los mira.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

Sabía que, a partir de ese momento, ya no habría marcha atrás.

Y aunque no lo dijera en voz alta, una parte de él —la más honesta— sabía que deseaba escuchar una respuesta, bueno, una respuesta positiva.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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