Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 427
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Capítulo 427: Seris quiere verte
Morgana miró a todos en la sala, aún sosteniendo a Excalibur con una mano y apoyando la otra en la cadera. Dejó escapar un largo suspiro antes de encarar a Viviane y, después, a Vergil.
—Bueno…, quizá una sorpresa como esa —hizo un gesto breve hacia Viviane, en una referencia no muy sutil a su glorioso regreso—, sea incluso más pequeña que nuestra pequeña Alice creando… una dimensión dentro de su propia alma.
Hubo un segundo de silencio absoluto.
Vergil, con los ojos entrecerrados, se levantó lentamente de su silla como un depredador que hubiera oído algo… inaceptable. El ambiente se volvió pesado, y su voz sonó grave, contenida, pero afilada como una hoja envainada:
—¿Qué coño quieres decir con que ha creado una dimensión?
Morgana esbozó una sonrisita nerviosa y se rascó la nuca. —Bueno…, a veces subestimamos a un genio. Y cuando eso pasa, pues…, pueden ocurrir cosas como esta.
—Eso no ha sido una explicación —replicó Sapphire desde el sofá, con un tono ligeramente impaciente. Sus ojos entrecerrados lo dejaban claro: ya estaba harta de medias palabras y sutilezas.
Morgana puso los ojos en blanco, le lanzó a Excalibur a Vergil sin darle importancia —quien la atrapó con solo dos dedos— y se cruzó de brazos, ahora seria.
—Mirad, he intentado entenderlo. Lo juro. Pero ni siquiera Seris, la Reina de las Brujas, pudo descifrar el lenguaje mágico que esa chica está usando. Ni siquiera ella. Es como si la magia… se estuviera creando en tiempo real. Y peor: con una estructura que no pertenece a ninguna de las escuelas de magia conocidas.
Ada tragó saliva. Katharina apagó el televisor.
Stella, que todavía sostenía un plato de tarta, miró por encima del borde de su taza con expresión preocupada. —¿Podría esto… hacerle daño de alguna manera?
Morgana dudó un breve instante.
—Ese no es el problema… —respondió ella, con el semblante ensombrecido—. El verdadero peligro… es quién podría querer hacerle daño.
La sala volvió a quedar en silencio.
Raphaeline, que mordisqueaba distraídamente un trozo de tostada, se detuvo a medio bocado.
—¿Alguien se ha dado cuenta de lo que ha hecho?
—Es difícil de decir —respondió Morgana, ahora más contenida—. La dimensión aún es inestable. Aislada. Pero si alguien se da cuenta de lo que Alice está creando, o peor…, de en qué puede convertirse con ello…
Viviane frunció el ceño y dejó su plato a un lado.
—Se convierte en un objetivo.
Morgana asintió. —Un objetivo digno de codicia, miedo… o eliminación.
Vergil se cruzó de brazos, con su espada ahora apoyada en el suelo como un pilar de plata.
—¿Está sola?
—No, mi madre ha decidido que se quedará con ella la mayor parte del tiempo —dijo Morgana—. Ha asignado a varias brujas para que permanezcan cerca y lancen diversos hechizos de localización y bienestar. Lo que significa que no será un blanco tan fácil…, pero también significa que cualquiera que intente tocarla probablemente sea de Nivel Divino.
—Eso es aún peor —comentó Sapphire en voz baja—. Pero creo que es complicado que alguien quiera vérselas con la Reina de las Brujas, así que por ahora creo que todo está bien.
Morgana asintió con seriedad, volviendo finalmente a un tono más sobrio.
—Sí, es prácticamente imposible que alguien detecte la dimensión que Alice ha creado. Es móvil, no está ligada a un plano fijo; está anclada directamente a su alma. En otras palabras… —giró su dedo índice en círculos en el aire, como si intentara ilustrar la idea—, es irrastreable. A menos, claro, que algún dios del Espacio esté buscando específicamente ese tipo de anomalía.
Hizo una pausa dramática.
—Pero Seris descartó esa posibilidad. Ella misma no puede sentir nada, y si ni siquiera ella puede…, entonces el resto del panteón tiene una posibilidad casi nula.
Vergil, de pie con la mano apoyada en la empuñadura de Excalibur, enarcó una ceja.
—Entonces, ¿por qué, exactamente, estás aquí dándome esta noticia? Si ya se han tomado precauciones y su seguridad está prácticamente garantizada…, ¿qué quieres?
Morgana se cruzó de brazos, suspirando teatralmente como si hubiera estado esperando esa pregunta.
—Porque Seris quiere hablar contigo.
La frase quedó suspendida en el aire por un momento, como una gota a punto de caer de una rama.
—Me ha enviado personalmente para llamarte —añadió Morgana, señalándose a sí misma con el pulgar.
Vergil entrecerró los ojos. —¿Sabes de qué se trata?
—No tengo ni idea. —Morgana se encogió de hombros—. Solo soy la mensajera.
Y entonces, como si estuviera en el escenario de un musical, le guiñó un ojo descaradamente, y en el proceso, sus monumentales pechos se movieron como dos entidades independientes, rebotando bajo el provocativo top que llevaba. La gravedad pareció detenerse para admirar el espectáculo.
Ada escupió un sorbo del té que estaba bebiendo.
—¡JODIDAS TETAZAS! —gritó, limpiándose la boca con la manga.
—Vaya, es como un terremoto a cámara lenta —comentó Raphaeline, con la boca abierta.
Katharina levantó lentamente la vista del televisor, con los ojos entrecerrados como dos cuchillos afilados.
—Si coqueteas con mi marido —dijo con calma, con una fina sonrisa llena de promesas de violencia—, te cortaré esos pechos y los usaré de almohada.
—¡Huy! —dijo Morgana, riendo—. Es broma, cálmate, celosita.
Roxanne no perdió el tiempo. —Nada de bromas. Esos pechos son como un pudin blando; sin sujeción, solo se mantienen en su sitio con un sujetador de hierro encantado.
—Solo estás celosa, Rox —replicó Morgana con una sonrisa venenosa—. Solo porque los tuyos están en la categoría de «medio reconfortante» y los míos en la de «destrucción masiva».
Roxanne abrió la boca para replicar, pero Stella, que había vuelto a comer tarta en silencio, levantó un dedo.
—Solo quería decir que estamos debatiendo sobre pechos mientras una chica ha creado un universo dentro de su propia alma.
—Exacto —dijo Sapphire, todavía sentada como una reina despechada en el sofá—. Prioridades.
Vergil respiró hondo, ignorando el debate sobre curvas explosivas y escotes sobrenaturales, y se acercó a Morgana.
—Bueno…, ya que la Reina de las Brujas quiere hablar conmigo…, pues… debe de haber una razón seria. ¿Dijo algo más?
—¿Aparte de mandar besos y decir que te ves mejor con el pelo blanco otra vez? —preguntó Morgana, sonriendo con picardía, como si fuera más un mensaje suyo que de la Reina—. No. Solo dijo que necesita hablar contigo directamente. Y que es urgente.
—Genial —murmuró—. Otra reunión con alguien muy superior a mí…
Viviane, aún sentada junto a Sapphire, enarcó una ceja. —No suele llamar a nadie de esa manera. ¿Quieres que te acompañe, amor?
Vergil rio entre dientes y se pasó los dedos por el pelo.
—No…, no lo creo. Será mejor que averigüe qué quiere y vuelva rápido. Quiero tomarme unas vacaciones. Y necesito hablar con mi madre.
Ada se recostó en el sofá con un bufido. —Espero que la próxima persona que entre por esa puerta no sea ella, porque, sinceramente…, solo causa problemas. Ya sospecho que es ella la que está causando todos los líos.
—Ve al spa —dijo Sapphire con fastidio, incapaz de soportar estas conversaciones tontas.
—Ya va a un spa demoníaco todos los martes —comentó Katharina—. No intentes usar eso como excusa.
Roxanne se tumbó sobre Stella, con la cabeza en su regazo. —¿Es posible convencer a Alice para que cree una dimensión solo con caramelos y almohadas?
—Si puede crear una dimensión del alma, los caramelos y las almohadas deberían ser lo de menos —respondió Stella con una leve sonrisa.
Morgana caminó hasta la esquina de la sala y cogió una manzana encantada del frutero mágico, de esos que nunca se agotaban, sino que siempre ofrecían la fruta más hermosa del día. Le dio un gran mordisco y habló con la boca llena:
—De todos modos, es bueno que la vigiléis. La energía de Alice es caótica y creativa. Si sigue creciendo así, puede convertirse en algo nuevo. Algo que quizá ni ella misma entienda.
Viviane apoyó la barbilla en la palma de su mano. —Estará protegida.
—Si no, provocaré un caos aún mayor que este incidente de Walpurgis —añadió Vergil con la mirada firme.
El silencio volvió a caer, esta vez con un tono más suave: una especie de respeto colectivo por el peso de la responsabilidad que todos allí compartían.
Morgana terminó su manzana, se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a Vergil de nuevo.
—Entonces, ¿nos vamos? Seris no es precisamente paciente.
Vergil se alejó del grupo, no sin antes echar un último vistazo al cómico caos de la sala: Roxanne y Stella intercambiando besos discretos, Ada quejándose de los pechos de Morgana, Katharina sosteniendo una daga disfrazada de palillo, Sapphire con cara de querer ya otra copa de vino.
—Volveré pronto —dijo, levantando a Excalibur y guardándola en su dimensión espacial personal con un gesto sutil.
Viviane sonrió. —Buena suerte con Seris. Y… si intenta seducirte, dile que eres mío.
—Ni siquiera una Reina puede alejarme de ti —respondió él con calma, antes de desaparecer en un portal escarlata abierto por Morgana.
En cuanto el portal se cerró, el silencio reinó durante medio segundo. Roxanne rompió el momento con un suspiro teatral, sus ojos azules brillando con picardía. Se levantó lentamente, estirando los brazos como una gata que se prepara para atacar.
—Vale. Ahora que el marido se ha ido…, ¿quién va a atacar a Viviane primero? —Su voz era dulce, pero tenía un filo cortante—. Porque definitivamente no estoy satisfecha con esa pequeña muestra de afecto público.
Viviane enarcó una ceja, todavía sentada, elegante e imperturbable. Una sonrisa peligrosa jugueteaba en sus labios.
Sapphire fue la primera en moverse: la copa de vino desapareció con un chasquido seco mientras invocaba una lanza de puro escarlata, hecha de energía condensada y furia reprimida.
—Será un placer empalarte.
Una por una, las demás se levantaron: Katharina desenvainó sus dagas como si hubiera estado esperando esto todo el día; Ada ya tenía una bola de fuego en las manos; Stella y Raphaeline se alzaron en perfecta sincronía, canalizando magia elemental con la precisión de una coreografía ensayada.
El aire crepitó.
Viviane se puso de pie con calma, alisándose la falda como si fuera a cenar, no a un enfrentamiento con seis mujeres extremadamente poderosas.
—Ah…, no sabéis cuánto he estado esperando este momento.
Su aura explotó, llenando la sala con una marea azul, fría y cortante. Las paredes temblaron. Una ráfaga de energía invisible extinguió todas las velas de la habitación. Su sonrisa se ensanchó: ya no era gentil, sino depredadora.
De su frente emergieron dos cuernos de cristal azul como coronas de hielo viviente. Su pelo flotaba, impulsado por la presión mágica a su alrededor.
En su mano derecha se materializó una Odachi translúcida, hecha completamente de agua en constante movimiento: girando, cantando, vibrando con la furia del océano contenido.
—Lo siento… —dijo Viviane, con la voz rebosante de arrogancia y placer reprimido—. Pero ya no voy a contenerme más.
Alzó la espada con un movimiento sutil. La hoja respondió con un rugido grave, como una marea a punto de engullir una ciudad.
—Ahora que somos iguales… —Sonrió aún más, con los ojos brillando como zafiros bañados en truenos.
—Ya no estoy limitada.
El suelo se resquebrajó bajo sus pies. El primer paso fue dado.
Y entonces… comenzó el caos.
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