Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 450

  1. Inicio
  2. Mis Esposas son Hermosas Demonias
  3. Capítulo 450 - Capítulo 450: ¿Telarañas? ¡Qué divertido
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 450: ¿Telarañas? ¡Qué divertido

Las hojas susurraban con el toque de la brisa mágica y las ramas secas crujían bajo el peso de unos pasos silenciosos. Vergil caminaba como si estuviera cruzando un campo abierto en una mañana de primavera, no un bosque maldito conocido por devorar hasta la esperanza de los vivos.

Su abrigo se mecía con suavidad en el viento, y él silbaba una melodía antigua; quizá una canción infernal olvidada, quizá solo una provocación llevada por el instinto. El sonido resonaba entre los árboles como una ofensa lanzada al silencio ancestral.

—¿Quieres parar de una vez? —siseó Zuri, enroscada en su cuello, con su voz delgada pero cargada de tensión. La pequeña serpiente esmeralda se apretó un poco más, incómoda—. Estás, literalmente, atrayendo la atención hacia nosotros.

Vergil siguió caminando, con las manos en los bolsillos y la mirada tranquila. Una sonrisa curvó la comisura de su boca como si le divirtiera la tensión a su alrededor.

—Eso es exactamente lo que quiero —replicó con ligereza, sin siquiera mirarla—. Esperar… es inútil. Si hay algo que valga la pena en este bosque, me encontrará. Es mejor provocar que dar vueltas en círculos como un ratón.

—Sí, claro —replicó Zuri, con su cola azotando el aire con levedad—, porque provocar a fuerzas corruptas que deforman la naturaleza siempre es una gran idea. En serio, a veces me pregunto de quién sacaste esa personalidad. No veo nada de eso en Sepphirothy.

Vergil solo se rio, con el sonido grave y profundo vibrando en su pecho. Sus pasos lo llevaron entre raíces nudosas y tramos de bosque donde la luz era casi inexistente. La vegetación parecía… observar. Los viejos árboles se inclinaban como si se susurraran secretos. Nada se movía, pero todo parecía demasiado vivo.

—¿Tienes miedo, Zuri? —preguntó él, arqueando una ceja, sin dejar de silbar suavemente.

—Tengo instinto de supervivencia —gruñó ella—, algo que tú claramente perdiste entre tu arrogancia y tu molesto aburrimiento existencial.

Vergil volvió a reír. Pero detrás de la sonrisa y la calma deliberada, sus sentidos estaban bien abiertos. Podía sentirlo. Las pulsaciones del suelo, los sonidos del silencio, las presencias ocultas. Y, por encima de todo…, a ella.

No miró. No lo demostró. Pero lo sabía.

—Titania… —murmuró de forma casi inaudible, solo para sí mismo.

Estaba allí. Acercándose con la delicadeza de una sombra sobre el agua. El disfraz era bueno —los pasos casi imperceptibles, la energía cuidadosamente amortiguada—, pero Vergil era el nieto del mismísimo rey del disimulo. Nada escapaba a su percepción cuando decidía prestar atención.

Estaba a poco más de un kilómetro, saltando de rama en rama, escabulléndose entre los árboles como un reflejo. Camuflada por las hojas rojas, flotando en un patrón de zigzag, siguiendo su avance.

Él siguió caminando como si no lo supiera. Pero su sonrisa se ensanchó.

—Aún nos sigue, ¿verdad? —preguntó Zuri, al percatarse de su repentino cambio de humor.

—A un kilómetro y veintitrés metros —replicó Vergil como si diera el parte meteorológico—. Escondida entre las secuoyas muertas. Se cree muy lista.

Zuri suspiró. —¿Y vas a fingir que no lo sabes?

—Por ahora.

Apartó una rama que parecía palpitar, como si tuviera carne bajo la corteza. El bosque circundante comenzó a distorsionarse. Troncos en ángulos imposibles. Hongos que se movían ligeramente, como si respiraran. Enredaderas que se susurraban unas a otras con voces demasiado bajas para ser escuchadas.

Vergil lo ignoró todo, como si paseara por un jardín exótico.

—Sabes que va a intentar detenerte, ¿verdad? —murmuró Zuri—. No confía en ti. Te odia. Y es endemoniadamente poderosa.

—No detendrá nada —dijo Vergil con confianza—. Quiere salir de aquí. Igual que yo. Solo que ella aún no sabe cómo…

Alzó la mano derecha y trazó un pequeño círculo en el aire. Una chispa negra apareció en el centro y se deshizo en partículas carmesí. Era una invitación. Una señal. Un mensaje claro para lo que fuera que estuviese observando: «Estoy aquí. Y no temo a nada que respire sobre este suelo».

A lo lejos, entre las sombras, los ojos de Titania se entrecerraron.

Vio el gesto. Y apretó los dientes.

Vergil sonrió de nuevo. —Siéntete libre de aparecer, Su Majestad…, pero solo si vienes sin montar una rabieta.

Zuri giró la cabeza ligeramente, intentando captar más señales.

—Se acerca algo más grande…, desde la dirección opuesta. Lento. Pero fuerte. —Y luego añadió, un poco más vacilante—: No es como ella…

—Lo sé. —Vergil se detuvo un momento y miró a su alrededor—. Este bosque tiene más de un secreto. Y hoy… voy a descubrirlos todos.

Entonces comenzó a silbar de nuevo. La misma melodía, ahora un poco más bajo, pero aún distinguible.

Titania apretó los puños al oír el sonido.

Ese maldito silbido… era como una llamada.

Y odiaba cómo su cuerpo respondía a él.

Los pasos de Vergil se ralentizaron cuando el olor en el aire cambió. El aroma húmedo y pútrido del bosque dio paso a algo más seco… más antiguo. Como polvo ancestral mezclado con óxido y piel muerta.

Zuri, aún enroscada en su cuello, dejó de menear la cola. Sus ojos dorados se entrecerraron.

—Vergil… detente.

Se detuvo. No por miedo, sino por respeto a la voz de advertencia de Zuri. Él también lo sintió. Un sutil escalofrío, no de frío, sino de anticipación. La vegetación más adelante se volvió más opaca. Los colores se desvanecieron como una pintura antigua, y el verde de las hojas había desaparecido, reemplazado por ramas secas y retorcidas.

—¿Algo cerca? —preguntó, conociendo ya la respuesta.

Zuri asintió con lentitud, sus ojos escudriñando el entorno. —No solo una cosa. Varias. Y grandes. Están inmóviles…, pero no muertas.

Vergil apartó unas hojas secas y entonces lo vio.

El bosque frente a él parecía haber sido engullido por una tormenta de nieve hecha de seda. Troncos de árboles enteros estaban envueltos en gruesas telarañas. Las ramas parecían brazos extendidos, cada una envuelta como si algo las hubiera momificado. Hilos de telaraña colgaban como campanas enfermizas, meciéndose con el viento con un crujido casi musical. Era como entrar en otro mundo: un santuario silencioso de cazadores ocultos.

Vergil dejó escapar un silbido, esta vez corto, de admiración. —Qué lugar tan hermoso…

Zuri no compartía el mismo entusiasmo. —Es un terreno de caza. Un territorio marcado. Esto de aquí… esto de aquí es un nido entero.

—¿Qué probabilidades hay de que haya una reina cerca? —preguntó Vergil con una sonrisa entusiasta, casi como un niño que entra en un laboratorio prohibido.

Zuri cerró los ojos un segundo. —Todas —dijo con amargura—. Absolutamente todas.

Vergil dio dos pasos hacia adelante y frotó sus dedos contra una de las telarañas. El hilo era tan grueso como un dedo humano y tan fuerte como la maroma de un barco. Tiró de él con suavidad, y la vibración recorrió la red adentrándose en el bosque como una llamada.

—Ah, esto va a ser divertido —murmuró.

—Estás enfermo —siseó Zuri, aferrándose al cuello de él como si eso fuera a protegerla—. Nadie en su sano juicio querría saber qué teje telarañas como estas.

Vergil alzó la vista. Las copas de los árboles estaban completamente cubiertas por una espiral traslúcida de hilos, creando una especie de techo resplandeciente. Pequeños caparazones de insectos —o quizá de animales pequeños— colgaban entre los hilos. Como ofrendas. O trofeos.

—Quizá… —dijo, sonriendo con una diversión macabra—, estoy a punto de conocer a una nueva raza.

El territorio era vasto.

Vergil había caminado menos de treinta metros desde que cruzó los primeros hilos de seda y ya parecía estar completamente rodeado por aquella catedral de telarañas. Era como caminar dentro de una burbuja suspendida: el mundo entero parecía haber sido envuelto por una membrana viscosa de hilos blancos, gruesos como tentáculos momificados.

Las ramas de arriba formaban un techo cerrado que distorsionaba incluso la luz. Ni un solo sonido de pájaros. Nada de viento. Ni siquiera su silbido escapaba correctamente; la telaraña parecía absorber el sonido como una tumba hambrienta.

—Vaya —masculló Vergil con sarcasmo—. Es más sofocante que una cena familiar.

Zuri, todavía enroscada en su cuello, entrecerró los ojos. —Es literalmente sofocante, idiota. Esto es una trampa a escala ecológica. Deberías estar más preocupado por…

Vergil la ignoró por completo y se detuvo frente a una gruesa pared de hilos entrelazados. Chasqueó los dedos. Una pequeña llama apareció en su palma, parpadeando con un calor infernal, y tomó forma, arremolinándose como si tuviera vida propia. En segundos, había creado una rudimentaria lanza llameante, con sus llamas danzando en espirales negras y anaranjadas.

—Ah, otra vez con esto… —resopló Zuri, poniendo los ojos en blanco—. ¿Vas a clavar eso en el bosque ahora? ¿No puedes, no sé, esperar a ver si las arañas son diplomáticas?

Vergil blandió la lanza llameante y empezó a cortar la telaraña con una facilidad humillante. El olor a seda quemada se extendió, denso, mezclado con un ligero hedor a carne vieja.

—Zuri —respondió él, sonriendo con falsa paciencia—, si un monstruo de telarañas es diplomático, te juro que lo invitaré a tomar el té.

—Apuesto a que tu definición de té incluye fuego griego y amenazas existenciales.

—Exacto.

Continuó abriéndose paso, quemando los hilos con cuidado, atento a los movimientos de su entorno, pero aún con la misma calma de quien pasea por un mercado callejero.

Fue entonces cuando ocurrió.

Zuri, que hasta entonces había estado visiblemente nerviosa, de repente soltó un confuso «¿Eh?».

Una cosita —blanca, peluda, con ojos negros y redondos— trepaba lentamente por la bota de Vergil. Tenía ocho patas delicadas y era del tamaño de un libro grueso, como una edición de coleccionista de El Señor de los Anillos con tapa dura.

—Mira —dijo Zuri con un ligero encanto en la voz—, es un cachorrito. En realidad es bastante mona…

¡CRAC!

El sonido fue seco. La bota de Vergil descendió con la facilidad de quien aplasta una uva.

La araña se convirtió en una masa informe de baba y patas retorcidas, salpicando a un lado un líquido blanco y maloliente. Zuri se quedó helada un segundo, con la boca abierta, mirando alternativamente el pringue y a Vergil.

—¡¿VERGIL?!

—Instinto —replicó él con la misma expresión de quien ha matado una cucaracha en la cocina—. Estaba en mi pierna. No tengo control sobre esa parte de mi cerebro.

—¡NO TE ESTABA ATACANDO!

—Era una araña. En un bosque de telarañas. En un lugar que apesta a muerte. Ni siquiera pensé, solo lo hice.

Zuri chasqueó la lengua. —¿Tienes el carisma de un misil, lo sabes?

Vergil solo se encogió de hombros, apartando más telarañas con su lanza llameante. —Se me acercó. ¿Nunca has visto a una cucaracha queriendo afecto?

—¡Era una cría!

—Pues que venga la madre y me demande.

Zuri masculló algo sobre «tomar malas decisiones de pareja y espero que no aplastes serpientitas» y se enroscó con más fuerza alrededor de su cuello como si se preparara para la tormenta que se avecinaba. Vergil simplemente siguió adelante, despreocupado, dejando atrás el cadáver pegajoso de la cría.

Y el universo, como siempre, respondió.

El silencio se volvió… más denso.

El aire se enfrió y el olor volvió a cambiar. De carne vieja a algo más ácido, como veneno evaporándose con el calor.

Zuri dejó de quejarse.

—¿Qué pasa? —preguntó Vergil, mirando por el rabillo del ojo.

—¿No lo has sentido? —susurró ella, con los ojos entornados—. Algo… ha despertado.

Vergil sonrió. —Ahí está la madre.

—¡¿ESTÁS SONRIENDO?!

—Por supuesto. ¿No querías diplomacia? A ver si habla el idioma común.

—¡Si habla, será en «muerte lenta con veneno en los ojos»!

Un sonido recorrió el suelo como una vibración grave, como si un tambor enorme hubiera sonado bajo tierra. En algún momento, algo agitó los árboles. Las telarañas empezaron a mecerse sin que hubiera viento. Pedazos de viejos capullos cayeron de las ramas como fruta podrida. Y en la sombra… algo brilló.

Ojos. Muchos.

—¿Cuántas patas crees que tiene? —preguntó Vergil con indiferencia, preparando su lanza llameante.

—Seguro que más patas que paciencia tengo yo contigo —replicó Zuri, temblando—. Le aplastaste a su cría. En un bosque de telarañas. ¡¿Sabes lo que eso significa?!

—Significa —dijo Vergil con una sonrisa siniestra—, que ahora es algo personal.

Zuri se atragantó. —De verdad que estás enfermo…

Pero ni siquiera ella pudo evitar un ligero brillo en sus ojos. A pesar del peligro, había algo… emocionante. La emoción de lo desconocido. El sonido creciente de algo colosal que se acercaba, los hilos meciéndose como si tuvieran vida propia. Una cacería estaba a punto de comenzar.

Y Vergil, como siempre, estaba listo.

Con la lanza llameante girando en su mano, adoptó su posición. Los pasos de la criatura —o criaturas— se acercaban. El suelo tembló. Y por primera vez desde que habían puesto un pie en aquel bosque corrupto, había una verdadera sensación de urgencia en el aire.

—Venga, pues —dijo hacia la oscuridad, con una sonrisa despiadada—. A ver si tu telaraña es lo bastante fuerte para contener al Infierno.

Y entonces… el primer hilo se partió con un chasquido.

Algo gigantesco se movía entre los árboles.

Zuri cerró los ojos.

—Odio mi vida.

Vergil, por supuesto, se estaba riendo.

El chasquido del hilo se convirtió en un crujido profundo, como si se abriera una puerta al mismísimo Infierno. Los árboles de delante se doblaron como si algo inmenso pasara entre ellos, abriéndose paso con un pesado arrastre que sacudía el suelo.

Zuri metió el hocico bajo el cuello de Vergil, intentando esconderse. —Avísame cuando sea seguro. O cuando mueras. Lo que ocurra primero.

—Relájate —dijo él, haciendo girar la lanza entre los dedos con la confianza de un loco—. Solo es una madre protectora. Apuesto a que quiere hablar.

Más telarañas se rompieron con chasquidos como latigazos. Una pata grotesca, cubierta de placas negras como la obsidiana y erizada de pelos como agujas, emergió de la oscuridad. Tenía el diámetro de un árbol maduro. Pronto apareció otra, y luego otra más; ocho en total, cada una moviéndose con precisión letal y una elegancia monstruosa.

Entonces apareció ella.

La araña gigante, madre de la cría aplastada, emergió de la sombra con ojos llameantes y mandíbulas que espumeaban un líquido brillante que derretía las hojas bajo ella. Su cuerpo era inmenso, del tamaño de una casa de dos pisos, y estaba cubierto de viejas cicatrices. En su espalda, docenas de huevos relucientes pulsaban como corazones enfermos.

Los ojos de Zuri se abrieron como platos. —¡Lleva una mochila llena de crías! ¡Mataste a una y ahora va a escupirte ácido en los ojos hasta que seas sopa!

Vergil solo soltó un silbido grave. —Bonita dama. Me imagino que estás… molesta.

La criatura se agazapó, bajando su cuerpo hasta el suelo. Sus colmillos temblaban, goteando un hilo viscoso de veneno que se evaporaba en el aire. Sus ojos —muchos, muchísimos ojos— se fijaron en Vergil con un odio ancestral.

Vergil alzó su lanza.

—Le daré una oportunidad a la diplomacia —dijo, carraspeando—. Oh, poderosa y amorosa madre de las arañas, cuyo hijo fue pisoteado por error… bienvenida a mi presencia. Me gustaría…

¡¡SPLAASH!!

Un chorro de veneno fue escupido directamente hacia él.

Vergil giró hacia un lado, usando su lanza como apoyo y lanzándose al suelo para rodar lejos del impacto. El veneno golpeó un árbol, disolviéndolo al instante en un chillido burbujeante.

—¡Negociadora dura! —gritó él, riendo.

Zuri, aún aferrada a su cuello, ahora prácticamente temblaba. —¡Quiere arrancarte el alma por la boca!

—Entonces tendrá que acercarse.

La araña avanzó.

Fue como ver una pesadilla cobrar vida: cada paso se hundía en el suelo, aplastando raíces y haciendo crujir todo el bosque. Vergil corrió, no para escapar, sino para atraer a la criatura a un claro cercano. Quería espacio para moverse, para danzar, para luchar.

—¿Tienes un plan? —preguntó Zuri, intentando seguir con la mirada su salto de árbol en árbol.

—Por supuesto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo