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Mis Esposas son Hermosas Demonias - Capítulo 540

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Capítulo 540: ¿Y quieres que sienta lástima?

Vergil permaneció inmóvil, observándola fijamente. Sus palabras sonaban como si cada sílaba hubiera sido elegida para atravesar y seducir al mismo tiempo.

—Tu bosque personal… —repitió en un tono bajo, casi burlón—. ¿Así que todo ese espectáculo fue solo para atraerme aquí?

Qliphoth volvió a alzar la copa, haciendo girar el líquido rojo con movimientos perezosos. El sonido viscoso resonó como un susurro ahogado.

—¿Espectáculo? —sonrió, dejando ver unos dientes demasiado blancos, demasiado hermosos—. Yo diría que fue entretenimiento. Es raro ver a mortales e inmortales sangrar con tanto fervor dentro de mí. La mayoría solo se retuercen y mueren rápido. Tú, en cambio… a ti te gusta bailar al filo de la hoja.

Vergil se reclinó en su silla y se cruzó de brazos. Su sonrisa regresó, fría y ladeada.

—Y a ti te gusta observar.

—Naturalmente —se encogió de hombros Qliphoth, como si fuera obvio—. Mis raíces se extienden bajo este mundo, Vergil. Veo, siento y oigo más de lo que puedes imaginar. Tu arrogancia, tus deseos, tu hambre… todo ello pulsa como un tambor dentro de mi propio ser.

Vergil arqueó una ceja, fingiendo desinterés. —¿Así que me observas como a una rata de laboratorio?

—¿Rata? —Qliphoth ladeó la cabeza y, por primera vez, la sombra de su sombrero reveló uno de sus ojos. Brillaba con un ámbar incandescente, como oro fundido—. No —dijo en un susurro profundo—. Un lobo. Un lobo que aún no se ha dado cuenta de que su manada nunca fue suya.

Las palabras calaron hondo, pero Vergil no permitió que su rostro delatara nada. Rio secamente.

—¿Y tú qué serías? ¿El bosque? ¿La cazadora?

—Yo soy el mundo que decide si el lobo merece cazar —replicó sin dudar—. La diferencia entre tu hambre y mi existencia es que yo no necesito luchar por el territorio. Yo soy el territorio.

La tensión en el aire creció, como si el bosque circundante se inclinara aún más hacia la isla, respirando con ellos.

Vergil tamborileó con los dedos sobre la mesa, mirándola a los ojos. —Entonces, dejémonos de metáforas. Si me trajiste aquí, no fue para tomar el té.

Qliphoth se inclinó hacia adelante y, por un momento, el velo de su sombrero casi dejó entrever su rostro. La piel roja, los labios carnosos, la mandíbula perfecta: belleza y monstruosidad en una simetría que hería la mente.

—Quizá solo quiero ver cuánto aguantas antes de que te quiebres —dijo en un tono suave y cruel—. Quizá quiero arrancarte esa máscara de valentía y ver qué queda. O quizá… quiero invertir en ti.

Vergil entrecerró los ojos. —¿Invertir?

—Por supuesto —apoyó la barbilla en la mano, sonriendo—. Reyes, dioses, guerreros… todos han venido siempre a mí buscando poder. Todos han prometido mundos, imperios, eternidad. Pero tú… —su voz bajó hasta convertirse en un susurro que parecía acariciarle la piel—, tú no pides. Tomas.

Vergil no respondió. Se limitó a mantener la mirada fija, como si desafiara a la propia entidad a continuar.

Entonces, Qliphoth depositó la copa. El sonido metálico contra la mesa resonó como una campana y, en ese instante, los árboles circundantes temblaron, el lago de sangre burbujeó y unas raíces se alzaron en el horizonte como serpientes gigantescas.

—He sentido curiosidad desde el momento en que entraste en mi bosque —dijo, y su tono pasó de la broma a la sentencia—. Quería ver si el heredero de ese estúpido dios no era en realidad más que un muchacho arrogante.

Vergil gruñó por lo bajo. —Sigue llamándome así y descubrirás lo que soy en realidad. No soy heredero de nadie, solo soy yo. No hablo en nombre de Lucifer y él nunca ha hecho nada por mí. ¿Y qué demonios es eso de llamarlo el Dios Demonio? Un Dios no muere de forma tan patética.

Ella se rio. Una risa sonora y plena que hizo temblar el bosque entero.

—¡Eso es! —exclamó, dando unas suaves palmadas—. Ese es el espíritu. Esa es la sangre que te hace diferente. Los demás se arrastran. Tú muerdes.

Vergil se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa de metal oscuro. Sus ojos llameaban, reflejando el rojo del lago circundante. Su paciencia se estaba agotando.

—He oído suficientes palabras bonitas —su voz era grave, firme, como el sonido de una hoja al ser desenvainada—. Pero no he venido hasta aquí para escuchar los desvaríos de un Árbol. Quiero una sola cosa: territorio. Quiero este suelo, este dominio, para reclamarlo como mío.

Qliphoth no se movió. Simplemente alzó la copa de nuevo y se la llevó a sus labios pintados de negro. Sorbió el líquido lentamente, como si el tiempo fuera suyo y nada más importara. Cuando terminó, depositó la copa en el platillo con un suave tintineo metálico.

—¿Territorio, eh? —se rio por lo bajo, con un sonido que resonó como el tintineo de unas cadenas—. Eso es fácil de conceder. Solo hay una pega… —sus ojos dorados destellaron bajo la sombra de su sombrero—. Probablemente morirás al intentar tomarlo. Y no solo tú, por cierto. Todos a tu alrededor.

Vergil no se inmutó. Su mirada permaneció firme, fría como el hielo.

Qliphoth apoyó entonces la barbilla en la mano, mirándolo como si analizara a una presa interesante. —Sobre todo porque, ahora mismo, no soy un Árbol del Mundo completamente desarrollado. —Alzó la mano, dejando que diminutas raíces de energía pulsante brotaran de su piel, espirales que se retorcieron y luego desaparecieron—. Estoy en desarrollo. Creciendo. Eso significa que todo a mi alrededor también se vuelve inestable. El territorio que quieres… está vivo. Es hostil.

Vergil la observó en silencio. El sonido del burbujeante lago de sangre llenaba el espacio, y el olor ferroso pareció intensificarse. Finalmente, entrecerró los ojos.

—Entonces, ¿para qué demonios estoy aquí? —preguntó, con la voz tan seca como una hoja de acero contra la piedra.

Qliphoth se reclinó, cruzando las piernas con la elegancia de quien sabe cuánto abruma su presencia a los sentidos. Volvió a coger la copa, jugando con el líquido rojo antes de responder.

—Para satisfacer mi curiosidad —dijo, como si fuera lo más obvio del mundo—. Solo quería conocerte. Entender las profundidades de la boca que muerde, no solo los dientes relucientes. El territorio está ahí, Vergil. Ya lo pisas. Ya lo sientes. —Gesticuló levemente hacia las raíces que se retorcían en la distancia—. Pero no puedo marcharme de aquí. No ahora. Todavía no.

Vergil entrecerró los ojos. —¿Estás atrapada?

Su sonrisa no cambió, pero su voz perdió parte de su chispa juguetona. Se tornó más dura, más antigua.

—Dices que estoy atrapada… ¿pero alguna vez te has preguntado por qué elegí este lugar?

Vergil volvió a reclinarse, cruzándose de brazos. —Entonces, dime. ¿Por qué te asentaste en este territorio? ¿Por qué este lugar, específicamente, se convirtió en la llamada Bóveda de Lucifer?

Por un instante, el aire pareció congelarse. El bosque circundante dejó de moverse, como si hubiera contenido la respiración. El lago dejó de burbujear.

Qliphoth hizo girar la copa lentamente y, cuando respondió, no había rastro de emoción en su voz. Solo el peso de lo inevitable.

—¿Acaso una semilla elige dónde va a florecer? —preguntó con frialdad—. Yo no elegí. Nací aquí.

Vergil permaneció en silencio.

—Ese hombre asqueroso… —sus dientes rechinaron, y por un momento el calor en el aire pareció aumentar—, fue quien dio forma a estas cosas espantosas que rodean mi dominio. Criaturas deformes, trampas, sellos. Estuve atrapada desde el principio, incapaz de expandir mi verdadera esencia.

Alzó la vista hacia él, y por primera vez la sombra de su sombrero no logró ocultar la furia de sus ojos dorados.

—Pero en aquel entonces, yo apenas había nacido. No tenía fuerzas para discutir. A diferencia de él —escupió la palabra como veneno—. Lucifer. El gran «Dios Demonio». Él ya estaba listo para ir a la guerra con el Dios de arriba, mientras que yo… yo apenas podía mantener mis raíces firmes en este miserable suelo.

Vergil apretó la mandíbula. El nombre pesaba, pero no lo sacudió como antes. Ya había decidido que no heredaría nada de aquel título, de aquel pasado.

—Así que este lugar —dijo lentamente—, no es más que una prisión creada por Lucifer para contenerte.

—Prisión, bóveda, llámalo como quieras —replicó Qliphoth, volviendo a su té como si nada—. Al final, el resultado es el mismo: un dominio rodeado de oscuridad artificial. La jaula donde crecí, alimentando mi odio.

Vergil tamborileó con los dedos sobre la mesa. —¿Y quieres que sienta lástima?

Qliphoth lo miró… —¿L-lástima?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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