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Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 60

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Capítulo 60: Capítulo 60 El juicio de la traición

Tribu de la Pantera Negra

El ambiente en la entrada de la aldea era tenso.

Kael’thar avanzaba junto a los otros hombres bestia, su expresión seria y su mirada fija al frente. Su cuerpo irradiaba una presión silenciosa que hacía que nadie se atreviera a hablar.

Entonces—

Un hombre bestia pantera se arrodilló frente a él.

—Kael’thar… —su voz temblaba—. ¿Por qué mi hija Karessa está detenida?

Kael’thar se detuvo.

Frunció el ceño.

Había olvidado momentáneamente ese asunto.

Karel.

Su maestro.

Y padre de Karessa.

Kael’thar cerró los ojos un segundo, conteniendo lo que sentía.

—Denme un momento —dijo sin mirar a nadie.

No esperó respuesta.

Simplemente se alejó, indicando a Karel que lo siguiera.

Karel se levantó rápidamente y fue tras él.

Detrás, Vael, Eldric y Kaelis observaron la escena en silencio.

—Deberíamos irnos ya —dijo Kaelis, claramente impaciente—. Cada momento que perdemos, Merea puede estar en peligro.

Eldric cruzó los brazos con calma.

—Es posible… pero estamos en tierra desconocida.

Miró a Vael.

—Además, la marca de pareja de Vael está estable. No hay señales de peligro inmediato.

Vael no dijo nada.

Pero su mirada estaba tensa.

—Eldric tiene razón —añadió—. Si partimos sin Kael’thar, probablemente tardaremos más en encontrarla.

Kaelis apretó los dientes.

—Entonces… solo esperaremos.

Se llevó la mano al cabello, sujetándolo con brusquedad.

La frustración era evidente.

Mientras tanto…

Kael’thar caminó hasta una zona apartada de la aldea.

Se detuvo.

—No tengo tiempo que perder, Karel.

Su voz era fría.

Directa.

Karel se tensó.

—Eres mi maestro y te respeto… pero lo que Karessa hizo no se lo perdonaré. Ni aunque me entregues tu vida.

El rostro de Karel palideció por completo.

—Kael’thar… ¿qué hizo Karessa? Yo juro que ella—

—No digas más.

La voz de Kael’thar cortó sus palabras.

—No son acusaciones sin fundamento.

Lo miró directamente.

—Tu hija entregó a mi pareja a un errante.

El silencio cayó como una losa.

—…por celos.

Karel no respondió.

Porque sabía.

Sabía perfectamente que Karessa era capaz de algo así.

La obsesión que tenía por Kael’thar… no era un secreto.

Pero aun así—

—Kael’thar…

Se arrodilló.

—Déjala ir. Me la llevaré lejos. Te juro que nunca volverá a aparecer frente a ti.

Su voz estaba quebrada.

—No volverá a perturbar tu vida.

Kael’thar lo observó en silencio.

Luego soltó un suspiro.

—No lo haré.

Karel levantó la cabeza, desesperado.

—Si la dejo ir… —continuó Kael’thar— nunca pagará por lo que hizo.

Sus ojos se oscurecieron.

—Tú sabes perfectamente lo que hacen los errantes con las hembras.

Karel apretó los puños.

—Y no solo eso —añadió Kael’thar—. Mi hembra estaba esperando mi cachorro.

El aire se volvió pesado.

—No sé si mi cachorro sigue con vida.

Su voz bajó.

—Y no pienso detenerme a imaginarlo.

El silencio fue absoluto.

—Todo lo que haya pasado… —continuó— fue por los celos y el odio de Karessa.

Lo miró fijamente.

—Si no corto esto de raíz… volverá a suceder.

Su voz fue firme.

—Y no pienso dejar una serpiente dentro de esta tribu.

Karel bajó la cabeza.

—Karessa será juzgada como una traidora —sentenció Kael’thar— bajo las normas de nuestra aldea.

Hizo una pausa.

—Pero por el respeto que te tengo… y por lo que significaste para mi padre y para mí…

Karel levantó la mirada.

—Te permitiré verla.

Kael’thar giró ligeramente la cabeza.

—Rhazek te llevará.

A lo lejos, Rhazek y Solan habían estado escuchando todo.

Ambos entendían perfectamente la situación.

Sabían que Kael’thar era justo.

Pero cuando se trataba de juzgar… nadie podía hacerle cambiar de decisión.

Y menos ahora.

—Kael’thar— intentó decir Karel.

—No intentes convencerme —lo interrumpió.

Karel se quedó en silencio.

Sabía que era inútil.

Se levantó lentamente.

Había aceptado su destino.

Kael’thar caminó de regreso.

Rhazek y Solan se acercaron a él.

—¿Irás con esos hombres? —preguntó Solan.

Kael’thar asintió.

—Iré.

No dudó.

—Merea también es mi hembra.

Su voz fue firme.

—Mi lugar está a su lado.

Apretó ligeramente los puños.

—Mi error fue dejarla sola.

Solan y Rhazek se miraron.

—Dejaré la aldea a tu cargo —continuó Kael’thar, mirando a Rhazek—. Solan será tu mano derecha junto con Thoren.

—Pero… —intentó decir Solan.

—No hay discusión.

Kael’thar lo miró.

—Incluso si todo termina bien… seguiré a su lado.

Su voz bajó un poco.

—Ustedes también lo saben.

Hubo un breve silencio.

—Merea no es una hembra que pueda ser atada a esta aldea.

Sus palabras eran claras.

—Y como su pareja… quiero estar donde ella esté.

Rhazek asintió.

Lo entendía perfectamente.

—Puedes irte tranquilo —dijo, dándole una palmada en el hombro—. Nosotros cuidaremos la aldea.

Kael’thar lo miró.

—Hasta que regreses.

Kael’thar asintió.

Pero en el fondo sabía…

Que tal vez no regresaría de la misma manera.

Rhazek se acercó a Karel.

—Si quieres verla… este es el momento.

Karel asintió.

Su mente estaba en conflicto.

Karessa no era su única hija…

Pero era la hija de su primera pareja.

La que había muerto al dar a luz.

Había sido su mayor tesoro.

Y quizás…

También su mayor error.

Caminaron en silencio.

—No hagas nada estúpido —advirtió Rhazek—. Tu hembra acaba de darte otro cachorro, ¿no?

Karel se tensó.

—No la decepciones.

Karel bajó la mirada.

—Lo sé…

Cuando entraron en la celda, la luz era tenue.

Las antorchas iluminaban apenas el lugar.

En el centro…

Karessa estaba atada a una silla.

Manos.

Piernas.

Su cabeza estaba ligeramente inclinada.

Su mirada…

Vacía.

Karel corrió hacia ella.

—¡Karessa!

La tomó por los hombros.

—Dime que no es verdad.

Su voz temblaba.

—Tú no harías algo así…

Karessa parpadeó lentamente.

—¿Yo…?

Su voz era extraña.

Lejana.

—Dile a tu padre… —murmuró— que nunca le harías eso a la hembra de Kael’thar…

Luego…

Comenzó a hablar.

Palabras incoherentes.

Llenas de odio.

—Ella merece morir… —susurró—. Esa maldita…

Su sonrisa se volvió retorcida.

—Me alegra… lo que hice…

No había arrepentimiento.

Solo satisfacción.

Karel se quedó en silencio.

Toda esperanza desapareció.

Kael’thar tenía razón.

—Rhazek… —dijo con voz baja—. ¿Qué le hicieron?

Rhazek se llevó una mano a la cabeza.

—Parece un tipo de encanto.

Frunció el ceño.

—Pero uno extraño… solo la obliga a decir la verdad.

Su expresión se volvió seria.

—Ese tritón…

Karel cerró los ojos.

—Entiendo…

Se levantó lentamente.

—Es mejor que me vaya.

Rhazek lo observó.

Sabía que Karel ya tenía su respuesta.

Karel caminó sin rumbo.

No sabía cuánto tiempo pasó.

Cuando se dio cuenta…

Estaba frente a una tumba.

La tumba de su primera pareja.

Se arrodilló.

—Lo siento…

Su voz se quebró.

—No supe cómo criarla…

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Fallé…

—Karel…

Una voz lo llamó.

Una hembra se acercó.

Cabello marrón.

Orejas de conejo.

—¿Qué pasó? —preguntó Lia—. Lo que hizo Karessa… debe ser un error.

Karel negó lentamente.

—No…

—Es verdad.

Lia se quedó en silencio.

—Yo… no supe criarla…

Su voz estaba llena de culpa.

Lia lo abrazó.

—No digas eso.

Karel tembló.

—Pero—

—No.

Lia lo miró firmemente.

—Tú diste todo.

Su voz fue suave.

—Esa fue su decisión.

Karel bajó la mirada.

—Pero es mi hija…

—Y también lo son los otros —añadió Lia—.

Hizo una pausa.

—No podemos controlar lo que harán en el futuro.

Karel cerró los ojos.

—A mí también me duele… —dijo Lia—. Pero sabes qué es lo correcto.

Karel finalmente la abrazó.

Y lloró en silencio.

Porque en el fondo…

Sabía que ya había perdido a su hija.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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