Mundo Bestial Las joyas de la Sirena - Capítulo 89
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Capítulo 89: Capítulo 89 El rastro que no queda
El trayecto hacia la tribu del oso no fue silencioso por falta de cosas que decir, sino porque no hacía falta decirlas. Kael’thar avanzaba al frente con un paso firme y constante, sin dudar al elegir el camino, sin detenerse más de lo necesario. No estaba perdido en pensamientos ni actuando por impulso; sabía exactamente lo que estaba haciendo. No buscaba milagros ni rastros imposibles, solo confirmaciones. Cualquier detalle que indicara por dónde había pasado Merea después de desaparecer.
No necesitaba explicarlo para que los demás lo entendieran.
Vael, Kaelis y Eldric lo seguían sin cuestionar su dirección. En tierra firme, Kael’thar tenía la ventaja, y los tres lo sabían. Eso no significaba que no observaran por su cuenta. Cada uno analizaba el entorno a su manera, atentos a cualquier irregularidad, a cualquier señal que pudiera romper la monotonía del paisaje.
Había pasado tiempo.
Y eso jugaba en contra.
Pero no lo suficiente como para detenerlos.
Cuando finalmente llegaron a la tribu del oso, Kael’thar no se detuvo en formalidades. Fue directo, preguntando por Kei en cuanto tuvo a alguien al frente. No elevó la voz ni se mostró agresivo, pero su tono no dejaba espacio para rodeos.
Quien respondió fue la mano derecha del líder. Un hombre de complexión firme, que no se dejó intimidar, pero tampoco los subestimó.
—El líder no se encuentra en la tribu —dijo con calma—. Viajó a la ciudad del zorro por la reunión.
Kael’thar no reaccionó de inmediato. Solo lo observó un segundo más de lo normal. La ciudad del zorro. No le agradaba. Nunca lo había hecho. Demasiadas alianzas disfrazadas de cortesía, demasiadas sonrisas que ocultaban más de lo que mostraban. Pero también sabía lo que ese lugar representaba.
Información.
Conexiones.
Poder.
Ignorarlo no era una opción.
—¿Cuándo partió? —preguntó sin cambiar el tono.
—Hace unos días.
Asintió levemente. No insistió. Kei no estaba allí, y eso cerraba esa línea de búsqueda por ahora. Pero no se iría sin intentar algo más.
Explicó lo justo. Una joven, vista en los alrededores… antes de caer al río. No mencionó más de lo necesario, pero fue suficiente para que el hombre recordara.
—Sí… la recuerdo.
Kael’thar no perdió tiempo.
—Muéstranos.
El hombre se giró y comenzó a guiarlos sin discutir. Salieron de la zona principal de la tribu y descendieron hacia un área más abierta. El sonido del agua apareció primero como un murmullo lejano, pero se volvió más fuerte con cada paso, más presente, hasta llenar el espacio por completo.
El río.
—Aquí fue —indicó el hombre—. Cayó… y la corriente se la llevó.
El silencio se instaló de forma natural.
Kael’thar avanzó hasta la orilla y observó el cauce con atención. No buscaba huellas visibles. Sabía que ya no estarían. Había pasado demasiado tiempo para eso. El río no dejaba recuerdos.
Aun así, no apartó la mirada.
Vael se acercó unos pasos detrás, observando de una forma distinta. Su atención no estaba solo en el entorno. Cerró ligeramente los ojos, intentando percibir algo más profundo, algo que no dependiera de lo visible.
Nada.
Solo el flujo constante del agua.
La conexión no respondía.
La marca no estaba completa. No lo suficiente como para guiarlo a distancia.
Solo funcionaría si ella estuviera cerca.
Y allí… no estaba.
Abrió los ojos sin cambiar su expresión. No dijo nada. No tenía sentido explicarlo.
Kaelis observaba la corriente con un enfoque más práctico.
—Si cayó aquí, la corriente no la dejó cerca.
Eldric, más atrás, analizó la orilla.
—Y si salió… no fue en este punto.
Kael’thar se mantuvo en silencio unos segundos más antes de girarse. No había nada que hacer allí.
Pero el camino no terminaba en ese punto.
Sin necesidad de discutirlo, comenzaron a seguir el curso del río.
El terreno se volvió más irregular. La vegetación cambiaba, las rocas se acumulaban en ciertas zonas, y la corriente variaba en intensidad. Cada uno mantenía su propio enfoque, pero el ritmo no se rompía.
No estaban buscando lo imposible.
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El tiempo siguió avanzando sin ofrecerles nada a cambio. El sonido del río se volvió constante, casi monótono, como si quisiera dejar claro que allí no quedaba nada por descubrir. Aun así, ninguno de los cuatro se detuvo. Habían seguido el curso del agua durante un buen tramo, revisando cada variación del terreno, cada curva donde la corriente disminuía o chocaba con más fuerza contra las rocas. No era una búsqueda desesperada, pero tampoco relajada. Era insistente.
Hasta que Kael’thar se detuvo.
No fue un movimiento brusco, pero sí lo bastante claro como para que los demás lo notaran de inmediato. Su cuerpo se tensó apenas mientras inhalaba con profundidad, una vez, luego otra, como si intentara captar algo en el aire que hasta ese momento se le había escapado. Su mirada no se fijaba en un punto exacto, sino que recorría el entorno con una atención más fina, más exigente.
Pero no encontró nada.
El leve cambio en su expresión fue suficiente para entenderlo. No necesitaba decirlo para que se notara que había llegado a una conclusión.
—Se perdió —dijo finalmente, sin rodeos.
No había frustración en su voz. Tampoco duda. Era una afirmación directa, simple.
Kaelis, que se había detenido a su lado, siguió la línea del río con la mirada antes de responder.
—Era obvio.
No lo dijo con burla, ni con intención de provocar. Era una constatación práctica. Eldric, unos pasos más atrás, cruzó los brazos mientras observaba el terreno con una evaluación más fría.
—Llegamos tarde para rastros directos —añadió—. Aquí ya no queda nada que seguir.
El silencio que se instaló después no fue el mismo de antes. Ya no era solo concentración. Había un matiz distinto, más tenso.
Kaelis volvió a hablar, esta vez girando el rostro hacia Kael’thar.
—Entonces estamos caminando sin dirección. Seguir así no cambia nada.
Kael’thar lo miró de reojo, sin girarse del todo.
—Cambia si encontramos dónde salió.
Kaelis sostuvo la mirada.
—¿Basado en qué?
La pregunta no fue agresiva, pero tampoco suave. Fue directa. Demasiado directa como para ignorarla.
Y suficiente.
Vael, que hasta ese momento había permanecido en silencio, levantó la mirada del río.
—Basado en que no murió —dijo con calma.
No alzó la voz. No lo necesitaba.
Kaelis lo miró de inmediato.
—Eso ya lo sabemos —respondió—. Pero no nos dice dónde está.
El aire entre ellos cambió. No de golpe, pero sí lo bastante como para que la tensión dejara de ser solo implícita.
Vael dio un paso al frente.
—Sí puedo.
No fue una afirmación arrogante. Fue firme. Y eso fue precisamente lo que terminó de romper el equilibrio.
Kaelis no retrocedió.
—Entonces dime dónde está.
El choque fue inmediato.
No hubo aviso, ni preparación evidente. Vael acortó la distancia en un instante, sujetándolo con fuerza y empujándolo hacia atrás con una presión que no dejaba espacio a interpretaciones. Kaelis reaccionó al momento, bloqueando el movimiento y devolviendo el impulso con la misma intensidad. No era una pelea descontrolada, pero tampoco un simple intercambio. Era fuerza contenida liberándose en un punto exacto.
Eldric avanzó un paso.
—Ya basta—
Pero no llegó a intervenir.
Kael’thar se movió antes, colocándose entre ambos con una firmeza que no dejaba margen a continuar.
—Suficiente.
No alzó la voz.
No hizo falta.
Ambos se detuvieron, aunque la tensión no desapareció de inmediato. Se quedó ahí, densa, incómoda, respirando entre los tres.
Fue entonces cuando algo cayó al suelo.
Un sonido leve.
Pequeño, pero suficiente para romper ese momento.
Kael’thar lo notó.
Pero Vael fue más rápido.
Se agachó y tomó la pequeña esfera entre sus dedos antes de que tocara completamente el suelo.
La perla.
No era un objeto común, y eso se sentía incluso sin necesidad de explicarlo. Vael la observó durante un segundo más de lo necesario. No por curiosidad superficial, sino porque la reconocía.
No como objeto.
Sino como creación.
De ella.
Sus dedos se cerraron ligeramente alrededor de la perla, y por un instante su expresión se volvió más seria.
Kael’thar extendió la mano sin dudar.
—Devuélvela.
Vael no respondió de inmediato. En lugar de eso, sujetó su muñeca con firmeza, lo suficiente como para detener cualquier otro movimiento. Antes de que alguien interviniera, sacó una pequeña hoja con un movimiento rápido y limpio, y realizó un corte preciso en la palma de Kael’thar.
La sangre brotó al instante.
—¿Qué haces? —murmuró Eldric, avanzando medio paso más.
Vael no contestó.
Giró la mano de Kael’thar apenas lo suficiente para que la sangre fluyera sobre la superficie de la perla.
Una gota cayó.
Luego otra.
Se absorbieron.
El cambio no fue espectacular, pero sí evidente para quien estaba mirando con atención. Un brillo tenue comenzó a formarse dentro de la perla, como si algo en su interior reaccionara al contacto.
Kael’thar frunció ligeramente el ceño, observando cómo su propia sangre desaparecía en la superficie sin dejar rastro.
Vael soltó su muñeca finalmente.
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