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Nacido de la Niebla - Capítulo 29

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Capítulo 29: Capítulo XIX: La melodía del veneno

El molino no reaccionó con violencia cuando comenzó la pelea, lo tomó como se toman aquellas cosas que una espera que sucedan. Fue un cambio sutil al principio, casi imperceptible, pues todo ese maldito lugar estaba construido especialmente para ese momento. El latido profundo que recorría la madera se volvía más marcado a cada golpe, más presente, y más personal. Ya no sonaba como un llamado, sino como una respuesta. Ellas descendieron sin apuro. No cayeron sobre nosotros como depredadores desesperados, sino como algo que ya conocía el resultado de la caza. Eramos como leones domados dentro de una jaula de espinas. Sus cuerpos torcidos se deslizaron entre las vigas como si sus cuerpos no tuvieran huesos, y cuando tocaron el suelo, lo hicieron con una suavidad que contrastaba con la violencia que emanaban.

—Llegaste —dijo una de ellas, inclinando la cabeza.

No era una pregunta que esperara una respuesta real. Aldric avanzó primero, como siempre: imprudente, sin orden y ni señal. Su espada describió un arco limpio, directo al cuello de la más cercana. Fue un movimiento perfecto. Y pese a ello, falló. La imagen de la bruja se disipó con el golpe.

—Un poco más a la izquierda — burló la otra, desde algún punto que no coincidía con el espacio que ocupaba un instante antes.

Aldric giró, ajustando el golpe en pleno movimiento, pero su hoja atravesó aire otra vez. Una risa breve, seca, vibró en la madera.

—Así no —dijo la primera.

Maelor levantó las manos, murmurando entre dientes. Sentí la presión de un vacío succionando el ambiente En sus manos, una acumulación de energía buscaba dar forma al aire denso del molino. Cuando liberó el hechizo, este avanzó como una descarga contenida, directa hacia una de ellas. La bruja no se movió. Solo inclinó ligeramente el rostro.

—Tres latidos antes —murmuró.

El impacto nunca llegó. La energía se desvió apenas unos centímetros, como si hubiera sido empujada por una fuerza invisible, y se estrelló contra una de las vigas, haciendo crujir toda la estructura. Las viejas paredes de madera se tensaron como piel frente al calor. El eje central giró con un sonido más grave, más húmedo, y por un instante sentí que el lugar se ajustaba como si corrigiera algo.

—No están peleando contra nosotras —dijo la segunda bruja, caminando lentamente alrededor del grupo—. Están peleando contra algo que ya ocurrió.

Serah dio un paso al frente, colocándose entre ellas y yo. Algo en sus ojos presentían algo que el resto no podíamos ver. Sus manos comenzaron a moverse, trazando círculos que apenas lograban sostenerse dentro de ese espacio deforme. Las raíces que invocó surgieron con dificultad, quebrándose al emerger, retorciéndose, peleando contra el molino que rechazara su presencia.

—No te acerques —me dijo, sin mirarme.

Pero ya estaba cerca. Cada paso me costaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. La herida no era el problem. Podía sentir como el veneno quemaba cada una de mis venas. Cada latido de mi corazón era una inyección agría de barro que recorría mi torrente, recorriendo cada centímetro de mis músculos, hasta vomitar negrura en mi corazón. Arrasaba con todo a su paso dentro mío. Y lo peor de todo, no dejaba de crecer. Era cuestión de minutos y caería al suelo. Aun así avancé.

—Capitán… —la voz de Serah se tensó—. Tenés que—

—Estoy bien —respondí.

No era cierto. Pero tampoco importaba. Una de las brujas giró hacia mí con una sonrisa que no terminaba de definirse.

—No, no lo estás— dijo suavemente y se acercó un paso —Ahora es cuando levantas el escudo e intentas cubrir el flanco izquierdo… porque todavía crees que eso importa.

Mi mano se movió. Antes de que pudiera detenerla, antes de que pudiera decidirlo, el escudo ya estaba en alto tan cual lo había predicho. La bruja sonrió más. Aldric volvió a atacar, esta vez con furia pero sin precisión. A sus ataques le faltaba cálculo. Eran pura voluntad. Ante la falta de acierto, comenzó una envestida aún más irracional. Sus golpes se encadenaron uno tras otro, obligando a una de ellas a retroceder. Por un momento funcionó. Pero ese instante fue breve.

—Algo nuevo, si… pero no muy distinto —dijo la otra, sin siquiera mirarlo. Su pie se deslizó apenas en el suelo húmedo, lo suficiente para romper el equilibrio. La apertura fue mínima, casi inexistente. Pero ellas no necesitaban más. La garra descendió. Yo me moví con una lentitud que no esperaba. El escudo interceptó el golpe, pero la fuerza atravesó el metal, recorrió mi brazo y explotó en mi pecho, exactamente donde la herida comenzaba a extenderse. Sentí algo ceder adentro. Creo que un pedazo de mi hígado había caído al suelo. Retrocedí un paso, obligado. Y el mundo se inclinó.

—¿Ves? —susurró la bruja, ahora frente a mí—. Ya no llegas, Capitán.

Serah apareció a mi lado, apoyando una mano en mi brazo. Su contacto era cálido, aunque el calor se disipaba. No fue tanto el pedazo de carne faltante en mi costado lo que provocó su llanto. Fue ver que la sangre que chorreaba de mi herida había adquirido un color totalmente negro.

—Esto no está bien —dijo desesperada—. tenemos que irnos…

No terminó la frase. El llanto la invadió por completo. La empujé con lo que me restaba de fuerzas aunque con poco éxito. A través de una de las aberturas del molino, vi el exterior. Los muertos habían cambiado. Ya no estaban dispersos, sino que se habían acumulado frente a las paredes, formando una masa densa, todos orientados hacia adentro, atropellándose entre ellos tratando de entrar. Eran decenas y estaban hambrientos.

—No hay salida —dijo una de las brujas, siguiendo mi mirada—. No hacia afuera.

La otra inclinó la cabeza.

—Ni hacia adelante.

Maelor lanzó otro hechizo, más desesperado que preciso. La energía salió irregular, inestable, pero logró impactar. Una de ellas retrocedió un paso real, tangible. Se sintió como una victoria. Aldric aprovechó y avanzó con todo su peso detrás del golpe, gritando el nombre de Eldran. Su espada descendió en línea directa, buscando partirla en dos. Por un instante el tiempo se tensó.

—Ahora —dijo la bruja.

Y no supe si se lo decía a él o a mí. Mi cuerpo respondió antes que mi mente. Giré, extendí el brazo e intenté cerrar el espacio, cubrir algo que todavía no había ocurrido. La segunda bruja se materializó a la espalda de Aldric.

—Siempre tarde, Capitán—susurró y de un zarpazo arrancó el brazo derecho de Aldric.

Mi voz salió como un eco tardío. Serah gritó. Maelor intentó reaccionar. Eldran seguía sin moverse. La ira me invadió otra vez. Mis músculos ardían bajo la pies y mis heridas supuraban sangre a borbotones. En ese instante, el molino latió más fuerte como llamándome y en medió de mi trance un segundo de claridad irrumpió en mi mente. No eran latidos, eran compáses de una marcha que ya estaba escrita. Como una vieja canción que suena una y otra vez. El valle era como una pequeña caja musical y yo era su bailarina. No estaba luchando para sobrevivir, estaba siguiendo una coreografía. Me decisión había marcado el destino de todos, había elegido la música y las brujas se encargaban de hacerla sonar mientras mis compañeros bailaban el ritmo de los condenados. Mi ira se disipó al instante. Ellas rieron con malicia al ver mi rostro desfigurado por la descubrir la verdad. Levanté mi vista, miré a mis compañeros luchar con esmero y, aunque recordará el final de esta diabólica melodía, decidí continuar. Pese al dolor, al veneno y al destino, apreté la espada y avancé.

—No podrás librarte de esta, Capitán. Ya hiciste tu elección… —dijo la bruja, girando lentamente hacia mí — y otra vez elegiste mal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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