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Nacido de la Niebla - Capítulo 28

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  3. Capítulo 28 - 28 Capítulo XXVIII El lugar que me conoce
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28: Capítulo XXVIII: El lugar que me conoce 28: Capítulo XXVIII: El lugar que me conoce Atravesar el umbral del molino no fue como cruzar una puerta, sino como ser tragado por algo que respiraba con una paciencia antigua, una voluntad que no necesitaba apresurarse porque sabía que, tarde o temprano, todo terminaría dentro de ella.

Los muertos vivos que rodeaban la estructura no reaccionaron de inmediato a mi presencia, como si formaran parte de un mecanismo mayor que no respondía al impulso, sino a un ritmo interno que yo aún no comprendía.

Sus cuerpos se movían con torpeza, pero no con debilidad, y cada uno de sus pasos parecía sincronizado con el latido grave que provenía del interior del molino.

No los enfrenté con furia, ni con urgencia, sino con una economía de movimiento que no nacía de la estrategia, sino del cansancio acumulado en cada músculo.

Cada golpe que daba encontraba su lugar con precisión, cada embestida con el escudo abría un pequeño espacio en una marea que nunca terminaba de romperse.

Avancé entre ellos sintiendo cómo se cerraban a mi alrededor, cómo sus manos encontraban los bordes de mi armadura, cómo sus dedos buscaban las grietas, las uniones, los puntos donde la carne todavía era accesible.

No había odio en ellos.

No había intención.

Solo una obediencia ciega a algo que los había vaciado de todo lo demás.

Y en esa ausencia encontré algo peor que la violencia: una inevitabilidad que no se podía negociar.

Cuando finalmente crucé la entrada, el cambio fue inmediato y absoluto.

El sonido del exterior desapareció como si alguien hubiera cerrado un mundo detrás de mí, y el interior del molino se desplegó en una arquitectura que no respetaba ninguna lógica.

Las vigas se extendían en ángulos extraños, las paredes parecían moverse cuando no las miraba directamente, y el eje central, esa gran estructura que debía triturar grano, giraba con una lentitud espesa, exudando una sustancia oscura que no era harina, ni polvo, ni sangre… pero contenía algo de todo eso.

La sensación era la misma que en Valebrun.

El aire estaba cargado de susurros que no terminaban de convertirse en palabras, lamentos que parecían quedar atrapados en la madera antes de poder liberarse del todo.

A cada paso, tenía la sensación de que el molino me observaba, de que registraba mi presencia, de que ajustaba su forma a mi avance.

Las escaleras no llevaban exactamente al mismo lugar dos veces, los pasillos se estrechaban o se abrían sin previo aviso, y en más de una ocasión sentí que caminaba en círculos, solo para descubrir que el espacio había cambiado lo suficiente como para hacerme dudar de mi propia memoria.

No era un lugar.

Era un proceso.

Y nosotros éramos parte de él.

Los encontré cuando el sonido del combate logró imponerse sobre el murmullo constante del molino.

No fue inmediato.

Primero fueron los ecos: el choque de acero, el estallido de magia, el grito contenido de alguien que ya no tenía aire para sostenerlo.

Luego, finalmente, la escena se abrió ante mí.

Aldric sostenía la línea como si su cuerpo fuera el último muro entre la vida y algo que no merecía nombre.

Cada uno de sus movimientos cargaba un peso que ya no era solo físico, sino emocional, como si estuviera luchando contra algo que lo superaba por dentro tanto como por fuera.

Serah se movía detrás de él, invocando raíces que emergían de la propia madera del molino, retorciéndose como si el lugar rechazara esa intervención, como si la naturaleza misma estuviera enferma dentro de esas paredes.

Maelor apenas se mantenía en pie, sus manos temblaban al canalizar una magia que claramente lo estaba consumiendo, mientras que Eldran permanecía unos pasos más atrás, envuelto en una energía que no terminaba de definirse, algo que luchaba entre hacer el bien y disfrutar.

Cuando di el último paso hacia ellos, algo en la escena se tensó.

Eldran me vio primero y su rostro amaneció un gesto de enojo.

Hubo frustración y amargura.

Una tensión que no encontraba salida.

Maelor, en cambio, reaccionó de forma opuesta.

Sus ojos se abrieron con una mezcla de vergüenza y alivio, como si mi presencia fuera al mismo tiempo una salvación y un recordatorio de algo que no podía justificar.

Aldric no dijo nada.

No podía.

Serah apenas giró la cabeza, lo suficiente para asegurarse de que era yo y sonrió.

Avancé un paso más, clavando el escudo en el suelo por un instante para sostener el peso de mi cuerpo.

—No pasa nada —dije, sin alzar la voz, dejando que las palabras se asentaran entre nosotros con una calma que no correspondía al momento—.

Hicieron lo que tenían que hacer.

Maelor bajó la mirada.

—Capitán… yo… no sé qué pasó… —su voz se quebró en un punto donde ya no podía sostenerla.

—No hace falta que lo expliques — dije negando con la cabeza.

Y era verdad, no lo necesitaba.

Porque ya lo había visto.

Porque ya lo entendía.

Porque el valle no necesitaba razones para torcer las decisiones de un hombre.

Eldran apretó la mandíbula con tanta fuerza que pude ver cómo se tensaban los músculos de su rostro.

No habló, ni se disculpó.

Solo sostuvo mi mirada con una intensidad que rozaba lo hostil.

Su elección había inferido algo que él ya había empezado a comprender por su cuenta.

El molino crujió y me trajo de vuelta a la escena.

Había sido una señal de lo que estaba por acontecer.

No fue un impacto frontal, solo una presencia a mi espalda que no había estado allí un segundo antes.

Algo atravesó mi armadura por debajo de la placa, encontrando el espacio exacto entre metal y carne.

El dolor no fue inmediato, sino progresivo, una presión profunda que se expandió desde el punto de contacto hacia el resto del cuerpo seguida por una sensación de frío que no correspondía a ninguna herida natural.

Bajé la mirada.

La punta negra emergía apenas por debajo de mi pecho y una risa alcanzaba mis oidos.

No la carcajada abierta de antes, sino algo más íntimo.

—Siempre tan comprensivo… Capitán… La voz de una de las brujas se deslizó hacia mí mientras retiraba el arma lentamente y con goce, dejando que el daño se asentara, que el veneno encontrara su camino.

—Veamos cuánto dura eso… cuando empieces a pudrirte por dentro… El mundo no se detuvo, pero en mi interior el pulso de mi sangre comenzó a correr hacia atrás.

Sentí el momento como algo viejo, como un recuerdo.

La escena del molino acababa de abrirme la puerta.

No estaba luchando por sobrevivir, no había venido a rescatar a los niños ni a defender a mis compañeros.

Está exactamente en el lugar que tenía que suponía que debía estar.

Por eso la bruja me alcanzó tan fácil, por eso había podido sortear a los muertos vivientes, por eso Lyria vino a rescatarme de los ogros en el momento preciso.

Justo cuando pensé que estaba transformándome en el héroe que iba a salvarlos a todos, cuando creí estar yendo en contra del destino, una daga envenenada me mostró la verdad: yo era un fiel servidor de Agramor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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