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Nacido de la Niebla - Capítulo 30

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Capítulo 30: Capítulo XXX: El último berserker

El molino no cambió cuando comprendí que iba a morir. No se tensó ni aceleró, ni siquiera respondió con violencia a lo que estaba ocurriendo dentro de sus paredes. No necesitaba hacerlo: todo en él ya estaba dispuesto para ese momento mucho antes de que yo cruzara su umbral, mucho antes de que atravesara la niebla por primera vez. Lo único que verdaderamente cambió fue mi manera de percibirlo, como si al fin hubiera dejado de resistirme a su lógica y empezara a reconocer en ese latido constante no una amenaza, sino la confirmación de algo que llevaba dormido demasiado tiempo. Aldric seguía con vida, aunque decirlo así era casi una concesión al lenguaje más que a la realidad. Su cuerpo había quedado reducido a un esfuerzo bruto y obstinado por no caer del todo, con la sangre brotando sin control desde donde antes había estado su brazo. Sin embargo, persistía con hidalguía, o quizá como una forma de orgullo que ya no tenía nada que ver con ganar, sino con no morir de rodillas. Serah lo sostenía como podía, dividida entre mantenerlo en este mundo y contener lo que se nos venía encima. En ese gesto había algo profundamente humano que el molino parecía rechazar: cada raíz que invocaba nacía gris, torcida, hueca. Su magia era una metáfora que expresaba la salvación como un precio por existir. Maelor, por su parte, retrasaba lo inevitable, levantando barreras que duraban lo suficiente como para darnos la ilusión de que todavía había tiempo, comprando unos segundos más de vida a cambio de su poder. Eldran, siempre distinto. Desde hacía tiempo se había transformado en un cuerpo con varias voluntades que jugaban al azar en cada momento. Su mente había abandonado el plano material, dejando una carne inerte como legado estéril, erguida y presente, pero tristemente hueca. Sus ojos pertenecían a otra cosa, a alguien que no participaba de la lucha y, sin embargo, la observaba con una atención casi clínica, como si no le interesara el resultado inmediato sino el proceso: el modo en que cada uno de nosotros perdía la esperanza y sucumbía al miedo. Lo miré más de lo que debía, porque en ese instante entendí que no éramos solo víctimas, sino también espectáculo, y que alguien, en algún lugar de la niebla, estaba viendo a través de él y aprendiendo. No sentí rabia. Tampoco sorpresa. Solo una forma extraña de claridad.

Ellas descendieron entonces como partes de un mecanismo que simplemente se activa cuando llega su momento. Eran engranajes en este gran motor llamado el Valle del Diablo. Su presencia no alteró el aire ni la luz. Ni siquiera una mota de polvo cambió su trayectoria. Eran coherentes con el lugar, con su ritmo, con su función, y al acercarse no vi la urgencia de matar, sino la certeza de que lo que iba a ocurrir ya estaba decidido.

—Esto ya pasó —recordó una de ellas.

—Y volverá a pasar —agregó la otra, rodeándome como siguiendo un guión.

Avancé igual, porque no hacerlo también era una decisión que llevaba demasiado tiempo evitando. Esconderme detrás de la idea de que quizá había una salida correcta o un movimiento preciso para resolver aquello sin pagar el precio de mis elecciones era una opción que ya no estaba dispuesto a tomar. Pensar en reescribir el destino a cada golpe me dolía más que todos los fragmentos de mi cuerpo maltrecho, que siempre habían sido una vía de escape cuando me perdía en los laberintos de mi mente. El golpe llegó y mi cuerpo respondió tarde, no por falta de reflejos, sino porque ya no había nada en mí que quisiera protegerse con la misma urgencia de antes. El impacto atravesó el escudo, mi brazo, mi pecho. El veneno había adormecido toda mi carne, y lo que sentí no fue solo ardor, sino una confirmación física de lo que ya estaba ocurriendo por dentro. Cada herida no era consecuencia de la pelea, sino la traducción de algo más profundo, forjado con cada decisión tomada, con cada sentimiento negado.

—Quieren vengarla —dije, y la sangre brotó de mi boca, acentuando la rabia.

Las dos se detuvieron. Y en ese pequeño espacio de silencio creí haber entendido algo. Pero otra vez me equivoqué.

—No —respondió una, con una mueca de burla ante mi incredulidad.

—Ella no importa —continuó la otra.

El molino crujió por fuera. Eran los muertos que comenzaban a trepar para ingresar por las ventanas.

—Fue un eslabón —añadió—. Como tú. Como todos nosotros.

Todo giraba, todo volvía. Cada historia, cada intento, cada fracaso se repetía con pequeñas variaciones que no alteraban el resultado final. Entendí entonces que las brujas no eran el origen, ni siquiera el problema, sino partes de un sistema mayor que necesitaba que las cosas sucedieran de cierta manera para seguir funcionando. El ciclo volvía siempre al punto que más me dolía: no ser alguien especial, sino una porción más del todo. El golpe final no llegó como un cierre, sino como un acto más. Una de ellas, la última en hablar, había tomado la espada de Aldric y con ella atravesó mi espalda, saliendo por el centro de mi pecho con una precisión que no dejaba lugar a error. Frente a mí, su imagen residual se desvanecía con ironía, y por un instante mi cuerpo intentó reaccionar, pero no fue más que un reflejo inútil, tan inútil que daba vergüenza. Hubiese preferido ser un héroe viejo que perdió su batalla final antes que otro renglón en esta historia.

—Siempre igual —dijo a mi oído—. Siempre intentando corregir.

La sangre descendió lenta, pesada, y al dar un paso atrás sentí que ella se proyectaba frente a mí. A mi espalda, el vacío de la ventana; detrás, los muertos golpeando, acumulándose, esperando el banquete. De frente, mi asesina sonreía, y su hermana asentía como confirmando que todo había ocurrido en el momento exacto. El instante se volvió íntimo. El acero atravesándome, abriéndose paso sin resistencia, había convertido mi cuerpo en una evidencia imposible de negar. Aldric fue el primero en quebrarse. Intentó levantarse con una desesperación torpe, resbaló con su propia sangre y cayó de rodillas. Había perdido el equilibrio y la fuerza por la hemorragia. Su boca se abrió, dejando escapar apenas un sonido quebrado. Serah tardó un segundo más. Sus manos quedaron suspendidas en el aire, atrapadas entre la vida que siempre había intentado invocar y la muerte que ahora no podía detener. Me miró como si buscara una grieta en la escena, un error, algo que le permitiera intervenir. La sangre comenzó a deslizarse por mi pecho mientras de sus ojos brotaban lágrimas tibias. No gritó. Ni siquiera habló. Maelor retrocedió. Dio un paso atrás como si el espacio entre nosotros se hubiera vuelto peligroso, como si mi herida fuera un destino contagioso. En sus manos, la magia se desvanecía como la llama de una vela ante una brisa suave. Quiso decir algo, pero todo quedó en un intento. Eldran parpadeó una vez y cortó el trance. Su verdadero ser se hizo presente en ese breve instante, solo para sentir la pérdida. El eje del molino giró con un peso más profundo y sentí cómo el lugar entero se acomodaba alrededor de lo que acababa de suceder. Era necesario para que todo continuara su curso. Afuera, algunos muertos caían al intentar trepar por la madera, partiendo sus uñas, desgarrando su carne fría en cada intento. Mi cuerpo había quedado atrás. Lo único que permaneció en pie fue la certeza más cruda que había sentido desde que entré al valle: no había fallado, había hecho exactamente lo que se suponía que debía hacer. Ya había cumplido mi parte en esta puesta. Lo acepté. Entonces decidí ser yo en mi forma más primitiva. Expresar mi tozudez y mi necedad incluso ante la muerte. Con las pocas fuerzas que me quedaban, me quité el casco. No como un gesto heroico, sino como alguien que deja de esconderse. Respiré hondo, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Una brisa recorrió mi rostro curtido por el encierro y me sentí seguro. Miré a mis compañeros. Me devolvían la mirada, con los ojos cargados de sorpresa al verme sin el casco, reconociendo mi viejo y peculiar rostro. Les sonreí y pronuncié mis últimas palabras:

—Mi nombre es Munin Huginsson, Capitán de las Olas… —y mirando a las brujas añadí—. Soy el último berserker… y yo elijo cómo entrar al Valhalla.

Con lo último de mí, tomé a la bruja que estaba frente a mí y, sintiendo cómo la espada se hundía más, la abracé con todas mis fuerzas para atravesarla también. El metal rompió la delgada capa de su pecho.

—Esto… es nuevo —murmuró con su último aliento, mientras un hilo de sangre brotaba de su boca.

La otra bruja miraba atónita desde el rincón, y los ojos de Eldran se llenaron de asombro y de ira. No podía salvarlos. No podía romper el ciclo. No podía cambiar lo que ya había sido. Pero podía decidir cómo terminar. Sin soltarla, me dejé caer de espaldas por la ventana. El mundo cedió conmigo. El aire nos envolvió mientras caíamos, y en ese descenso no hubo vértigo, ni miedo, sino una extraña sensación de libertad. Los muertos nos alcanzaron antes de tocar el suelo. Sus frías manos se cerraron sobre nosotros, abriendo la carne, desarmando lo que quedaba de nuestros cuerpos maltrechos. La destrucción de mi carne no era el castigo, sino la forma final de la verdad que había estado evitando. No pude ser el héroe que deseaba. No había podido salvar a nadie. Había llegado tarde a cada decisión importante. Pero en mi último momento, en esta elección insuficiente pero completamente mía, encontré algo parecido a la victoria. Una felicidad angustiosa me acomodó el alma mientras los dientes podridos desgarraban mis músculos y tendones. Todo se tiñó de rojo. Me entregué a esa sensación, de cara a la oscuridad infinita que llamamos muerte, con la promesa de que más allá me esperaban mis dioses y mis amigos. El dolor se fue. Los sentidos se apagaron uno a uno. Y con una lágrima recorriendo mi mejilla, abracé la idea del fracaso con todo mi amor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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