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Noble Depravado: ¡Forzado a Vivir la Vida Libertina de un Noble Malvado! - Capítulo 602

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  3. Capítulo 602 - Capítulo 602: Abriéndole la puerta a la perdición
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Capítulo 602: Abriéndole la puerta a la perdición

Carmela soltó un suspiro silencioso, y el leve temblor que lo acompañaba delataba el peso de lo que estaba a punto de decir.

—Todo el mundo en este continente cree que los vampiros no son más que mitos —comenzó—. Extintos. Purgados de la existencia hace mucho tiempo. Solo un cuento para asustar a los niños.

Sus labios se curvaron en una sonrisa tenue, casi melancólica.

—Pero eso no es del todo cierto. No se equivocan…, pero tampoco tienen razón.

Miró a lo lejos, con la mirada perdida y vacía.

—De algún modo, mi familia logró sobrevivir a la purga. Nos escondimos durante años, mudándonos de un lugar a otro, manteniendo un perfil bajo.

—Mis antepasados fueron listos, cautelosos y estaban desesperados; y por un tiempo, funcionó.

—Pero… —la pequeña sonrisa se desvaneció—… no para siempre, pues, uno por uno, el mundo nos encontró.

Su tono de voz se hizo más bajo.

—Mis tíos, tías, primos —gente que ni siquiera había conocido, algunos de cuya existencia ni sabía— fueron asesinados a lo largo de los siglos.

—Cazados. Quemados. Ejecutados. Hasta que finalmente… solo quedábamos nosotros…

—… mi madre, mi padre y yo.

Joy escuchaba en silencio, con la mirada fija y firme, sin interrumpir.

Carmela continuó con pesar en la voz:

—Pero ni siquiera eso duró. Mi padre murió antes de que yo abriera los ojos para verlo. Lo mataron el día que nací.

Joy frunció ligeramente el ceño, mientras Carmela soltaba una risa amarga y hueca.

—Verás, cuando mi madre se puso de parto, fue demasiado pronto. No estaban preparados. Se suponía que estábamos a salvo, escondidos en lo profundo de las montañas, pero no teníamos suficientes suministros para un parto seguro.

—Por eso mi padre fue a un pueblo cercano a por medicinas y telas… solo un viaje rápido.

Su sonrisa se torció con dolor.

—Pero nunca regresó.

Su mirada se ensombreció y su voz tembló muy levemente.

—Lo atrapó una patrulla de caballeros. Al principio ni siquiera sabían quién era. Estaban cazando monstruos y él encajaba con la descripción.

—Y cuando se dieron cuenta de lo que era…, lo arrastraron por la plaza, le arrancaron los ojos y lo mataron.

Joy bajó la mirada, y un levísimo atisbo de desaprobación cruzó su rostro.

—Eso no debería haber pasado —murmuró en voz baja.

Carmela negó con la cabeza lentamente.

—No. No debería haber pasado. Pero pasó —dijo en un susurro—. Y la parte más cruel es que fue mi culpa.

Joy la miró, pero no dijo nada.

—Nací antes de tiempo —dijo Carmela, mientras una sonrisita triste curvaba sus labios—. Por mi culpa, fue al pueblo. Por mi culpa, lo atraparon. Por mi culpa, murió. Así que, antes incluso de abrir los ojos al mundo, yo lo maté.

Su tono no era de autocompasión, solo de cansancio.

Contuvo la respiración un momento, antes de exhalar y forzar una pequeña sonrisa.

—Pero mi madre… ella seguía allí. Estaba viva y era mi todo.

Alzó la vista, con ojos amables, recordando.

—Me crio sola. Me protegió. Me amó. Era feroz y amable a la vez. Sinceramente, me recordaba a tu madre.

Joy parpadeó, y su compostura vaciló por un instante.

Carmela sonrió débilmente ante el recuerdo.

—Cuando vi a tu madre por primera vez, lloré. No porque estuviera triste, sino porque la vi a ella de nuevo: a mi madre. La misma presencia. La misma fuerza. La misma calidez.

—Se parecía tanto a ella, solo que quizá un poco más dura.

Su expresión se suavizó aún más.

—Ella era mi mundo entero. Durante veinte años, ella y yo vivimos en paz en una parte oculta del bosque, tan lejos que nunca venía nadie. En realidad, no sabía que existiera nadie más. Solo los árboles, el silencio y ella. Estábamos a salvo. Éramos felices.

Hizo una pausa, y sus dedos se cerraron inconscientemente sobre su palma.

—Pero las cosas buenas nunca duran, ¿verdad?

Su voz bajó, ahora más queda.

—Todavía era joven, apenas más que una niña en términos humanos, y empecé a sentirme inquieta. No me gustaba estar escondida.

—Quería ver el mundo: conocer gente, hablar, vivir como los demás. Entonces no entendía lo que significaba realmente el peligro.

Carmela apretó los labios hasta formar una delgada línea.

—Mi madre me advirtió que no saliera del bosque. Me dijo que el mundo exterior era cruel, que nos odiaba, que nunca nos aceptaría.

—Pero no la escuché. Pensé que solo estaba siendo sobreprotectora. Pensé que se equivocaba.

Apretó la mandíbula y el temblor regresó a su voz.

—Y como creía que yo sabía más, tomé la peor decisión de mi vida.

Joy no se movió, no habló. Se limitó a observar en silencio mientras Caramela continuaba su historia.

—Verás, había un festival en un pueblo cercano. Oí la música, vi las luces a lo lejos y no pude resistirme. Y aunque no debía, me escapé una mañana sin decírselo a mi madre.

Su voz se suavizó y una sonrisa triste apareció de nuevo.

—Fue… hermoso. Lleno de vida. Música, comida, risas, colores que nunca había visto. Por primera vez en mi vida, me sentí libre. Comí dulces, vi a la gente bailar, me subí a los carruseles. Sentí que formaba parte de algo real, algo luminoso.

Sus ojos se apagaron. —Y quise compartirlo con ella.

—Corrí a casa tan rápido como pude. Quería contárselo todo: lo maravilloso que era el mundo, lo equivocada que había estado al escondernos.

Inhaló de forma entrecortada.

—Cuando me acerqué, la vi fuera, llamándome, con lágrimas en los ojos. Cuando me vio, sonrió. La sonrisa más grande y aliviada que había visto jamás.

Entonces, la voz de Carmela se quebró.

—Pero entonces su expresión cambió.

Tragó saliva con dificultad, y sus manos temblaban ligeramente.

—Se transformó en horror. Al principio no entendí por qué. Pensé que estaba enfadada porque me había ido.

Su voz bajó, apenas un susurro.

—Pero entonces me di cuenta de que no me estaba mirando a mí.

Los ojos de Joy se entrecerraron ligeramente, intuyendo hacia dónde se dirigía la historia.

—Estaba mirando detrás de mí —continuó Carmela, con los ojos llenos de angustia.

Su voz tembló. —Y cuando me di la vuelta… allí estaban.

—Toda una brigada: misioneros sagrados, caballeros con armadura, guardias, sacerdotes con armas de filo plateado. Docenas de ellos.

—Me habían seguido —dijo Carmela, con tono hueco—. Me habían encontrado en el festival, pero no atacaron. Esperaron. Querían ver adónde iba, con quién me reuniría.

Su voz se rompió en una risa silenciosa y amarga.

—Y los llevé directamente hasta mi madre. La única persona a la que se suponía que debía proteger. Los llevé hasta la puerta de su casa.

Cerró los ojos y las comisuras de sus labios se crisparon en una débil sonrisa afligida mientras decía:

—Pensé que le enseñaría el mundo. Pero lo único que hice… fue mostrarla al mundo.

Al oír esto, incluso Joy, alguien que se había pasado la vida endureciéndose contra las emociones de los demás, que se había entrenado para ignorar el sufrimiento, pudo sentir el peso que Carmela cargaba ahora.

Comprendió que Carmela debía de sentir un océano de culpa.

No solo por el papel indirecto que desempeñó en la muerte de su padre antes incluso de nacer…, sino por esta segunda traición, mucho más personal.

Había llevado a los enemigos directamente a su santuario oculto. Había conducido a la muerte hasta la puerta de su madre.

Y por su error —su error infantil e imprudente—, su madre había pagado el precio más alto.

Joy tragó saliva con fuerza.

Si los papeles se hubieran invertido —si Joy hubiera sido la que con sus acciones condenó a su propia madre a un tormento sin fin, a la vejación, a la muerte—, sabía, en lo más profundo de su ser, que habría querido acabar con su propia vida hacía mucho tiempo.

La culpa la habría consumido viva. Ni siquiera podía imaginar cargar con ese peso durante años.

Así que, cuando miró a Carmela ahora, sentada frente a ella, manteniéndose entera por pura fuerza de voluntad, no vio a una asesina.

Vio a alguien que aún vivía bajo el insoportable peso de la supervivencia.

Carmela exhaló de forma temblorosa, con un tono bajo y hueco.

—Incluso en ese momento —dijo—. Tenía miedo. Tenía tanto, tanto miedo. Recé a todos los dioses que pude recordar: a la Diosa de la Luz, a los Espíritus del Bosque, incluso a los antiguos de los que mi madre solía susurrar.

—Solo les rogué que nos salvaran. Que la salvaran a ella.

Su mirada se perdió en la distancia.

—Pero ahora, en retrospectiva… desearía que no me hubieran escuchado. Desearía que nos hubieran matado allí mismo. Porque lo que vino después…

Tragó saliva con dificultad, y su voz se quebró en un susurro amargo.

—… lo que vino después fue un infierno.

Se quedó mirando al aire un largo rato antes de continuar.

—Los caballeros y los misioneros no nos mataron. No…, querían montar un espectáculo. Nos ataron, nos amordazaron, nos arrastraron por el barro como a bestias.

—Gritamos, pataleamos, pero no importó. Nos arrojaron a un carruaje y… todo se volvió oscuro.

Hizo una pausa, temblando ligeramente.

—Cuando desperté, alguien me echó agua en la cara. Agua fría y sucia. Y cuando abrí los ojos…

Soltó una risa hueca, de sonido quebradizo.

—No estaba en una mazmorra. Estaba en un escenario. Un salón hermosamente decorado: paredes doradas, cortinas de terciopelo, candelabros más brillantes que las estrellas.

—Y allí estaba yo, dentro de una jaula, junto a mi madre.

Las manos de Joy se crisparon ligeramente sobre su regazo, pero no dijo nada.

—Y frente a nosotras… había nobles. —La expresión de Carmela se torció débilmente—. Docenas de ellos. Hombres y mujeres, vestidos con sedas y joyas, sus rostros ocultos tras máscaras tan recargadas que apenas se les veían los ojos. Pero sus sonrisas…

Se detuvo, con el labio temblando.

—Sus sonrisas me lo decían todo. Estaban… emocionados.

—Después de todo, éramos las bestias más raras del mundo. Vampiros, los últimos de nuestra especie. E iban a comprarnos.

A Joy se le oprimió el pecho y apretó la mandíbula.

El tono de Carmela se volvió más frío, más cortante.

—Empezaron a pujar. A reír. A subir los precios como si compitieran por juguetes.

—Cada vez que alguien gritaba un número más alto, mi madre me abrazaba con más fuerza. Ella lo sabía. Ambas lo sabíamos. No importaba quién nos comprara; ninguno de ellos nos veía como personas.

Esbozó una sonrisa frágil y rota.

—Y entonces terminó. El martillo sonó. Fuimos vendidas. Así de simple. En un momento éramos una familia en el bosque, y al siguiente… éramos una propiedad.

Joy sintió que algo se le retorcía en el estómago y su rostro se ensombreció.

—Y el que nos compró…

Su tono se hizo más bajo y venenoso al hablar.

—Cuanto más llenos los bolsillos de un hombre, más sucia su alma. Ese dicho nunca ha sido más cierto que con él. Era un noble, uno poderoso, y la criatura más vil que he conocido jamás.

Su mirada se endureció y su voz tembló de rabia.

—No solo quería esclavas. Quería quebrarnos. Quería poseernos por completo: mente, cuerpo y alma. Y lo hizo de la forma más cruel posible.

Joy podía sentir la furia de Carmela como un calor que emanaba de ella.

—Ese noble asqueroso, repugnante y miserable… Sabía que mi madre era demasiado poderosa para quebrarla fácilmente. Una Vampiro de alto rango. Habilidades de manipulación del alma. Volátil. Feroz.

—Se habría quitado la vida antes de permitir que él la poseyera de verdad.

—Así que me usó. Amenazó mi vida. Le dijo que si quería que yo viviera, si quería que me mantuviera «normal», que no me convirtiera en uno de sus juguetes, tenía que obedecer.

—Cada orden. Cada humillación. Cada depravación.

A Carmela se le entrecortó la respiración.

—Y ella me amaba más que a nada. Más que a su orgullo. Más que a su libertad. Más que a su vida.

—Así que lo hizo. Obedeció. Cada una de las cosas que él exigió.

Los ojos de Joy se enfriaron. —No tienes que describirlo —dijo en voz baja.

Pero Carmela negó con la cabeza.

—No. Necesitas entender el sufrimiento por el que pasó mi madre. Necesitas entender todo lo que sacrificó, porque me niego a olvidar todo lo que ha sufrido solo por mí.

Y al oír esto, Joy soltó un suspiro silencioso.

Aunque de verdad no quería oír los horrores por los que había pasado su madre, se dio cuenta de que Carmela solo quería que alguien escuchara su tragedia en ese momento, así que la dejó hablar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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