Nosotros en las estrellas - Capítulo 123
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 123: 122 – Carry You
Canción sugerida: Carry You – Ruelle ft. Fleurie
—Annie, esto es serio, te necesito de vuelta en la cama —ordenó Christopher de inmediato, levantando una mano enguantada para detener cualquier movimiento en esa habitación—. Ni se te ocurra moverte, Annie.
El tono autoritario que usó simplemente me heló la sangre. Él siempre era el pacífico, el calmado, nunca alzaba la voz o imponía su voluntad, no conmigo, pero esta vez vi algo más, algo que gritaba peligro en cómo se dirigía a mí. Y con eso, el alivio inmenso que había sentido hacía apenas unos minutos al saber que Atlas seguía ahí se esfumó, siendo reemplazado por un pánico frío que se me instaló en el pecho.
Y no era solo a mí; lo vi también en la cara de todos aquellos que estaban en esa habitación, que de un momento a otro redujo su tamaño, asfixiándonos, esperando por lo que Christopher tenía por decir.
—Chris… ¿Qué pasa? —preguntó Matthew, siendo quien rompió el silencio, dando una zancada hasta quedar hombro a hombro con nuestro padre, como si los dos pudieran protegerme de las malas noticias.
Christopher suspiró, deslizando el dedo por la tableta, supongo que revisando el diagnóstico que había sacado de cada uno de los exámenes y procedimientos que me realizó. Lo vi tomar aire; dejó de ser Chris, el amigo, hermano o cuñado que usualmente era. En este momento, el doctor, aquel hombre que no admitía error, tomó la voz y, sin piedad, habló.
—Ese pinchazo que acabas de sentir no es solo cansancio muscular, Annie. Es tu útero protestando —dijo, acercándose a la cabecera de la cama, bajando la voz pero no la severidad—. Sufriste un desprendimiento.
Un grito ahogado, diminuto y aterrorizado, escapó de los labios de mi madre. Su mano, que aún sostenía la mía, apretó con tanta fuerza que me dolieron los nudillos.
Mientras tanto, yo sentí como si de repente solo estuviera colgando de un hilo que empezaba a quebrarse; el vacío que había sentido al despertar volvió; sentía cómo caía en un loop infinito de oscuridad.
—Pero… el latido… lo escuchamos —balbuceé, mi voz apenas siendo un susurro, mi estómago se revolvió y el mundo empezaba a dar vueltas—. Me dijiste que estaba ahí. —Dije viendo a Matthew, rogándole que lo confirmara, que me asegurara que mi bebé estaba bien.
Él asintió con su cabeza, con la mandíbula tensa, como si esa fuera la única confirmación necesaria en ese momento, pero al mismo tiempo era un acto de fe que requería una verdadera confirmación, una médica.
—El latido es fuerte, sí. El bebé sigue ahí luchando —confirmó Chris, y vi de reojo cómo los hombros de Matthew caían un par de milímetros por el alivio—. Pero el saco gestacional se desprendió parcialmente debido al estrés físico extremo de los últimos días: la sobrecarga física y emocional, añadiéndole la extracción de plasma y el shock hipovolémico casi letal que sufriste.
Hizo una pausa; su mirada pasó de cada una de las personas en la habitación a su tableta.
—Afortunadamente, logramos estabilizarte; con el tratamiento que hicimos, pudimos ayudarte a reponer los fluidos y detener la hemorragia a tiempo, pero estás caminando sobre una cuerda floja muy delgada. Debes saber que un paso en falso y se acaba.
Tragué saliva, intentando procesar la información. Quería ser la doctora objetiva que siempre era, analizar los porcentajes de viabilidad y los protocolos de retención, exigir revisar uno a uno cada examen realizado, pero la realidad era otra; estaba en esa camilla de hospital, había dejado de ser la doctora o la líder que podía solucionar todo.
Me había reducido a recibir órdenes y asentir, todo para asegurar que mi bebé sobreviviera.
—¿Qué significa eso para ella? —preguntó Arthur, su voz ronca, pero temblorosa.
Christopher posó su mirada en mí, supongo que intentando buscar las palabras correctas. —Significa que Annie no se va a ir a casa hoy… Ni mañana. —Me miró buscando esa persona resiliente, que en ese momento no habitaba mi cuerpo—. Te quedas conectada a estos monitores hasta que yo lo ordene.
En cualquier otro momento hubiera rogado irme a casa, hubiera insistido que conocía lo suficiente mi cuerpo como para ir a mi propia cama, pero no, sabía que esta no era una solicitud o una mediación; sabía que por primera vez en mi vida debía obedecer ciegamente a lo que mi doctor me estaba ordenando.
Sabía que no podía rehusarme y menos después de verlo, de sentirlo; ese sueño, aunque doloroso, había sido una señal de un futuro por el cual estaba dispuesta a luchar.
Así que, a diferencia de cualquier otro momento, cerré los ojos e hice exactamente lo que Christopher me indicó.
Los días empezaron a correr, arrastrándose pesados y monótonos, uno igual que el anterior. La habitación del hospital se sentía como estar condenada a un silencio blanco y al escrutinio constante. Mi vida, que hasta hacía unas semanas era una carrera contra el tiempo, la política y la clínica, pacientes y tratados, de un momento a otro se había reducido a turnos rotativos de doctores, a los rostros compasivos pero agotados de las enfermeras, al goteo incesante de los medicamentos intravenosos y al piquete diario de las agujas buscando mis venas.
Conté cada maldito segundo en ese lugar. Observaba las motas de polvo bailar en el único rayo de luz que lograba entrar por la persiana a medio abrir. Memoricé las grietas del techo, las manchas que se dibujaban en las paredes, y aprendí a odiar ese olor a desinfectante que parecía en sí un visitante constante impregnado hasta en mis poros.
El día que Christopher finalmente firmó mi alta médica, sus palabras fueron tan frías y afiladas que no dejaron espacio para ninguna negociación.
—Reposo absoluto, Annie. Y cuando digo absoluto, me refiero a que la gravedad es tu peor enemiga ahora mismo —sentenció, bajando la tableta para mirarme directo a los ojos—. Tu cuerpo está al límite de sus reservas. El desprendimiento inicial se detuvo, sí, pero el saco gestacional necesita tiempo para adherirse por completo. Así que te lo diré de una forma que no deje lugar a tu terquedad habitual: si te levantas para algo que no sea ir al baño, lo pierdes.
Sentí sus palabras resonar en mi cabeza como un eco que no paraba: “Si te levantas, lo pierdes”. Simple, pero brutal.
La piel se me erizó y sentí ese nudo denso y asfixiante subir por mi garganta. Mi mente retrocedió en el tiempo en fracciones de segundo: había cruzado el espacio, había liderado una rebelión, había soportado años de un entrenamiento inhumano en la Tierra donde el dolor era el pan de cada día. Sobreviví a un terremoto que casi termina con mi mundo y a la traición del hombre que amaba. Y ahora… ahora mi mayor y más aterradora batalla era el obedecer las órdenes de alguien más. Alguien que me pedía parar; mi única misión se convertía en quedarme quieta. Tirada en una cama, inútil para el mundo exterior, exclusivamente para salvar a esa vida que crecía en mi interior y que me mantenía anclada a la esperanza de un posible futuro.
Tomé aire lentamente para bajar la bruma de pánico que empezaba a crearse en mi mente; simplemente asentía a cada una de sus recomendaciones, como si fuera un autómata. La lista de indicaciones no terminaba, sonaba agotadora incluso solamente al escucharla: restricciones severas sobre mi alimentación, la forma exacta en la que debía recostarme sobre mi lado izquierdo para maximizar el flujo sanguíneo hacia el útero y la biomecánica precisa de cómo debía levantarme para ir al baño sin forzar el abdomen.
Y justo cuando pensé que la solemnidad del diagnóstico me asfixiaría por completo, la habitación del hospital se convirtió en el escenario de lo que solo puedo describir como un operativo de alta precisión por parte de mi familia.
El primero en hablar fue Matthew.
—Bien, ya escucharon al doctor —anunció Matthew, dándose la vuelta y frotándose las manos, mirando a cada una de las personas que estaban allí, todas expectantes por lo que seguiría—. Operación Retorno en marcha. Lion, agarra las dos maletas de la esquina. Arthur, tú te encargas de la silla de ruedas de mamá. Abby, tú tienes a Emilia y los monitores portátiles; Lia, tú te encargas de abrir y cerrar puertas, es decir, la logística; y tú, Mia, quédate cerca… Yo me encargo del paquete principal.
—¿El paquete principal? —pregunté, alzando una ceja—. ¿Te das cuenta de que hablas de mí, verdad? Hola, soy una persona.
—Silencio, paquete. Tienes órdenes estrictas de no esforzarte, y eso incluye enojarte —respondió Matt, pero con una sonrisa que le iluminaba los ojos por primera vez en semanas.
Ver a todos levantarse, hacer recoger, ni siquiera tuve tiempo de pensarlo, actué por instinto; me incliné para recoger mi chaqueta de los pies de la cama, una costumbre de autosuficiencia difícil de romper. Pero antes de que pudiera siquiera estirar el brazo, unas manos más pequeñas y suaves se adelantaron.
—Annie, déjame ayudarte con eso —dijo Lia. Tomando la chaqueta y colocándomela sobre los hombros con una delicadeza que me desarmó. Me miró a los ojos, y lo que me erizó la piel no fue el frío de la habitación, sino la sinceridad abrumadora de las palabras que vinieron después—. Sabes que ya no estás sola, ¿verdad? Ahora que estamos aquí… no te dejaremos caer.
Vi cómo todos se movían de un lado a otro, casi que tropezando y chocando unos con otros; quizá era un nuevo inicio, uno realmente caótico, ruidoso y maravillosamente absurdo. Pero era uno que necesitaba desesperadamente.
Seguí viéndolos a la distancia, cómo Lia daba instrucciones de logística que nadie escuchaba, y Mia iba saltando detrás de todos como si estuviéramos en un desfile. Incluso Christopher, con su bata blanca de médico estricto, tuvo que aguantarse la risa mientras veía a Matthew intentar envolverme en tres mantas distintas antes de subirme a la silla de ruedas, como si yo fuera una reliquia de cristal a punto de romperse.
—Matt, si me pones una manta más, te juro que me voy a derretir antes de llegar al estacionamiento —me quejé, intentando asomar la cara por encima de todo el algodón.
—Mejor derretida que de nuevo en esa cama por hipotermia —dijo, chequeando que no quedara nada detrás antes de salir de aquella habitación.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com