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Nosotros en las estrellas - Capítulo 124

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Capítulo 124: 123 – Paper Rings

Canción sugerida: Paper Rings – Taylor Swift

Ese mismo día nos fuimos a casa. A mi casa en Aurora Bay. A aquella casa que había dejado a medio terminar, y que ahora solo rogaba que, después de tanto tiempo, ya estuviera terminada, que esta nueva etapa no estuviera en medio de caos y recuerdos que no estaba lista para afrontar.

El viaje fue a una velocidad tan ridículamente lenta, por órdenes estrictas de Matthew, quien insistía en que la vía era un peligro por sí misma, incluso cuando días antes se había asfaltado con el mejor material en el planeta, pero él insistía en que era para evitar lo que él llamaba “baches invisibles” o pequeñas subidas; debía ir más lento.

Sin embargo, agradecí ese tiempo porque fue allí que pude ver el asombro de mis hermanos y padres ante lo que desconocían de Aurora Bay, y es que el contraste de la cuadriculada ciudad de Villa Cristal con la libertad de Aurora casi que hacía ver el mismo planeta de dos formas muy diferentes.

Lia iba con la nariz pegada a la ventana, anotando y garabateando rápido en su agenda. Tenía los ojos muy abiertos, como si acabara de darse cuenta de que podía diseñar cosas sin tener que pedirle permiso a una pared de concreto.

—Sabes, Annie… si pudiera, me gustaría ser quien se encargue del diseño de nuestra nueva casa —dijo Lia. Fue la primera vez que la escuché hablar sin miedo. Sonaba segura.

—Me encantaría vivir en una casa diseñada por ti. Tienes muchísimo talento —le contestó mamá, buscando su mano para darle un apretón.

—De hecho, hay un terreno libre justo en el risco, entre la casa de Annie y la nuestra —intervino Matthew desde el volante. Me miró por el retrovisor buscando mi aprobación, y luego miró a Abby—. Hay bastante espacio. Podrían construir la suya desde cero. El Consejo aprueba proyectos todos los días.

Mencionar la palabra “proyectos” fue el detonante. En el asiento del copiloto, Lion se giró y cortó el momento arquitectónico para bombardear a Matt con preguntas técnicas.

Quería saberlo todo sobre la fuerza gravitatoria del motor y la aerodinámica que usaban los carros de Aurora para ir tan rápido sin hacer ruido. Conociendo a Lion, estaba segura de que era cuestión de días para que preguntara por circuitos de carreras o se encerrara en un garaje del puerto a desarmar un motor.

Pero lo que realmente se me quedó grabado fue ver a Arthur. Cuando el carro por fin subió a lo alto de la bahía, juro que pude ver cómo contenía el aire por la sorpresa.

Y es que no era para menos. Desde ahí arriba, se veía toda Aurora Bay. El océano turquesa mandaba y nosotros nos habíamos adaptado a él. Aquí los edificios no eran búnkeres diseñados para aguantar ataques; eran estructuras blancas y cristales curvos que salían del agua. Había terrazas conectadas por puentes translúcidos, y el aire no olía simplemente a mar, a flores y a aire limpio; incluso desde allí, podíamos sentir la brisa fresca acariciándonos la cara.

—Esto… esto no es un simple asentamiento como alguna vez lo dijimos en el consejo —murmuró Arthur al bajar del auto, caminando casi en trance hasta tocar la pared exterior de mi casa—. Esto es ingeniería de primer nivel.

—Es algo diferente, la verdad —le dije, apoyándome en Matthew mientras miraba la fachada—. No es el estilo minimalista y cuadriculado al que están acostumbrados.

—Por favor, Annie, no lo compares. Esto es mil veces mejor. Aquí realmente sientes que puedes respirar —me interrumpió Lion, sacando el equipaje del baúl.

Había una paz natural en este lugar que la tecnología de Villa Cristal no podía replicar. Y ellos, los inquebrantables Directores Supremos, se dieron cuenta desde el primer segundo.

El entrar a casa fue un golpe más duro del que esperaba y, aunque el diseño, las paredes y pisos eran diferentes, incluso cuando todo había cambiado, su fantasma seguía ahí, en cada rincón; estaba Zeke, y era una realidad a la que debía acostumbrarme.

Mi mirada buscó la terraza, aquel lugar que no había querido borrar; seguía ahí. Le pedí a Matthew que abriera las ventanas para que el aire pudiera entrar; así lo hizo. Vi su incertidumbre, su duda, pero también la certeza que en ese momento no podía discutir; había un diagnóstico por medio que no lo permitía.

Matthew me ayudó a subir a mi habitación, en donde exigió acomodarme en la cama que estaba allí, aquella que sería el único lugar permitido para mí durante los siguientes meses. Miré hacia el balcón que conectaba con mi habitación, aquel que, sin pedirlo, Matthew ya había abierto.

Los días fueron días de mirar al techo, de contar las estrellas en la noche y de ver las olas en la mañana. Me convertí en la espectadora omnipresente de esa casa; el tiempo perdió su forma porque los días se convirtieron en semanas y estas en meses, que no me di cuenta de cuándo pasaron.

La Casa del Acantilado dejó de ser mi refugio silencioso para convertirse en un campamento base. Matthew y Abby se mudaron con la excusa de que “mientras la nueva casa de los Baldwin se construía, debían dormir bajo el mismo techo por seguridad”. Terminaron trayéndose no solo a Emilia, sino a Arthur, Alexandra, Lion, Lia, Mia, a Edmund y hasta a Clara, la enfermera asustadiza que ahora sonreía y aprendía medicina con nosotros.

El bebé se volvió el centro de la casa y de mi vida. Todos tenían un rol. Armaron horarios para que yo no estuviera sola ni un segundo, y Edmund, que ya era parte fundamental de mi casa, se encargaba de que yo siguiera la estricta dieta que había ordenado Christopher, una que yo no podía romper por nada del mundo.

Y aunque amaba tenerlos a todos allí, a veces el cuidado se volvía tan asfixiante que quería gritar contra la almohada, pero sabía que lo hacían por puro amor y por el terror a que me pasara algo.

Matthew, por su parte, había convertido sus visitas a mi cuarto en una misión inquebrantable. Él entraba todas las mañanas con su traje impecable antes de ir al Consejo, se sentaba al borde de mi cama y no se iba hasta verme tragar el último bocado del desayuno. A veces entraba con Abby, que siempre lograba relajarme, y con mi sobrina Emilia, quien en los últimos meses se había convertido en un torbellino de rizos castaños que corría por toda la casa.

—Ami… —balbuceaba, intentando decir mi nombre. Apoyaba sus manitas gordas sobre mi barriga, que ya se notaba bastante bajo la ropa holgada. Su risa me curaba más que cualquier medicina.

Especialmente porque mi mundo se redujo a la enorme cama de mi habitación y, en mis paseos de cinco minutos permitidos, pero desde mi encierro forzado, tuve asiento de primera fila para ver cómo mi familia volvía a la vida, cómo construían su nueva realidad, una que siempre les había prometido a mis hermanos menores y que, lo que antes era pura distancia y protocolo, ahora se convertía en comodidad absoluta.

Pero también vi cómo mi infancia sanaba, y no solo para mí, sino para Matthew, que necesitaba un cierre a ese capítulo tan abrumador que había sido el abandono, pero al cual se resistía, tal vez porque sentía que nuestros padres no lo merecían. Sin embargo, una tarde, desde el balcón de mi habitación, los vi apoyados en la baranda mirando el mar. Arthur dijo algo en voz baja, y Matthew asintió. Vi a mi hermano mayor aceptar la mano de papá sobre su hombro.

Y las cosas no se quedaron ahí. La casa se llenó de escenas que me hacían un nudo en la garganta. Un día bajé despacio a la sala y encontré a papá sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, armando una torre de bloques de colores con Emilia. Él, el temible líder de Villa Cristal, estaba haciendo ruidos de motor con la boca solo para hacer reír a su nieta.

Mia, que siempre buscaba la forma de terminar en mi cama a medianoche, parecía estar adaptándose muy rápido a la nueva vida que crecía frente a ella. La niña, que siempre había sido tan tímida, había empezado a desarrollar una confianza gigantesca en Matthew, al que de vez en cuando le pedía que la llevara a ver los barcos al puerto. Sabía que lo hacían porque, a veces, en las tardes simplemente desaparecían. Matthew, Abby, Emilia y su nueva integrante, Mia. Verlos convivir así me curaba partes del alma que ni siquiera sabía que estaban rotas.

Pero lo mejor de todo ese encierro fue ver a mi madre sanar.

El tratamiento con mi sangre era agotador, pero cuando Christopher venía a hacernos los chequeos y veía cómo los tumores de Alexandra se reducían rapidísimo, todo valía la pena. Siempre tan profesional y distante, muy al estilo Kavan, a Chris se le notaba el alivio en los ojos al darnos los resultados.

El cambio en mamá no fue de la noche a la mañana, pero fue innegable. Primero dejó la silla de ruedas por un bastón elegante, y semanas después, simplemente empezó a caminar por su cuenta. El pelo le empezó a crecer de nuevo, formando una capa corta y plateada. Se volvió una rutina asomarme a la terraza todas las tardes y verla caminando por la orilla de la playa tomada de la mano de papá. Ya no caminaban con la rigidez de antes; desde lejos, parecían simplemente un par de esposos normales, sin corazas ni títulos, cansados pero muy agradecidos de tener más tiempo.

Desde esa misma terraza, también podía ver cómo mis hermanos por fin encajaban en este mundo. Veía a Lion llegar del puerto al atardecer, siempre manchado de grasa, pero con una sonrisa inmensa tras haber trasteado con los motores de los barcos. Lia se sentaba en el pasto a dibujar durante horas, emocionada porque los arquitectos de Aurora le pedían opiniones sobre las casas flotantes. Y a Mia simplemente la veía correr libre por la arena blanca, persiguiendo las olas sin que absolutamente nadie la regañara por arruinar un vestido.

Era la imagen exacta de lo que siempre había querido. Mi familia junta y a salvo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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