Nosotros en las estrellas - Capítulo 126
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Capítulo 126: 125 – this is me trying
Canción sugerida: This Is Me Trying – Taylor Swift
Después de cada uno de esos encierros en los baños, me lavaba la cara con agua helada hasta que el enrojecimiento de mis ojos bajaba. Retocaba mi maquillaje como si nada hubiera ocurrido, respiraba hondo y volvía a salir al mundo. Caminaba por los pasillos con la barbilla en alto, disfrazando mi colapso con una sonrisa de cortesía, lista para fingir que todo estaba bajo control.
Pero la actuación era insostenible. Sentía que cada día descubría una capa nueva de mi propia incompetencia, y con cada capa, mi energía se escurría un poco más.
Mi frustración no nacía de que me prohibieran hacer cosas. Nacía del hecho aplastante de que las pocas que podía hacer, honestamente, ya no sabía cómo hacerlas.
En el ala de neonatología, me paraba frente a las incubadoras y me quedaba en blanco. Los nuevos protocolos y las interfaces holográficas me resultaban tan ajenos que era como intentar leer un libro de medicina avanzado en un idioma del que me habían cambiado el alfabeto. Veía a los otros médicos y a los practicantes moverse con una agilidad fascinante, tecleando diagnósticos en el aire, mientras yo me quedaba petrificada en la barrera, aterrada de tocar un botón equivocado y lastimar a uno de esos bebés.
Intenté, realmente lo hice, pero cuando estás acostumbrada a no depender de nadie, el aceptar que no sabes es casi que inconcedible, al menos para mí como directora, así que decidí tomar ese papel que siempre odié, el de delegar trabajos, encargándome de todo aquello que realmente podía controlar o que al menos entendía.
En el Consejo, la humillación era más silenciosa, pero igual de letal. Escuchaba a los delegados hablar de tratados, reglamentación y acuerdos que se habían redactado mientras yo luchaba por salvar la vida de Atlas.
Mi mente, que antes era una máquina de procesar estrategias, simplemente no lograba engranar. Cuando intentaba hablar, mis ideas sonaban arcaicas. Ya no refutaba las decisiones, no porque no quisiera, sino porque no tenía las herramientas lógicas para debatir. Solo murmuraba un “de acuerdo” y fijaba la vista en mis manos sobre la gran mesa, sintiendo cómo la lástima de los demás me quemaba la piel.
Esa parte de mí, la chispa rebelde, la líder implacable que siempre me había caracterizado, se estaba asfixiando. “Annie, la valiente” parecía haberse quedado atrapada en el pasado. Aurora Bay, mi mundo, corría ahora a una velocidad vertiginosa, y yo me sentía como un engranaje oxidado que solo entorpecía la máquina.
El punto de quiebre llegó una tarde raramente nublada, después de una sesión del Consejo en la que fui prácticamente un fantasma decorativo en la cabecera de la mesa.
Volví a mi casa en el acantilado mucho antes de lo previsto. Al entrar, el silencio me golpeó con fuerza. Ese día, fui directamente a la habitación vacía que estaba junto a la mía. Esa que solo tenía paredes blancas y cajas de cartón apiladas en una esquina y la fuerte intención de que se convirtiera en la de Atlas.
Cerré la puerta, apoyé la espalda contra la madera fría y me deslicé lentamente hasta tocar el suelo. Abracé mis rodillas lo mejor que mi barriga de seis meses me lo permitió, escondí el rostro y, simplemente, me rompí.
En poco tiempo mi cara se llenó de lágrimas. Lloraba por la brillantez que sentía que había perdido y por el terror absoluto de haberme vuelto irrelevante en la vida que yo misma había luchado por construir.
Escuché pasos pesados venir desde el pasillo, pero no tuve fuerzas ni orgullo para intentar secarme las lágrimas o moverme. La puerta se abrió despacio. Era Matthew, quien siempre había tenido un radar infalible para detectar mis colapsos desde que éramos dos niños asustados en la Tierra.
—Vete —intenté gritarle, pero sonó más como un susurro.
No dijo nada. Solo entró, cerró la puerta a sus espaldas, caminó hasta mí y se dejó caer al suelo de madera a mi lado. Pasó su brazo fuerte por mis hombros y me atrajo hacia su pecho, envolviéndome en un abrazo tan sólido y protector que las pocas barreras que me quedaban se hicieron polvo.
Simplemente dejé que la niña asustada saliera; las lágrimas cayeron lentamente, llenando mi cara y parte de la camisa que Matthew estaba vistiendo. Porque aunque el mundo se cayera a mi alrededor, sabía que con él siempre podía ser la frágil Annie que no tiene miedo a mostrar su tristeza.
—Soy una inútil, Matt —sollocé, soltando por fin el veneno que me estaba matando—. Ya no sé cómo ser yo.
Él apoyó la barbilla en mi cabeza, apretándome contra él mientras yo temblaba. —No eres una inútil, Annie. Solo estás… cansada.
Yo sabía que realmente el cansancio estaba lejos de ser la razón por la que me estaba quebrando y estaba cansada, pero de esconder que me sentía tan inútil.
—¡No es cansancio! —mi voz salió completamente rota—. ¡Es que no entiendo nada! El hospital, el Consejo, los monitores… todo cambió. Y ahora mírame. Me quedo paralizada frente a una cuna porque no sé leer una puta pantalla. Ya no sirvo para esto.
Matthew dejó de abrazarme. Me tomó por los hombros y me obligó a sostenerle la mirada; sus ojos se clavaron en los míos, pedía a gritos que lo escuchara.
—Escúchame muy bien, Annie Baldwin, porque solo lo voy a decir una vez —me dijo, con la voz ronca pero implacable—. No eres una inútil, tampoco es el fin del mundo y, si Aurora Bay siguió avanzando mientras estuviste en esa cama, es porque eso es lo normal. Entiendo que te sientas fuera de lugar, Ann.
Levantó una mano y me secó una lágrima con el pulgar, con una firmeza que me obligó a dejar de temblar.
—Perdóname por no darme cuenta de que te estaba costando tanto volver. —Su mirada bajó a mi vientre. —Estaba ocupado, tratando de que tú y Atlas se sintieran cómodos, protegidos, que… simplemente se me olvidó que habías estado fuera todo este tiempo.
—No es que me protejas, es que simplemente ya no encajo aquí. —Solloce.
—¿Cómo que no, Annie? Nadie pertenece aquí… ¿Se te olvida que venimos de otro planeta? —Su voz tan firme como la de un regaño—. Pero si el hecho de que la ciudad siga avanzando sin ti te preocupa, pues te voy a enseñar de nuevo a ser parte de Aurora, a encajar de nuevo; yo y todos, Annie, somos una familia. Terminó con esa sonrisa, esa que prometía que todo estaría bien.
Matthew cumplió su palabra.
Los siguientes tres meses fueron una reconstrucción total. No me frenaron; me entrenaron. Abby empezó a visitarme cada tarde en la Casa del Acantilado. Se sentaba conmigo en el sofá, desplegaba los simuladores holográficos del hospital y, con una paciencia infinita, me enseñó a leer las nuevas interfaces de neonatología paso a paso, hasta que mis dedos volvieron a moverse con la misma agilidad y memoria muscular de antes.
Matthew, por su parte, se convirtió en mi tutor político privado. Antes de cada sesión, me llevaba los archivos resumidos, me explicaba el contexto de los nuevos tratados del norte y debatíamos las estrategias en mi comedor. Volví a afilar mis argumentos. Mi mente, que había estado aletargada por el trauma y el miedo biológico, por fin volvió a encontrar respuestas en el caos.
Y así, armada de nuevo con mi confianza, llegué a mis ocho meses de embarazo.
A estas alturas, el cansancio mental había desaparecido, pero el físico era innegable. Me sentía como un camión de carga pesada. Estaba inmensa, me dolía la espalda baja y me moría de calor todo el maldito día.
Esa mañana me desperté con la agilidad de una tortuga volteada sobre su caparazón. Intenté girarme, solté un quejido ronco y, por fin, logré sentarme en el borde de la cama, agarrándome la barriga con las dos manos.
—Buenos días, Atlas —murmuré, frotando la piel tensa bajo mi camisón—. Si pudieras dejar de usar mis costillas como trampolín de despegue, te lo agradecería muchísimo.
Atlas respondió de inmediato con un golpe seco justo bajo el diafragma. Entendido, no iba a parar.
Me levanté, fui al baño y, al salir, caminé con paso pesado por el pasillo hasta la habitación de al lado, esa que debía comenzar lo antes posible antes de que llegara Atlas y lo que encontrara fuera cajas en lugar de su habitación.
Quizá ese era el día, aquel en el que por fin debía ponerle un poco más de orden a la casa que llamaba hogar, pero cuando estuve a unos pasos de esa puerta, la cual nunca cerraba, pero que ese día estaba cerrada, escuché un ruido inusual; quizá un animal se había entrado, eso fue lo que pensé.
Abrí lentamente la puerta, incluso cuando mi mente me decía que no debía entrar, que si era un animal, quizá debía llamar a Matthew, pero mi independencia me ganó. Pero al abrir, no saltó un animal directo a mí.
La habitación ya no era esa llena de paredes blancas y cajas apiladas en los lados; ahora las paredes estaban pintadas de un azul degradado que imitaba el mar de Aurora. En el centro, sobre una cuna de madera clara, colgaba un móvil de planetas tallados a mano. Había un sillón de lactancia gris perla junto a la ventana, alfombras supersuaves y estanterías bajas llenas de cuentos.
Froté mis ojos; quizá era un sueño, quizá era mi imaginación. Incluso cuando esto era más de lo que pensaba, podía ser la habitación de Atlas. Di unos pasos más caminando hacia la cuna que estaba perfectamente ubicada; necesitaba tocarla para darme cuenta de que era real, pero en cuanto llegué, salté con los gritos que vinieron detrás de mí.
—¡Sorpresa! —Casi caigo del susto; aún no salía el sol; era obvio que no esperaba a nadie en mi casa.
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