Nosotros en las estrellas - Capítulo 127
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 127: 126 – Talking to the Moon
Canción sugerida: Talking to the Moon – Bruno Mars
Di un salto, llevándome la mano al pecho, sintiendo el corazón acelerado. Se habían escondido justo detrás del marco de la puerta, en aquel lugar que nunca hubiera pensado que ellos pudieran estar a estas horas. Allí estaban amontonados Lia, Lion, Mia, Matthew, Abby y Emilia, que corrió a abrazarse a mis piernas muerta de risa.
—¿Qué hacen todos aquí tan temprano? —pregunté, intentando sonar como la hermana mayor estricta, pero la enorme sonrisa en mi cara me delató por completo—. Edmund, ¿tú fuiste cómplice de este allanamiento?
Edmund apareció desde el pasillo con una taza humeante de té de jengibre en la mano, impecable como siempre.
—Técnicamente, señorita Annie, el joven Lion hackeó la cerradura biométrica de la entrada antes de que yo pudiera bajar a abrir la puerta. Argumentó que era una intervención necesaria —dijo, pasándome el té.
Le di un sorbo, pasando mi mirada de juicio a Lion, quien todos los días se inventaba una “intervención de seguridad” diferente. Vi sus hombros subir en esa expresión casi infantil que trataba de justificar sus acciones, tal como hacía a diario.
—¡Y lo era! —se defendió, acomodándose la chaqueta de cuero—. Y si me disculpas, tengo que irme volando. Literalmente. Tengo mi primera simulación de carrera en la academia a las nueve en punto y el instructor no perdona. Mañana vengo a reforzar los marcos de las ventanas, por si acaso.
—Lion, por Dios, concéntrate en conducir y deja mi casa en paz —le dije, negando con la cabeza con cariño mientras él se acercaba, me daba un beso rápido en la mejilla y salía corriendo por el pasillo.
Los vi reírse a todos; la escapada matutina había sido un éxito.
Miré a mi alrededor con más calma. Era el cuarto soñado, con un toque maximalista y lleno de magia. Las paredes habían sido pintadas de un azul profundo, casi negro, imitando el manto nocturno del mar de Aurora. Y sobre ese fondo, flotaban dos majestuosas ballenas formadas por intrincadas líneas doradas, como si fueran constelaciones vivas nadando entre miles de estrellas reales. Había delicadas luces cálidas que colgaban del techo, simulando astros cercanos.
Me terminé el té en silencio, asimilando la belleza del lugar, y luego fui a la mecedora gris perla que estaba en el centro de la habitación, justo al lado de la cuna de madera clara.
No podía creer que una simple silla de lactancia fuera tan cómoda. Cerré los ojos por un momento, intentando relajarme; últimamente, estar cinco minutos de pie se sentía como una maratón de mil años; los tobillos me ardían casi al instante.
Al abrir los ojos, todos seguían ahí, mirándome en silencio, intentando descifrar lo que pasaba por mi mente.
—¿Quién armó todo esto en una sola noche? —pregunté, fingiendo esa voz seria que pide explicaciones.
—Trabajo en equipo —dijo Lia, muy orgullosa, dando un paso al frente y señalando el cuarto entero—. Yo diseñé la distribución para que circulara bien la brisa marina. Las paredes y ese mural espectacular de las ballenas son obra de la talentosa Abby. Mia y Emilia ayudaron a ubicar los peluches por categorías y, bueno, Matt y Lion armaron los muebles sin matarse entre ellos. —Miró hacia atrás, donde estaba aún Matt, y bajó la voz a un susurro—. Un milagro que no se ve todos los días.
—En mi defensa, yo soy el hermano mayor y ya tengo una hija —dijo Matthew, alzando a Emilia en sus brazos—. Eso me hace el más competente en esta habitación para saber exactamente qué necesita Atlas.
—Gracias —les dije, sintiendo un nudo espeso de pura gratitud en la garganta—. Es hermoso, de verdad, es perfecto. Pero en serio, ustedes tres, ¿no tienen trabajos importantes en la ciudad a los qué ir?
—Yo me voy al laboratorio ahora mismo —dijo Abby, acercándose para entregarme un pequeño envase térmico de acero—. Pero Alexandra me mandó a traerte esto primero. Panqueques de avena y arándanos.
El estómago me gruñó de inmediato al olerlos, sin que me importara fingir vergüenza.
—Y yo me voy al Consejo —agregó Matthew, dando un paso adelante. Se cruzó de brazos y sacó un tensiómetro digital del bolsillo interior de su chaqueta, desenfundándolo como si sacara un arma—. Pero primero, lo primero. Dame el brazo, Annie.
Rodé los ojos con fuerza, pero le di el brazo dócilmente, sacando y masticando ya el primer panqueque con los dedos. —Eres insufrible. Te veo en la sala de juntas en un par de horas.
—Nada de eso —me corrigió Matthew, ajustando el brazalete alrededor de mi brazo—. Ayer revisaste tres informes de infraestructura seguidos y no te levantaste de la silla en cuatro horas. Tus tobillos parecían muffins a punto de explotar en la bandeja. Hoy no vas a poner un pie en la torre del Consejo.
—Exagerado. Eran muffins pequeños —repliqué, frunciendo el ceño—. Y tengo la reunión con el equipo de hidroponía que enviaron desde Villa Cristal a las diez. Conozco los balances de agua mejor que el propio delegado. No la voy a cancelar.
La máquina pitó suavemente. —Ciento diez sobre setenta —leyó Matthew en la pantalla, suspirando de alivio mientras la apagaba y la guardaba—. Bien. Estás estable. Y no, no la vas a cancelar. La hemos movido estratégicamente.
—Edmund ya preparó la sala de juntas de la planta baja de tu casa, con aire acondicionado extra y agua con hielo —añadió Abby con una sonrisa tramposa y cómplice—. Los delegados vendrán a ti. Eres la jefa, Annie. Haz que el mundo ruede hacia ti. Además, afuera hacen treinta y dos grados. Si sales de esta colina, te vas a asar.
Suspiré, rindiéndome, masticando mi desayuno y sonriendo internamente por la dictadura protectora de los Baldwin-Kavan.
Unos minutos después, uno a uno se fueron despidiendo para continuar con sus vidas, no sin antes asegurarse de que me había comido hasta la última migaja del envase.
Cuando me quedé por fin sola, pasé la mano por mi ahora prominente barriga, trazando círculos imaginarios. Me levanté de esa silla en la que podría haberme quedado a vivir, fui a la ducha y me puse ese vestido de algodón sintético azul marino que amaba porque no me apretaba y me hacía sentir libre.
Horas después, tal y como Matthew lo había ordenado, presidí la reunión de hidroponía desde la cabecera de la inmensa mesa de cristal en mi propia sala. Los delegados enviados por Aurelia desde Villa Cristal pedían los avances y detalles técnicos del proyecto de hidroponía. Era uno de esos desarrollos masivos que nos habían permitido independizarnos alimentariamente, y lo que quizá en algún momento del pasado habría sido un motivo de guerra por el control de recursos, esta vez, y por primera vez en la historia, no lo era.
La reunión se daba en un tono de genuina curiosidad. Desde la ciudad estaban interesados en implementar nuestro proyecto. Era una colaboración internacional real; esa paz diplomática y científica que tanto habíamos pedido por meses ahora estaba ocurriendo en el comedor de mi casa.
En cuanto los delegados se despidieron y salieron escoltados, me levanté despacio y fui directo a la terraza. Quería respirar un poco de aire. El viento del océano me golpeó la cara, revolviéndome el pelo. Todo estaba saliendo tal y como lo habíamos querido, tal y como en algún momento lo habíamos planeado.
Pero, por una extraña razón, en medio de la brisa perfecta, se sentía ese hueco. Aquel vacío denso que había dejado él.
Cada día, y aunque pusiera todas mis fuerzas en concentrarme en ayudar a gobernar Aurora Bay y en cuidar de que Atlas creciera sano, me era inevitable pensar en él. Me era imposible no perderme en aquellos escenarios hipotéticos con los que soñaba a diario: él entrando por esa puerta, él escuchando las discusiones sobre plantas, él sentándose a mi lado a mirar el atardecer.
—Ojalá estuvieras aquí —le susurré al viento, cerrando los ojos. Queriendo que la brisa le entregara el mensaje dondequiera que estuviera; una tonta esperanza de mi parte—. Ojalá estés bien, Ze.
Tragué el nudo en la garganta, me di la vuelta y entré a la casa de nuevo, dejando el anhelo del otro lado del cristal.
Fui a la cocina guiada por el estómago. Edmund estaba allí frente a la estufa, y las verduras frescas que salteaba empezaban a soltar ese olor a ajo y romero que era mi mayor debilidad actual.
—Los señores Baldwin vienen a almorzar —me notificó él, sin girarse, con ese tono casual que usaba para las noticias importantes.
—Edmund… —inicié, preparándome para soltar mi repertorio de evasivas, pero me interrumpió de tajo.
—Me tomé el atrevimiento de anticipar sus objeciones, señorita Annie —dijo él, girándose por fin y limpiándose las manos con un trapo inmaculado—. Les informé que usted probablemente diría que está muy cansada; respondieron que vienen a hacerle compañía en silencio. Les advertí que intentaría cancelar argumentando que tiene trabajo; el señor Arthur dijo que él mismo se encargaría de desconectarle el servidor de la casa. Y ante la excusa de que necesita espacio, la señora Alexandra me ordenó decirle que una madre no es una visita, es una necesidad.
Me quedé con la boca abierta, totalmente desarmada y sin un solo argumento válido a mi favor.
—Así que —concluyó Edmund con una ligerísima curva en los labios—, la mesa estará servida para tres exactamente a la una en punto.
Y a la una en punto, el timbre anunció lo inevitable. Mis padres cruzaron la puerta con una dinámica que me seguía pareciendo irreal. Ya no eran los imponentes e inalcanzables líderes de Villa Cristal; eran, para mi absoluto asombro y terror, dos padres sobreprotectores operando a máxima capacidad.
Arthur ni siquiera me saludó primero; se quedó en el umbral evaluando la estructura del recibidor.
—Ese escalón de la entrada tiene un milímetro de desnivel, Annie. Podrías tropezar. Hablaré con los ingenieros para nivelarlo esta misma tarde —murmuró, antes de por fin acercarse y darme un beso sonoro en la frente.
Alexandra entró detrás de él, apoyándose suavemente en su bastón elegante, luciendo radiante, pero con la otra mano sosteniendo otra cesta térmica.
—Te traje una infusión de jengibre y hojas de menta del jardín —anunció mi madre, yendo directo a la cocina para dársela a Edmund—. Te veo ojerosa, hija. ¿Estás levantando las piernas durante las reuniones como indicó Chris?
Durante el almuerzo, no hubo tregua. Me sentí como una niña de cinco años bajo custodia compartida de máxima seguridad. Si estiraba el brazo para alcanzar la jarra de agua con infusión de frutas, Arthur ya la estaba sirviendo por mí, apartando mi mano con suavidad. Si hacía el mínimo gesto de cambiar de postura en la silla del comedor, Alexandra se levantaba y me acomodaba un cojín ortopédico en la zona lumbar.
—Saben que el embarazo no es una enfermedad terminal, ¿verdad? —dije, pinchando un espárrago con el tenedor, intentando sonar exasperada, aunque en el fondo una calidez inmensa me derretía el pecho.
—No, es un milagro biológico frágil que requiere supervisión táctica constante —respondió mi padre con total seriedad—. Termina tu proteína, Annie. El hierro de esa carne es fundamental para la formación neuronal de mi nieto.
Al atardecer, cuando los soles gemelos comenzaron a bajar y teñir el cielo de lila, la casa por fin quedó en silencio. Mis padres se habían ido después de hacerme prometer que tomaría una siesta.
Subí de nuevo a la habitación de Atlas. La luz naranja del ocaso entraba por el ventanal e iluminaba directamente el mural que Abby había pintado.
Fue entonces cuando la vi.
Debajo de la inmensa ballena estelar inferior, en una esquina sutil cerca de los zócalos, había una frase pintada con caligrafía delgada y dorada:
“Atlas, cuando te sientas perdido, recuerda, nosotros somos las estrella, nosotros siempre en las estrellaZ”.
Esa “Z” al final. Esa frase, nuestra frase.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com