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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 139

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Capítulo 139: EL LUNES

El Harrods de Londres no compraba colecciones de diseñadores emergentes con frecuencia.

Lo hacía quizás dos veces al año. Cuando lo hacía, enviaba a James Whitfield: cuarenta y ocho años, traje de lana gris, el acento específico de los ingleses que han pasado suficientes años en París para mezclar idiomas sin esfuerzo y que evaluaban las propuestas de moda con la misma economía emocional con que otros evaluaban balances trimestrales.

Valentina lo sabía porque lo había investigado la semana anterior.

Dossier breve, construido entre declaración policial y bocetos de la colección: el perfil de Whitfield, las últimas tres marcas que había comprado para Harrods, el precio promedio por pieza que aceptaba en cada categoría. No para ajustar sus precios a los de él. Para saber exactamente desde dónde negociaba.

La diferencia era importante.

La reunión era a las cuatro de la tarde del lunes en el showroom del Marais que Eric le había dejado, el que tenía el estudio en la planta de arriba y la luz de tarde que llegaba por las ventanas altas con esa calidad específica de la luz de noviembre parisina: directa, sin ornamento, que mostraba los colores de la tela tal como eran y no como uno querría que fueran.

Margaux había preparado la sala.

Ocho piezas de la colección otoño-invierno montadas en los maniquíes numerados con el mismo sistema de clasificación que Valentina había inventado en el taller pequeño cuando no tenía equipo y había aprendido que los sistemas propios, por simples que fueran, eran más eficientes que los sistemas ajenos que nadie había pensado para el trabajo específico que uno hacía.

Más tres bocetos de primavera en la pared lateral.

El lino crudo de la pieza central, ahora con su primer corte marcado con tiza, todavía en proceso.

Valentina llegó cuarenta minutos antes.

Recorrió la sala una vez. Ajustó el hombro derecho del abrigo Fénix en el maniquí del centro, que se había corrido medio centímetro durante el transporte y que a los ojos de alguien que no sabía nada de costura no habría importado y a los ojos de cualquier comprador de Harrods importaría exactamente todo.

Margaux la observó hacer el ajuste desde el umbral de la trastienda.

—Está bien —dijo.

—Estará bien cuando esté exacto. —Valentina no levantó la vista.

—Eso también está bien.

Whitfield llegó a las cuatro y tres minutos con una asistente que tomaba notas y una expresión que no daba nada por sentado hasta que había visto todo lo que había que ver.

Las presentaciones fueron breves.

Luego Whitfield empezó a recorrer la sala.

No hablaba mientras miraba. Ese era su método: primero la impresión completa, sin preguntas que dirigieran la atención hacia donde el vendedor quería y no hacia donde el comprador necesitaba mirar. Valentina lo dejó recorrer. No ofreció explicaciones. No señaló los detalles técnicos. No tradujo el concepto en palabras que le ahorraran el trabajo de entenderlo por sí mismo.

Las piezas tenían que hablar.

Si no podían hablar solas, ninguna explicación las iba a salvar.

Cinco minutos de silencio.

Luego Whitfield se detuvo frente al abrigo Fénix.

Lo miró durante un tiempo que habría sido incómodo en cualquier otro contexto pero que en este era simplemente el tiempo que ese abrigo requería.

—El forro —dijo eventualmente.

—Rojo sangre de grana. Teñido en frío para que no pierda la saturación con el lavado. —Valentina.— El contraste con el exterior no es estético. Es estructural. El abrigo tiene dos lecturas: cerrado, es contención. Abierto, es revelación.

Whitfield asintió sin comprometerse todavía.

Siguió recorriendo.

La chaqueta número seis con el codo que ahora estaba exacto. El vestido de novia negro que había aparecido en Vogue Francia y que en el showroom, bajo la luz de tarde, tenía una presencia que las fotografías reducían. Los dos trajes de línea asimétrica con las costuras doradas visibles que no ocultaban el proceso sino que lo convertían en parte del diseño.

—¿Cuántas unidades tiene disponibles de cada pieza? —preguntó Whitfield.

—Depende de la pieza. Las actuales: entre cuatro y ocho por modelo. Las de primavera que tengo en boceto pueden escalarse a quince con el equipo actual.

—¿Sin comprometer la calidad?

—Las costuras doradas son técnica artesanal. No se puede industrializar sin perder lo que hace a la pieza lo que es. Quince es el límite que mantiene la calidad. Si Harrods necesita más volumen que ese, Cicatrices no es el proveedor correcto para ese volumen.

Whitfield la miró.

No con sorpresa. Con algo que era evaluación pasando a reconocimiento.

—¿Tiene precio fijo o hay margen de negociación?

—Hay margen de negociación en los términos de la relación comercial. No en el precio por pieza. —Valentina.— Lo que se vende a Harrods es la misma calidad que se vende en cualquier otra boutique. Si el precio varía según el comprador, la marca no tiene integridad. Y sin integridad, no hay marca.

Fue el momento en que la asistente de Whitfield dejó de tomar notas y levantó la vista.

Whitfield se quedó quieto un segundo.

—¿Ha vendido antes a grandes almacenes?

—No.

—¿Por qué acepta esta reunión entonces?

—Porque Harrods tiene la plataforma de visibilidad internacional que Cicatrices necesita ahora mismo. Y porque si la relación funciona en los términos que acabo de describir, es buena para los dos. Si no funciona en esos términos, es mejor saberlo ahora que después de firmar algo.

Whitfield se tomó el tiempo de mirar una última vez la sala completa.

La luz de tarde sobre los maniquíes. Los colores. Las costuras.

—Quiero cuatro piezas de la colección actual para el piso de diseñadores emergentes y doce de la colección de primavera cuando esté lista, condicionado a aprobación de muestra. —Dijo finalmente.— El precio lo discuto con su abogado.

—No tengo abogado para esto. —Valentina.— Lo discuto yo.

Whitfield procesó eso.

La asistente volvió a tomar notas.

—De acuerdo.

Cuando Whitfield se fue a las cinco y media, Margaux estaba de pie en el centro del showroom con los brazos cruzados y la expresión específica de quien acaba de ver algo que merece ser nombrado.

—Doce piezas de primavera —dijo.

—Condicionado a aprobación de muestra.

—Doce piezas de primavera en Harrods, Valentina.

Valentina recorría la sala recogiendo los bocetos que Whitfield había revisado, devolviéndolos al orden exacto de siempre.

—Necesitamos acelerar la producción de primavera. Y necesito que la pieza central esté terminada en tres semanas.

—¿La del lino crudo?

—Ya tiene nombre.

Margaux la miró.

—¿Cuál?

—Apertura. —Valentina dobló el último boceto.— Se llama Apertura.

Margaux asintió.

Era el tipo de nombre que solo tenía sentido cuando ya se había visto la pieza y que retroactivamente hacía que cualquier otro nombre pareciera equivocado.

—Tres semanas —confirmó.

El teléfono de Valentina vibró cuando estaba apagando las luces del showroom.

Un número de El Cairo que ya conocía.

Tarek Al-Fayed.

Valentina miró la pantalla un momento.

Le había dicho tres días cuando Karim la llamó desde Provenza en medio de la crisis con Santi. Eso había sido semanas atrás. Tarek había esperado con la paciencia calculada de un hombre que sabe que el tiempo es también una forma de presión.

Contestó.

—Señor Al-Fayed.

—Señorita García. —La voz grave. Sin disculpa por el horario.— Entiendo que el proceso legal concluyó satisfactoriamente.

—Sí.

—Bien. —Una pausa.— Entonces ya no tiene excusa para seguir posponiendo nuestra conversación.

Valentina se apoyó contra el marco de la puerta del showroom.

El Marais afuera. Las calles mojadas de la tarde.

—¿Cuándo?

—Esta semana, si puede.

—El miércoles a mediodía. —Tarek no preguntaba.— Le mando la dirección.

—En París. —Valentina.— Yo elijo el lugar.

Silencio.

Luego algo que podría haber sido una exhalación de humor contenido.

—De acuerdo, señorita García.

Colgó.

Valentina miró el teléfono un momento.

Luego lo guardó y bajó las escaleras del showroom hacia la calle.

El miércoles.

Primero: la pieza Apertura y sus tres semanas de producción.

Todo en orden.

Valentina eligió un bistrot en el Sexto Arrondissement.

No el tipo de lugar que elegiría Tarek Al-Fayed si eligiera él: sin maitres con guante blanco, sin mantel de hilo, sin la arquitectura de los restaurantes que cuestan lo que cuestan porque el precio es también una declaración de quién eres y cuánto vales. Solo un bistrot de barrio con bancos de madera y menú en pizarra y la luz específica del mediodía parisino que no mentía ni embellecía.

Era su territorio.

No el de él.

Eso también era un mensaje.

Tarek Al-Fayed llegó exactamente a la hora. Solo, sin asistentes, sin el séquito que habitualmente acompañaba a los hombres de su categoría en los desplazamientos de negocios. Abrigo negro largo. El cabello completamente blanco. La cara de un hombre que ha tomado demasiadas decisiones difíciles para seguir encontrando en ellas algo que lo sorprenda.

Se sentó.

Miró el bistrot sin comentarlo.

Luego la miró a ella.

—Está diferente —dijo.

No era cumplido ni crítica. Era observación.

—Sí. —Valentina le sostuvo la mirada.

El camarero llegó. Tarek pidió agua y un plato del día sin leer el menú, con la eficiencia de quien come por necesidad y no por placer. Valentina pidió lo mismo.

—¿Cómo está Karim? —preguntó Tarek cuando el camarero se fue.

—Pregúntele usted.

—Se lo pregunto a usted porque usted lo conoce de una forma que yo ya no. —Una pausa.— Lo que significa que se hablan.

—Se hablan —confirmó Valentina sin dar más.

Tarek asintió.

Lo procesó con la misma economía de expresión que Valentina había visto en Karim cuando pensaba en algo que no quería revelar hasta haberlo evaluado completamente. La herencia paterna era visible en ese gesto. También en la forma en que sostenía el vaso de agua: los dedos largos, el pulgar en el borde, el control del espacio sin apretarlo.

—Necesito explicarle algunas cosas sobre Al-Fayed Corp —dijo Tarek eventualmente.

—No.

Tarek levantó los ojos.

—¿Perdón?

—No necesita explicarme nada sobre Al-Fayed Corp. —Valentina.— Si Karim quiere que yo sepa algo de la empresa, me lo dice él. Usted y yo no tenemos relación corporativa.

—¿Entonces para qué aceptó esta reunión?

—Porque usted quería tenerla. Y porque tengo curiosidad.

Tarek la miró.

Un segundo largo, del tipo que Valentina había aprendido a no llenar con palabras porque la persona que llena los silencios de los hombres como Tarek Al-Fayed se coloca en posición de querer algo, y ella no quería nada de este hombre excepto la conversación.

—¿Curiosidad sobre qué?

—Sobre usted. —Directa.— Karim pasó cuatro meses desarmando los mecanismos que heredó de usted. Me interesa ver qué aspecto tiene la fuente.

El silencio que siguió tuvo peso.

No de ofensa. Tarek Al-Fayed no era el tipo de hombre que se ofendía con facilidad porque la ofensa requería que el otro tuviera poder para herir y Valentina García, en el mapa de Tarek, no tenía posición de poder.

Eso era exactamente lo que ella quería corregir.

—Es usted directa —dijo.

—Sí.

—Karim no lo era. —Una pausa.— Antes.

—No. —Valentina.— Aprendió a serlo. Con esfuerzo y con ayuda profesional que tuvo que buscar él mismo.

Tarek giró el vaso de agua.

El mismo gesto de Karim. El pulgar en el borde.

—¿Quiere culparme a mí de lo que fue Karim?

—No. —Valentina.— Los padres dan herramientas y los hijos deciden qué hacen con ellas. Karim eligió usarlas de una forma durante años. Ahora elige de otra forma. Eso es de él, no de usted.

—¿Pero?

—No hay pero. Es lo que dije.

El camarero llegó con los platos. Los dos comieron en silencio durante un momento. La comida era exactamente lo que era: sencilla, honesta, sin pretensión.

—Mi empresa está en proceso de rehabilitación —dijo Tarek eventualmente, con la voz de quien ha decidido cambiar de ángulo porque el primer ángulo no le dio lo que esperaba.

—Lo sé.

—La investigación de Al Jazeera dejó daños en la percepción pública que los hechos solos no reparan. Los hechos reparan la legalidad. La percepción se repara con narrativa.

—Con eso tiene razón.

—Karim me habló de Cicatrices. —Una pausa.— De lo que usted construyó. De cómo lo construyó.

Valentina lo miró.

Aquí estaba.

El motivo real de la reunión, envuelto en capas de preámbulo porque Tarek Al-Fayed era el tipo de hombre que no llegaba directo a ningún lugar importante, que siempre construía el camino antes de decir el destino.

—¿Qué le dijo exactamente? —preguntó ella.

—Que construyó una marca desde cero. Con deuda ajena, con sabotaje activo, con un proceso legal encima. Y que la colección de primavera va a estar en Harrods.

—El lunes tuvimos la reunión. Condicionado a aprobación de muestra.

—Lo sé. Whitfield es conocido mío.

Valentina procesó eso sin cambiar la expresión.

Claro que lo era.

—¿Qué quiere, señor Al-Fayed?

Tarek dejó el tenedor sobre el plato.

La miró con la atención completa de un hombre que ha estado midiendo el peso de la persona frente a él durante la última media hora y que ya tiene la evaluación que necesitaba pero que quiere formular la propuesta de la forma correcta.

—Cicatrices tiene una historia. Una historia de mujer que construyó algo contra todo pronóstico. Eso es exactamente lo que Al-Fayed Corp necesita asociado a su rehabilitación pública. No como patrocinio. Como colaboración genuina. Una colección cápsula. Un proyecto que tenga sentido para los dos.

Valentina lo escuchó.

No lo interrumpió.

Cuando Tarek terminó, ella tomó su agua y bebió despacio.

—No.

Tarek parpadeó.

Era probablemente la tercera o cuarta vez en su vida que alguien le decía no de forma tan limpia y sin negociación implícita.

—¿Sin discusión?

—Sin discusión. —Valentina.— Cicatrices no es un instrumento de relaciones públicas para ninguna empresa, incluyendo Al-Fayed Corp. La marca tiene su propia historia. Mezclarla con la rehabilitación de otra marca diluye exactamente lo que la hace valiosa.

—Hay beneficios económicos que…

—El dinero no es el problema. —Valentina sostuvo su mirada.— La integridad de la marca sí lo es. Y eso no es negociable con ningún socio, independientemente de su capital.

Tarek la miró.

Durante un momento largo que no era presión sino algo diferente: el silencio de alguien que acaba de encontrar exactamente lo que buscaba aunque no fuera la respuesta que esperaba.

—Karim dijo que respondería así —dijo eventualmente.

—¿Y aun así vino a proponer?

—Quería verlo en persona.

Y en la expresión de Tarek Al-Fayed, detrás de los setenta años y el abrigo negro y el vaso de agua con el pulgar en el borde, había algo que Valentina no esperaba encontrar: el tipo de respeto que no se declara sino que se instala solo, sin que nadie lo invite, cuando encuentra algo que lo merece.

—La empresa puede buscar su narrativa de otra forma —dijo Valentina.— Tiene suficientes recursos para hacerlo bien si elige las personas correctas. La mejor rehabilitación de la reputación de Al-Fayed Corp es que Karim siga siendo el CEO que está aprendiendo a ser. Sin colaboraciones externas que sirvan de pantalla.

Tarek asintió.

Lento.

—Es usted extraordinaria, señorita García.

—Soy práctica. —Valentina.— Que no es lo mismo.

Tarek hizo algo que Valentina no había visto hacer a ningún Al-Fayed en el tiempo que los conocía.

Se rió.

Breve. Real. Sin el peso de los hombres que ríen para disminuir al otro.

—Karim tiene suerte —dijo.

—Karim está trabajando para merecerla. —Valentina.— Que también es diferente.

Terminaron la comida.

Tarek pagó sin preguntar, con el gesto automático de quien lleva décadas haciéndolo y que en este contexto específico Valentina dejó pasar porque no era la batalla de hoy.

En la acera, antes de separarse, Tarek se detuvo.

—Una última pregunta.

—Adelante.

—¿Lo quiere?

Valentina lo miró.

La pregunta directa del patriarca. La única pregunta que importaba debajo de todo lo demás.

—Eso —dijo ella— es entre él y yo.

Tarek asintió.

Y en ese asentimiento había algo que Valentina leyó correctamente: no decepción sino exactamente lo contrario. La confirmación de que la mujer frente a él no necesitaba su aprobación para nada. Y que eso era, en el vocabulario de Tarek Al-Fayed, la respuesta más satisfactoria que podría haber recibido.

Caminó en dirección contraria.

Valentina se quedó en la acera un momento.

El Sena a dos calles. El ruido de París.

Luego caminó hacia el taller.

Apertura esperaba sus tres semanas de trabajo.

Y el miércoles ya había terminado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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