Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 140
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Capítulo 140: EL PATRIARCA
Valentina eligió un bistrot en el Sexto Arrondissement.
No el tipo de lugar que elegiría Tarek Al-Fayed si eligiera él: sin maitres con guante blanco, sin mantel de hilo, sin la arquitectura de los restaurantes que cuestan lo que cuestan porque el precio es también una declaración de quién eres y cuánto vales. Solo un bistrot de barrio con bancos de madera y menú en pizarra y la luz específica del mediodía parisino que no mentía ni embellecía.
Era su territorio.
No el de él.
Eso también era un mensaje.
Tarek Al-Fayed llegó exactamente a la hora. Solo, sin asistentes, sin el séquito que habitualmente acompañaba a los hombres de su categoría en los desplazamientos de negocios. Abrigo negro largo. El cabello completamente blanco. La cara de un hombre que ha tomado demasiadas decisiones difíciles para seguir encontrando en ellas algo que lo sorprenda.
Se sentó.
Miró el bistrot sin comentarlo.
Luego la miró a ella.
—Está diferente —dijo.
No era cumplido ni crítica. Era observación.
—Sí. —Valentina le sostuvo la mirada.
El camarero llegó. Tarek pidió agua y un plato del día sin leer el menú, con la eficiencia de quien come por necesidad y no por placer. Valentina pidió lo mismo.
—¿Cómo está Karim? —preguntó Tarek cuando el camarero se fue.
—Pregúntele usted.
—Se lo pregunto a usted porque usted lo conoce de una forma que yo ya no. —Una pausa.— Lo que significa que se hablan.
—Se hablan —confirmó Valentina sin dar más.
Tarek asintió.
Lo procesó con la misma economía de expresión que Valentina había visto en Karim cuando pensaba en algo que no quería revelar hasta haberlo evaluado completamente. La herencia paterna era visible en ese gesto. También en la forma en que sostenía el vaso de agua: los dedos largos, el pulgar en el borde, el control del espacio sin apretarlo.
—Necesito explicarle algunas cosas sobre Al-Fayed Corp —dijo Tarek eventualmente.
—No.
Tarek levantó los ojos.
—¿Perdón?
—No necesita explicarme nada sobre Al-Fayed Corp. —Valentina.— Si Karim quiere que yo sepa algo de la empresa, me lo dice él. Usted y yo no tenemos relación corporativa.
—¿Entonces para qué aceptó esta reunión?
—Porque usted quería tenerla. Y porque tengo curiosidad.
Tarek la miró.
Un segundo largo, del tipo que Valentina había aprendido a no llenar con palabras porque la persona que llena los silencios de los hombres como Tarek Al-Fayed se coloca en posición de querer algo, y ella no quería nada de este hombre excepto la conversación.
—¿Curiosidad sobre qué?
—Sobre usted. —Directa.— Karim pasó cuatro meses desarmando los mecanismos que heredó de usted. Me interesa ver qué aspecto tiene la fuente.
El silencio que siguió tuvo peso.
No de ofensa. Tarek Al-Fayed no era el tipo de hombre que se ofendía con facilidad porque la ofensa requería que el otro tuviera poder para herir y Valentina García, en el mapa de Tarek, no tenía posición de poder.
Eso era exactamente lo que ella quería corregir.
—Es usted directa —dijo.
—Sí.
—Karim no lo era. —Una pausa.— Antes.
—No. —Valentina.— Aprendió a serlo. Con esfuerzo y con ayuda profesional que tuvo que buscar él mismo.
Tarek giró el vaso de agua.
El mismo gesto de Karim. El pulgar en el borde.
—¿Quiere culparme a mí de lo que fue Karim?
—No. —Valentina.— Los padres dan herramientas y los hijos deciden qué hacen con ellas. Karim eligió usarlas de una forma durante años. Ahora elige de otra forma. Eso es de él, no de usted.
—¿Pero?
—No hay pero. Es lo que dije.
El camarero llegó con los platos. Los dos comieron en silencio durante un momento. La comida era exactamente lo que era: sencilla, honesta, sin pretensión.
—Mi empresa está en proceso de rehabilitación —dijo Tarek eventualmente, con la voz de quien ha decidido cambiar de ángulo porque el primer ángulo no le dio lo que esperaba.
—Lo sé.
—La investigación de Al Jazeera dejó daños en la percepción pública que los hechos solos no reparan. Los hechos reparan la legalidad. La percepción se repara con narrativa.
—Con eso tiene razón.
—Karim me habló de Cicatrices. —Una pausa.— De lo que usted construyó. De cómo lo construyó.
Valentina lo miró.
Aquí estaba.
El motivo real de la reunión, envuelto en capas de preámbulo porque Tarek Al-Fayed era el tipo de hombre que no llegaba directo a ningún lugar importante, que siempre construía el camino antes de decir el destino.
—¿Qué le dijo exactamente? —preguntó ella.
—Que construyó una marca desde cero. Con deuda ajena, con sabotaje activo, con un proceso legal encima. Y que la colección de primavera va a estar en Harrods.
—El lunes tuvimos la reunión. Condicionado a aprobación de muestra.
—Lo sé. Whitfield es conocido mío.
Valentina procesó eso sin cambiar la expresión.
Claro que lo era.
—¿Qué quiere, señor Al-Fayed?
Tarek dejó el tenedor sobre el plato.
La miró con la atención completa de un hombre que ha estado midiendo el peso de la persona frente a él durante la última media hora y que ya tiene la evaluación que necesitaba pero que quiere formular la propuesta de la forma correcta.
—Cicatrices tiene una historia. Una historia de mujer que construyó algo contra todo pronóstico. Eso es exactamente lo que Al-Fayed Corp necesita asociado a su rehabilitación pública. No como patrocinio. Como colaboración genuina. Una colección cápsula. Un proyecto que tenga sentido para los dos.
Valentina lo escuchó.
No lo interrumpió.
Cuando Tarek terminó, ella tomó su agua y bebió despacio.
—No.
Tarek parpadeó.
Era probablemente la tercera o cuarta vez en su vida que alguien le decía no de forma tan limpia y sin negociación implícita.
—¿Sin discusión?
—Sin discusión. —Valentina.— Cicatrices no es un instrumento de relaciones públicas para ninguna empresa, incluyendo Al-Fayed Corp. La marca tiene su propia historia. Mezclarla con la rehabilitación de otra marca diluye exactamente lo que la hace valiosa.
—Hay beneficios económicos que…
—El dinero no es el problema. —Valentina sostuvo su mirada.— La integridad de la marca sí lo es. Y eso no es negociable con ningún socio, independientemente de su capital.
Tarek la miró.
Durante un momento largo que no era presión sino algo diferente: el silencio de alguien que acaba de encontrar exactamente lo que buscaba aunque no fuera la respuesta que esperaba.
—Karim dijo que respondería así —dijo eventualmente.
—¿Y aun así vino a proponer?
—Quería verlo en persona.
Y en la expresión de Tarek Al-Fayed, detrás de los setenta años y el abrigo negro y el vaso de agua con el pulgar en el borde, había algo que Valentina no esperaba encontrar: el tipo de respeto que no se declara sino que se instala solo, sin que nadie lo invite, cuando encuentra algo que lo merece.
—La empresa puede buscar su narrativa de otra forma —dijo Valentina.— Tiene suficientes recursos para hacerlo bien si elige las personas correctas. La mejor rehabilitación de la reputación de Al-Fayed Corp es que Karim siga siendo el CEO que está aprendiendo a ser. Sin colaboraciones externas que sirvan de pantalla.
Tarek asintió.
Lento.
—Es usted extraordinaria, señorita García.
—Soy práctica. —Valentina.— Que no es lo mismo.
Tarek hizo algo que Valentina no había visto hacer a ningún Al-Fayed en el tiempo que los conocía.
Se rió.
Breve. Real. Sin el peso de los hombres que ríen para disminuir al otro.
—Karim tiene suerte —dijo.
—Karim está trabajando para merecerla. —Valentina.— Que también es diferente.
Terminaron la comida.
Tarek pagó sin preguntar, con el gesto automático de quien lleva décadas haciéndolo y que en este contexto específico Valentina dejó pasar porque no era la batalla de hoy.
En la acera, antes de separarse, Tarek se detuvo.
—Una última pregunta.
—Adelante.
—¿Lo quiere?
Valentina lo miró.
La pregunta directa del patriarca. La única pregunta que importaba debajo de todo lo demás.
—Eso —dijo ella— es entre él y yo.
Tarek asintió.
Y en ese asentimiento había algo que Valentina leyó correctamente: no decepción sino exactamente lo contrario. La confirmación de que la mujer frente a él no necesitaba su aprobación para nada. Y que eso era, en el vocabulario de Tarek Al-Fayed, la respuesta más satisfactoria que podría haber recibido.
Caminó en dirección contraria.
Valentina se quedó en la acera un momento.
El Sena a dos calles. El ruido de París.
Luego caminó hacia el taller.
Apertura esperaba sus tres semanas de trabajo.
Y el miércoles ya había terminado.
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