Nunca Fue un Juego - Capítulo 11
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11: Capítulo 11: La Ciudad de los Cerezos 11: Capítulo 11: La Ciudad de los Cerezos El camino hacia Tokio se hizo más largo de lo esperado.
Thomas caminaba al lado del grupo con paso relajado, como si el mundo peligroso que los rodeaba no le afectara demasiado.
Después de varias horas de silencio incómodo, Henry rompió el hielo.
—Entonces, Thomas… ¿cómo llegaste a nivel 12 tan rápido?
Nosotros apenas acabamos de pasar del 5 al 8 después de matar a ese maldito Guardián.
Thomas sonrió con modestia y se encogió de hombros.
—No fue tan rápido como parece.
Al principio estuve solo.
Me dediqué a cazar monstruos débiles y a evitar a los jugadores más agresivos.
Mi habilidad de creación de hielo ayuda mucho a controlar el campo de batalla.
Puedo congelar el suelo para que los enemigos resbalen o crear lanzas de hielo desde lejos.
Ava lo miró con curiosidad.
—¿Y antes de todo esto?
¿Qué hacías en el mundo real?
Thomas miró hacia el horizonte un momento antes de responder.
—Era estudiante de ingeniería en Corea del Sur.
Vivía con mis padres y mi hermana menor.
Pasaba la mayor parte del tiempo estudiando o jugando Eternal Frontier para desconectar.
Nunca imaginé que terminaría usando hielo de verdad para sobrevivir.
Mi familia… espero que estén bien.
No sé si siguen vivos o si sus cuerpos en la Tierra siguen respirando mientras nosotros estamos aquí.
El grupo se quedó en silencio.
Owen sintió empatía.
Todos cargaban con el mismo peso: familias, amigos, vidas dejadas atrás.
Jacob, que había estado más callado, preguntó tímidamente: —¿Crees que realmente podamos volver algún día?
Thomas suspiró.
—No lo sé.
Algunos dicen que si destruimos el portal o encontramos al ser que nos trajo aquí, quizás haya una forma.
Pero por ahora… solo intento sobrevivir día a día.
La conversación continuó de forma más ligera.
Thomas contó anécdotas graciosas de sus primeros días solo en el mundo: cómo casi muere congelado por su propia habilidad y cómo aprendió a controlar el hielo con precisión.
Henry compartió historias de su taller mecánico, Ava habló un poco más de su madre enferma, y Owen mencionó brevemente su vida tranquila en Tokio antes del cambio.
Después de varias horas de caminata, el paisaje comenzó a cambiar.
Los árboles densos dieron paso a campos abiertos y, finalmente, a lo lejos apareció la silueta de una ciudad amurallada.
Torres de madera y piedra se alzaban imponentes, y entre ellas se veían copas de árboles de sakura que florecían en tonos rosados y blancos incluso fuera de temporada.
—Allí está —dijo Thomas—.
Tokio.
Cuando se acercaron a la gran puerta principal, dos guardias armados con lanzas y armaduras ligeras les bloquearon el paso.
Uno de ellos levantó la mano.
—Alto.
Antes de entrar, debemos verificar que son humanos reales y no entes de este mundo disfrazados.
El otro guardia dio un paso adelante y colocó la palma de su mano sobre un cristal azul que llevaba colgado al cuello.
Una luz suave recorrió el cuerpo de cada miembro del grupo, incluyendo a Thomas.
—Humanos confirmados —anunció el guardia—.
Pueden pasar.
Bienvenidos a Tokio.
Las puertas se abrieron con un sonido pesado.
Al entrar, el grupo se quedó momentáneamente sin palabras.
La ciudad era hermosa.
Calles amplias de piedra pulida se extendían en todas direcciones.
Casas de estilo japonés moderno se mezclaban con edificios más grandes.
Árboles de sakura alineados a lo largo de las avenidas dejaban caer pétalos rosados que flotaban en el aire como nieve suave.
Había fuentes, pequeños parques y gente caminando con relativa calma.
Parecía un lugar pacífico, casi idílico.
—No nos dio tiempo de admirar mucho —murmuró Ava, impresionada.
Antes de que pudieran avanzar más, una voz clara y firme resonó desde una plataforma elevada cerca de la plaza principal.
Una chica joven de cabello negro largo y uniforme blanco estaba de pie allí, hablando con voz amplificada que llegaba a todos los recién llegados.
—Bienvenidos a Tokio.
La chica —Hinata— tenía una presencia serena pero decidida.
A su lado derecho había un hombre alto y de aspecto maduro, con cabello gris en las sienes y una expresión seria.
A su izquierda, un hombre bajo y bastante gordo, con una sonrisa demasiado amplia que no llegaba a sus ojos.
Hinata continuó hablando con voz clara y cálida: —Mi nombre es Hinata.
Como muchos de ustedes ya saben, este mundo ya no es un juego.
Aquí estamos todos atrapados, pero juntos podemos crear un lugar seguro.
En esta ciudad protegemos a quienes quieren vivir sin miedo constante.
Cada uno de ustedes puede aportar algo: cazando, construyendo, curando, defendiendo… A cambio, les ofrecemos refugio, comida, techo y protección contra los peligros del exterior.
Hinata hizo una pausa y miró directamente a la multitud de recién llegados.
—No les pido lealtad ciega ni obediencia absoluta.
Solo que contribuyan con lo que puedan.
Si trabajan juntos, todos podemos sobrevivir.
No quiero que nadie muera inútilmente en el bosque.
Aquí tienen una oportunidad real de vivir.
Mientras hablaba, se notaba que Hinata parecía sincera.
Sus ojos reflejaban preocupación genuina y determinación.
No había malicia evidente en su voz ni en su postura.
Parecía alguien que realmente quería proteger a las personas.
Sin embargo, los dos hombres a su lado daban una impresión muy diferente.
El hombre alto y mayor tenía una mirada fría y calculadora.
El hombre bajo y gordo sonreía de forma excesiva, pero sus ojos pequeños brillaban con algo que parecía codicia o interés oculto.
Hinata señaló hacia ellos.
—Ellos son mis ayudantes principales.
El señor Kuroda —señaló al hombre alto— se encarga de la defensa y el orden.
Y el señor Tanaka —señaló al hombre bajo— se ocupa de la distribución de recursos y el alojamiento.
Kuroda inclinó ligeramente la cabeza con expresión seria.
Tanaka sonrió ampliamente y levantó una mano regordeta en saludo.
Hinata continuó: —Los recién llegados pueden registrarse en el edificio central.
Allí les asignarán un lugar temporal para descansar y les explicarán las reglas básicas de la ciudad.
Recuerden: mientras contribuyan, estarán protegidos.
Bienvenidos a su nuevo hogar.
La multitud empezó a moverse hacia el edificio central.
El grupo de Owen se quedó un momento más atrás, observando.
Thomas murmuró en voz baja: —Hinata parece sincera… pero esos dos de al lado… no me dan buena espina.
Especialmente Tanaka.
Esa sonrisa no es normal.
Henry frunció el ceño.
—Estoy de acuerdo.
El alto parece un militar.
El gordo parece… interesado en otras cosas.
Ava miró a Owen.
—¿Qué piensas tú?
Owen activó Basic Glance discretamente hacia Hinata y sus dos acompañantes desde la distancia.
La información fue limitada, pero suficiente para confirmar que eran humanos.
—Hinata parece genuina en sus intenciones —dijo en voz baja—.
Pero los otros dos… hay algo raro.
Deberíamos mantenernos juntos y observar todo con cuidado.
Isuki Riku habló dentro de su cabeza con tono serio: —Buena decisión.
No confíes en la superficie.
Las ciudades grandes siempre tienen sombras.
Observa a la gente, cómo se mueven, cómo miran.
Especialmente a Tanaka.
Ese hombre oculta algo.
El grupo comenzó a caminar hacia el edificio central junto con el resto de los recién llegados.
Pétalos de sakura caían suavemente sobre ellos mientras avanzaban.
Tokio era hermosa.
Pero debajo de esa belleza, Owen sentía que había algo más oscuro acechando.
Y mientras caminaban, no podía dejar de pensar en las palabras de Thomas: “la ciudad de los esclavos”.
¿Estaban entrando en un refugio… o en una jaula bien decorada?
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