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OBLIGADOS A SOBREVIVIR - Capítulo 37

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Capítulo 37: Capítulo 37: El inicio

La madrugada todavía cubría la ciudad cuando el grupo del Distrito 7 comenzó a moverse. No había ruido innecesario, no había conversaciones largas ni dudas visibles, solo pasos constantes avanzando entre calles vacías bajo un cielo gris que anunciaba el amanecer. La operación llevaba horas decidida y cada uno conocía su función.

Al frente caminaban varios de los más fuertes, armados con objetos improvisados y con la confianza de quienes llevaban tiempo sintiéndose superiores. Detrás venían otros en filas más abiertas, atentos a señales, revisando alrededores, preparados para entrar apenas recibieran la orden.

Y más atrás, sin mezclarse con nadie, avanzaba él.

El líder del Distrito 7 mantenía la calma con una seguridad que parecía natural. Su cuerpo ancho y firme se movía sin prisa, como si el tiempo obedeciera su ritmo. No necesitaba hablar para imponer presencia. Bastaba con verlo caminar para entender por qué nadie discutía sus decisiones.

Uno de sus hombres se acercó unos pasos.

“Todo listo” -dijo

“El contacto confirmó que una entrada quedará abierta” -dijo

El líder no lo miró de inmediato.

“¿Seguro?” -preguntó

“Sí” -respondió el otro

“Dijo que los de vigilancia ya fueron movidos de posición” -dijo

El líder asintió apenas.

“Entonces entramos rápido, golpeamos primero y el resto cae solo” -dijo

No sonaba emocionado. Sonaba convencido.

Mientras tanto, en el colegio del Distrito 8, la oscuridad aún dominaba los pasillos. La mayoría dormía o fingía hacerlo. El cansancio de los últimos días había aplastado a muchos y la tensión constante terminaba cobrando factura incluso en los más atentos.

Pero no todos descansaban.

Raidis caminaba solo por uno de los corredores principales, observando cada detalle por última vez. Había trabajado en silencio durante horas, sin llamar atención, moviendo cosas pequeñas, ajustando posiciones, midiendo distancias, calculando circulación de aire y tiempos de reacción.

Ahora todo estaba listo.

Se detuvo frente al pasillo de entrada principal y miró hacia ambos lados. Las ventanas altas apenas dejaban pasar una línea tenue de luz azulada. Varias rendijas discretas habían sido abiertas en puntos específicos. Objetos comunes escondían mecanismos improvisados. Nadie que entrara con prisa los notaría.

Raidis respiró profundo.

“No perfecto” -murmuró

“Pero suficiente” -dijo

Se agachó junto a una pared y revisó una última conexión hecha con tubos cortos, recipientes y materiales que había reunido en secreto. Carbón, azufre, combustibles, mezclas irritantes, componentes tóxicos en cantidades peligrosas dentro de un espacio cerrado.

No era una bomba.

Era peor.

Un hombre podía correr de una explosión. De un aire envenenado no.

Raidis se puso de pie y se alejó varios pasos.

Desde otro sector del colegio, algunos estudiantes cambiaban posiciones creyendo que seguían instrucciones normales de vigilancia. Otros dormían sin saber nada. Nicole permanecía despierta, inquieta, mirando hacia la oscuridad del pasillo donde había visto desaparecer a Raidis horas antes.

Nora también estaba alerta.

“Algo está haciendo” -dijo Nicole en voz baja

Nora la miró de lado.

“Cuando él se pone así, mejor no interrumpir” -respondió

Nicole no entendió del todo, pero guardó silencio.

Afuera, el grupo del Distrito 7 ya veía el edificio frente a ellos. Oscuro. Quieto. Vulnerable.

Uno de los hombres sonrió.

“Ni se enteraron” -dijo

Otro ajustó el agarre de su arma improvisada.

“Entramos y termina rápido” -dijo

El líder levantó una mano y todos se detuvieron.

Observó el colegio durante unos segundos. Analizó ventanas, acceso, altura, silencio. Su instinto le decía que algo estaba demasiado limpio, demasiado fácil.

Pero también tenía información interna.

Y confiaba más en control que en intuición.

“Primera línea adelante” -ordenó

“Cincuenta entran primero” -dijo

“Rápido, sin gritar, sin detenerse. El resto espera mi señal” -dijo

Los señalados avanzaron de inmediato hacia el acceso lateral que supuestamente había sido dejado abierto.

Una puerta cedió sin resistencia.

Dentro solo había oscuridad.

Uno entró.

Luego otro.

Después diez.

Después veinte.

Después cincuenta cuerpos empujándose con rapidez por el pasillo principal, creyendo que la velocidad era ventaja.

No vieron a Raidis oculto al fondo, observando desde una esquina protegida.

No vieron las marcas en el piso.

No vieron las pequeñas mechas consumiéndose detrás de estructuras improvisadas.

No vieron nada.

Cuando la mayoría estuvo dentro del corredor estrecho, Raidis soltó lentamente la cuerda que sostenía un cierre y activó el sistema.

El sonido fue casi insignificante.

Un clic seco.

Luego varios recipientes se quebraron al mismo tiempo dentro de conductos y compartimentos ocultos.

Y el gas comenzó a salir.

Desde rendijas bajas.

Desde esquinas.

Desde arriba.

Desde ambos extremos.

Una nube espesa y pálida llenó el pasillo en segundos.

Los primeros en inhalarlo se detuvieron confundidos. Intentaron avanzar. Uno llevó la mano a su garganta. Otro perdió equilibrio. Un tercero quiso gritar, pero solo produjo un sonido roto y ahogado.

Entonces empezó la caída.

Uno tras otro.

Sin alaridos largos.

Sin batalla.

Sin gloria.

Cuerpos chocando contra paredes y suelo, convulsionando en silencio, buscando aire donde ya no lo había. Los de atrás intentaron retroceder, pero la presión humana del grupo atrapado les bloqueó salida. Empujaron, tropezaron, cayeron sobre los que ya estaban inmóviles.

El corredor se convirtió en una tumba cerrada.

Afuera, el líder escuchó golpes sordos dentro del edificio. Nada más.

Frunció el ceño.

No había sonidos de combate.

No había órdenes.

No había choque de resistencia.

Solo algo pesado desplomándose repetidas veces.

Un hombre lo miró.

“¿Entramos?” -preguntó

El líder dio un paso adelante.

“No” -dijo

Sus ojos se endurecieron.

“Esperen” -ordenó

Pasaron segundos tensos.

Luego uno de los últimos que había quedado cerca de la entrada salió tambaleándose entre la nube que escapaba por la puerta. Cayó de rodillas a pocos metros, rascándose el cuello, incapaz de hablar. Su rostro estaba morado. Sus ojos inyectados.

Murió antes de tocar el suelo por completo.

El silencio cambió.

Ahora era miedo.

Los del Distrito 7 retrocedieron instintivamente varios pasos.

“Gas…” -susurró uno

“Nos tendieron una trampa” -dijo otro

El líder apretó la mandíbula.

No por la muerte de hombres.

Por haber sido leído.

Dentro del colegio, Raidis avanzó hacia el corredor usando protección improvisada sobre nariz y boca. Sus pasos eran lentos entre cuerpos caídos y aire todavía denso en zonas altas. Miró alrededor calculando resultados.

Muchos.

Muchísimos.

Pero no todos.

Varios no habían alcanzado a entrar. Otros seguían afuera con el líder. Algunos quizá escaparon por puro reflejo antes de la concentración total.

Raidis llegó al centro del pasillo y observó el desastre sin emoción visible.

“Bien” -dijo con voz baja

“Cayó la mayoría…” -murmuró

Levantó la mirada hacia la salida, donde aún quedaban sombras moviéndose afuera.

“Pero faltan más” -dijo

Se quitó la tela de la boca y dejó escapar el aire lentamente.

A lo lejos, el líder gritó órdenes para reorganizarse, furioso pero contenido.

Raidis escuchó cada palabra.

Y sonrió apenas.

No una sonrisa alegre.

Una sonrisa fría.

La de alguien que ya había aceptado pelear solo si era necesario.

Se giró hacia la oscuridad interior del colegio y habló como si el edificio entero pudiera oírlo.

“Si quieren entrar de nuevo…” -dijo

Tomó uno de los objetos caídos del suelo y lo sostuvo con firmeza.

“Entonces tendré que enseñarles cuánto daño puede hacer un solo hombre preparado.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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