Obsesión y pecado - Capítulo 1
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1: La noche anterior 1: La noche anterior Val se despertó tarde.
Otra vez.
El móvil marcaba las once y cuarto y tenía tres llamadas perdidas del trabajo.
Lo miró unos segundos, como si eso pudiera cambiar algo, y lo dejó boca abajo sobre la mesilla.
A su lado, el chico con el que había salido la noche anterior seguía dormido.
Roncaba un poco.
Val no recordaba su nombre, pero al verlo allí, los restos de la noche regresaron de golpe.
Recordó la urgencia con la que la empujó contra la pared del pasillo nada más entrar.
Sus manos tiraban del tirante de su vestido y la besaba con un hambre que casi la asustaba… pero que necesitaba.
El frío de la pared en su espalda contrastaba con el calor de su piel, y ella se aferró a sus hombros mientras él la penetraba con fuerza, jadeos y fricción que no buscaban ternura, sino olvido.
Había sido físico, casi animal, un ruido blanco que le permitió no pensar en nada más que en el ritmo de sus cuerpos chocando.
Val parpadeó y regresó al presente.
Recordó que él había insistido mucho en pagar la última copa.
Eso solía ser mala señal.
Se levantó sin hacer ruido, fue al baño y se miró al espejo.
Tenía buena cara.
O al menos eso era lo que siempre le decían.
El problema era que, últimamente, eso no le servía de gran cosa.
Se duchó rápido, se puso lo primero que encontró y volvió al dormitorio.
El chico seguía allí, estirado como si la casa fuera suya.
Val pensó en despertarlo, pero le dio pereza.
Ya se iría.
En la cocina preparó café mientras revisaba el móvil.
Mensajes sin responder, planes cancelados, un aviso del banco que prefirió ignorar.
Nada nuevo.
Sabía que su vida no era ordenada, pero tampoco un desastre.
Tenía veintiocho años, un trabajo decente, un piso que podía pagar y la libertad de hacer lo que quisiera.
No veía problema.
El sexo nunca había sido un problema.
Al contrario.
Era sencillo, directo, sin promesas raras.
Val siempre se repetía que no quería atarse a nadie.
El móvil vibró otra vez.
Esta vez era su abuela.
Val frunció el ceño.
No solía llamarla a esas horas.
—¿Sí?
La voz al otro lado sonaba cansada.
Demasiado.
Colgó unos minutos después, con el café enfriándose sobre la encimera y una sensación rara en el estómago.
De esas que no sabes explicar, pero que no traen nada bueno.
Miró hacia el pasillo, hacia el dormitorio.
El chico seguía dormido.
Todo seguía igual.
Y aun así, Val tuvo la impresión de que algo acababa de moverse de sitio.
Se puso la chaqueta y salió de casa sin pensarlo mucho.
Por primera vez en bastante tiempo, llegó a pensar que quizá no tenía todo tan controlado como creía.
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