Obsesión y pecado - Capítulo 2
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2: El precio del retraso 2: El precio del retraso El lunes llegó con la sutileza de un golpe en el estómago.
Val se levantó con un dolor de cabeza sordo y esa vibración bajo la piel que conocía bien: una mezcla de ansiedad y hambre física que nada tenía que ver con el estómago.
Revisó el móvil: cinco mensajes de Marcos, su jefe, y tres recordatorios de reuniones que eran poco más que ruido de fondo.
Suspiró, dejando que el aparato cayera sobre la sábana revuelta que aún olía al tipo de la noche anterior.
El café no obró milagros.
Lo bebió de pie, mirando el desastre de su cocina —platos apilados, una mancha de vino seco en la encimera—, y salió a la calle con la chaqueta mal puesta.
Intentaba caminar con paso firme, aparentando que el mundo le pertenecía, pero por dentro sentía que se estaba deshilachando.
Llegó cuarenta minutos tarde.
Al cruzar la zona de oficinas, el silencio de sus compañeros fue la primera bofetada.
Marcos la estaba esperando en la puerta de su despacho de cristal.
No estaba gritando; su mirada era una mezcla de decepción y un deseo turbio que Val sabía manejar a la perfección.
—A mi despacho.
Ahora —dijo él con voz baja.
Val entró y escuchó el “clic” de la puerta al cerrarse.
Marcos se sentó en su sillón de cuero, cruzando los brazos.
—Es la tercera vez esta semana, Val.
No puedo seguir justificándote ante RR.HH.
Ella no se disculpó.
No le salía.
En su lugar, se acercó al escritorio y se sentó en el borde, dejando que la falda subiera lo justo.
Vio cómo la mirada de Marcos bajaba, cómo su respiración cambiaba.
Val odiaba esa dependencia, pero adoraba el poder que le otorgaba.
Sabía que un rato de rodillas bajo esa mesa compraría otra semana de impunidad.
Era un intercambio sucio, directo, sin las complicaciones emocionales que tanto la aterraban.
Cuando salió del despacho diez minutos después, ajustándose la ropa y con el sabor amargo de la humillación mezclado con el alivio, se dio cuenta de que ni siquiera eso la había saciado.
El vacío seguía allí, ensanchándose.
El resto del día fue un borrón.
Cada notificación del móvil era un dedo señalándola: facturas, amigos a los que ignoraba, la vida acumulándose como basura en un rincón.
En un momento de calma, la voz de su abuela regresó: “Val, cuida de ti.
No dejes que nadie te rompa por dentro”.
Se rió con amargura frente a la pantalla del ordenador.
Ya era tarde para eso.
Ella misma se encargaba de romperse un poco cada noche para no sentir el peso de los pedazos.
Al llegar a casa, la soledad del piso la golpeó más fuerte que el hambre.
Nada dentro le daba satisfacción; las paredes parecían cerrarse sobre ella.
Se dejó caer en el sofá, con el cuerpo vibrando por esa necesidad constante de contacto, de intensidad, de algo que la hiciera sentir viva aunque fuera por un segundo.
Abrió el móvil.
Entre las notificaciones, apareció aquel anuncio que había estado rondando su historial: “Se buscan chicas para trabajo discreto y bien remunerado”.
Val se quedó mirando la pantalla.
Sus dedos temblaban un poco.
No era solo el dinero.
Era la idea de profesionalizar ese vacío, de convertir su pulsión en un escudo.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que algo podía cambiar.
O al menos, que el ruido en su cabeza podría apagarse si lo convertía en un oficio.
Algo le decía que su vida estaba a punto de girar.
Y esta vez, no pensaba frenar.
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