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Obsesión y pecado - Capítulo 10

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10: La Liquidación 10: La Liquidación Marcos no se acercó a la cama.

Se mantuvo a una distancia prudencial, con las manos en los bolsillos de su pantalón de sastre, observándola como quien mira un activo que ha dejado de ser rentable.

El silencio en la habitación del hospital solo era interrumpido por el pitido rítmico del monitor cardíaco.

​—He pagado la factura completa —dijo él, con una voz desprovista de la tensión sexual que solía definir sus encuentros—.

El tratamiento, la estancia privada, todo.

Considera que estamos en paz.

​Val intentó hablar, pero su garganta se sentía como si hubiera tragado cristales.

Marcos levantó una mano para interrumpirla.

​—Necesitas reposar.

Los médicos dicen que has forzado la máquina hasta casi romperla.

Tómate lo que queda de semana —hizo una pausa, y su mirada se volvió gélida, despojada de cualquier rastro de afecto—.

El lunes que viene te espero en la oficina.

Pásate por mi despacho a primera hora.

Te tendré preparados los papeles de la liquidación y la carta de recomendación.

​—¿Me estás despidiendo?

—susurró Val, con el corazón acelerado, sintiendo cómo la vía en su brazo le quemaba.

​—Val, seamos realistas —Marcos suspiró, caminando por fin hacia la puerta—.

Lo nuestro fue…

intenso.

Un desliz que se nos fue de las manos.

Pero tengo una esposa que me espera para cenar y dos hijas que no tienen por qué enterarse de que su padre se acostaba con una empleada que termina en urgencias por noches de exceso.

No puedo hacerme responsable de ti.

No somos nada.

Solo fuimos un error necesario para ambos.

​La palabra “nada” resonó en las paredes blancas de la habitación, más dolorosa que la infección que todavía le recorría las venas.

​—Cúrate —añadió él desde el umbral—.

Pero cuando salgas de aquí, búscate otro lugar donde esconderte.

En mi empresa ya no hay sitio para alguien tan…

inestable.

​La puerta se cerró con un clic definitivo.

​Val se quedó sola, mirando el techo.

La fiebre había bajado, pero el frío que sentía ahora era mucho peor.

Se dio cuenta de la ironía: había usado su cuerpo para ganar poder sobre Marcos, para asegurar su puesto, para sentirse intocable.

Y al final, el cuerpo había sido precisamente lo que la había traicionado, convirtiéndola en un “problema” que se soluciona con un cheque y un adiós elegante.

​Estaba sin trabajo, sin abuela, con el cuerpo herido y con la única identidad que le quedaba: la que Soraya le había ofrecido en aquel ático de lujo.

​Extendió la mano hacia la mesilla, donde habían dejado sus pertenencias en una bolsa de plástico.

Buscó el móvil.

La pantalla seguía agrietada, pero funcionaba.

No llamó a Nico.

No llamó a su tía.

Buscó el número de la agencia.

​Si el mundo la veía como “nada”, ella se encargaría de que esa nada fuera lo más cara y oscura posible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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