Obsesión y pecado - Capítulo 13
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13: La jaula dorada 13: La jaula dorada Las 24 horas transcurrieron en una mezcla de ansiedad y esperanza para Val.
Empacó sus pocas pertenencias en una pequeña maleta, con la mente dividida entre el terror a su padre y la promesa de seguridad y dinero que le ofrecía Soraya.
Al mediodía, firmó los papeles de alta, sintiéndose extrañamente expuesta al salir del hospital, como si el viento pudiera susurrar su ubicación a la persona equivocada.
Un lujoso coche negro con cristales tintados, que Soraya había arreglado, la esperaba a la salida.
Val subió sin preguntar, dejando atrás el olor a desinfectante y el recuerdo de su debilidad.
El viaje fue corto, pero el destino, un imponente hotel en el centro de la ciudad, se alzaba como una fortaleza inexpugnable.
No era el típico lugar de encuentros; este era el territorio de la élite, un monumento al poder y la discreción.
En la recepción, Val no tuvo que decir nada.
Un empleado con traje impecable se le acercó, la miró de reojo, y con una sonrisa enigmática, la condujo directamente a un ascensor privado.
Subieron varios pisos, la música suave y el aroma a maderas nobles la envolvían, creando una atmósfera de opulencia que contrastaba con su creciente inquietud.
La suite que la esperaba era de ensueño, tan grande como su antiguo departamento, con vistas panorámicas de la ciudad.
Pisos de mármol, muebles de diseño, obras de arte abstractas en las paredes.
Pero Val no podía disfrutarlo.
Había una tensión en el aire, una sensación de ser observada.
En el centro de la sala, junto a una mesa de cristal, un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje de lino impecable, esperaba de pie.
Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, sus ojos, de un azul tan intenso que parecían perforar el alma, la estudiaban con una curiosidad posesiva.
No era el tipo de cliente que Val solía atender.
Había algo en su postura, en la calma de su mirada, que gritaba peligro y autoridad absoluta.
—Bienvenida, Val.
Soy Alessio Volkov —su voz era grave, con un ligero acento que Val no pudo identificar.
Sonrió, pero la sonrisa no llegaba a sus ojos—.
Gracias por aceptar mi invitación.
Por favor, toma asiento.
Val se sentó en el sofá de cuero, sintiendo cada movimiento observado.
Alessio le tendió una carpeta de cuero.
—Sé que Soraya te ha informado sobre las condiciones básicas.
Sin embargo, me gustaría que leyeras y firmaras este contrato.
Es un acuerdo de confidencialidad y exclusividad por los próximos tres días.
Tendrás acceso a todo lo que necesites, pero a cambio, durante tu estancia, serás mi única compañía.
Val abrió la carpeta.
El documento era extenso, lleno de cláusulas legales y un lenguaje complejo que apenas comprendía.
Había apartados sobre su discreción, su disponibilidad, incluso sobre “actividades recreativas” que la hicieron temblar.
El pago era estratosférico, pero lo que más le impactó fue una pequeña línea al final: “La señorita Valeriana estará a disposición exclusiva del señor Volkov, quien velará por su bienestar y seguridad durante el período acordado, y más allá, si así lo deseara el señor Volkov.” Aquel “y más allá” sonó como una sentencia.
—Señor Volkov…
¿”y más allá”?
—preguntó Val, su voz apenas un susurro.
Alessio se acercó, sus ojos azules fijos en los de ella.
—Val, he investigado sobre ti.
Sé de tu pasado, sé de tus problemas familiares.
Y sé de tu talento.
No eres como las otras chicas.
Estoy dispuesto a protegerte de todo, a darte una vida que jamás hubieras soñado.
Pero a cambio, quiero tu lealtad.
Una lealtad total.
El aire se hizo denso.
Val notó el peso de sus palabras, la advertencia implícita.
Este no era un simple cliente; era un depredador.
La promesa de protección venía con una jaula de oro.
Firmó el contrato con manos temblorosas, la tinta de su firma sellando su destino.
Mientras Alessio guardaba el documento con una sonrisa satisfecha, sus ojos se detuvieron en una puerta discreta al fondo de la suite, casi camuflada con la pared.
Val se preguntó qué habría detrás.
—Ahora, querida Val, déjame mostrarte tu habitación —dijo Alessio, guiándola hacia otra puerta.
Pero antes de abrirla, su mirada se detuvo brevemente en aquella puerta camuflada, y Val sintió un escalofrío.
Instintivamente, supo que aquella era la habitación de la cual emanaba una energía oscura, el “cuarto de tortura” que los rumores de su mundo siempre mencionaban, un lugar para imponer la voluntad, para quebrar el espíritu.
Y Val, ingenuamente, acababa de firmar un contrato que la ponía al alcance de su dueño.
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