Obsesión y pecado - Capítulo 16
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16: El ayuno y el festín 16: El ayuno y el festín El segundo día en la suite no empezó con un desayuno romántico.
Val se despertó con el cuerpo doliéndole de una forma extraña: una mezcla del castigo de la fusta y una tensión acumulada que no la dejaba descansar.
Se miró en el espejo del baño; tenía los labios hinchados y las marcas de los dedos de Alessio en sus muslos empezaban a ponerse amarillentas.
Alessio entró en la habitación cuando ella aún estaba sentada en el borde de la cama.
Llevaba solo un pantalón de seda negra, bajo y desabrochado, dejando ver la línea de vello que bajaba hacia su pelvis y el mapa de tatuajes que le cubría el pecho.
No traía nada de comer, solo un vaso de agua con hielo que dejó en la mesilla.
—Hoy vas a aprender a esperar, Valeriana —dijo él, con esa voz que no admitía réplicas.
Se sentó en una silla frente a ella, cruzando las piernas—.
Tu problema es que siempre has usado el sexo para tapar agujeros rápido.
Hoy, el sexo va a ser el hambre que no vas a poder saciar hasta que yo lo diga.
Lo que siguió fue un juego psicológico y físico que llevó a Val al límite de sus nervios.
Alessio la obligó a tumbarse, desnuda, mientras él usaba sus manos y un juguete de cristal frío para recorrerle cada centímetro de piel.
Pero no era sexo.
Cada vez que Val sentía que el espasmo del orgasmo estaba a punto de estallar en su vientre, cada vez que sus dedos se clavaban en las sábanas buscando apoyo, él se detenía en seco.
—Todavía no —le susurraba al oído, sujetándole las muñecas con una fuerza que la inmovilizaba—.
No es tu placer lo que buscamos hoy, es tu rendición.
La hizo llegar tres veces de forma superficial, apenas rozándola, dejándola en un estado de excitación que era casi doloroso.
Val sudaba, jadeaba y se retorcía, sintiendo que su cuerpo era una cuerda tensa a punto de romperse.
El vacío que siempre sentía se había transformado en un hambre voraz por él, específicamente por él.
—Por favor…
Alessio, entra ya…
—suplicó ella, con la cara hundida en la almohada y las caderas buscándolo desesperadamente.
Él se posicionó sobre ella.
Val sintió el calor de su cuerpo, el roce de su vello contra sus piernas, pero él seguía jugando, rozando su entrada sin terminar de entrar.
La tortura era insoportable.
—Dime qué quieres —ordenó él, agarrándola del pelo para que lo mirara a los ojos.
—Te quiero a ti…
dentro.
Hazlo ya —gimió ella, perdiendo cualquier rastro de orgullo.
Entonces, Alessio entró de golpe.
Fue un impacto seco, profundo, que le sacó todo el aire de los pulmones.
Val soltó un grito; fue un sonido animal de alivio y dolor.
Su espalda se arqueó violentamente mientras sentía cómo él la llenaba por completo, rompiendo esa barrera de ansiedad que llevaba días cargando.
Alessio no fue suave.
La agarró de las caderas con fuerza, marcándola de nuevo, y empezó un ritmo pesado y constante que la golpeaba contra el colchón.
Val sentía oleadas de un placer eléctrico que la hacían temblar de pies a cabeza.
Con cada embestida, sentía que se borraba incluso la culpa.
En el clímax, Val se aferró a los hombros tatuados de Alessio, sollozando mientras su cuerpo colapsaba en una serie de espasmos que la dejaron vacía.
Horas más tarde, el silencio de la suite era pesado.
Val se despertó con la boca seca y la sensación de que algo no iba bien.
Se puso una bata y salió al salón en busca de agua.
La luz del despacho de Alessio estaba encendida y la puerta, mal cerrada.
Se detuvo al oír su voz.
No era la voz del hombre que la había poseído hacía un rato; era la voz del hombre que daba órdenes de muerte.
—…me da igual cuánto llore —decía Alessio, frío como el hielo—.
Atadlo bien en el almacén de la zona este.
Quiero que esté despierto cuando llegue.
Si ese carnicero cree que puede salir de la cárcel y buscar a lo que es mío, le voy a enseñar cómo se corta la carne de verdad.
Traed el instrumental.
Val se quedó helada, apoyada contra la pared del pasillo.
El corazón le iba a mil por hora.
“El carnicero”.
Su padre.
Alessio tenía a su padre.
Estaba planeando torturarlo.
Un escalofrío le recorrió la columna, pero no era solo de miedo.
Había una chispa de una satisfacción oscura y tóxica que empezaba a arder en su estómago.
Quería verlo.
Quería estar allí.
Quería que el hombre que le arruinó la vida supiera que ahora ella pertenecía a alguien mucho más peligroso que él.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Raquel_ORTIZ Necesito de la ayuda de ustedes, me gustaría que opinen, que tal vamos hasta aquí
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