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Obsesión y pecado - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 El santuario de los rotos
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15: El santuario de los rotos 15: El santuario de los rotos Val sintió que el aire se espesaba.

La mano de Alessio en su trenza era un ancla que la mantenía prisionera en el presente, impidiéndole escapar a ese ruido blanco donde solía esconderse.

Sus ojos azules no buscaban su cuerpo; buscaban la grieta en su armadura.

​—Me gusta…

que el dolor sea más fuerte que mis pensamientos —susurró ella, con la voz temblorosa pero honesta.

​Alessio soltó una risa seca, un sonido carente de alegría.

La soltó de golpe y caminó hacia la puerta camuflada en la pared.

Al tocar un panel oculto, la hoja se deslizó sin hacer ruido.

​—Entonces, bienvenida a mi mundo, Valeriana.

Entra.

​El interior no era la mazmorra de cuero y cadenas que ella esperaba.

Era una habitación circular, revestida de terciopelo rojo tan oscuro que parecía negro bajo la luz mortecina.

No había ventanas.

En el centro, una estructura de madera oscura, similar a una mesa de altar, y en las paredes, estanterías con objetos de plata, seda y cristal.

Era un templo dedicado a la disciplina.

​—Arrodíllate —ordenó él.

​Val obedeció.

Sus rodillas impactaron contra la alfombra mullida.

Alessio desapareció de su campo de visión, moviéndose detrás de ella con la agilidad de un depredador.

Escuchó el chasquido de un cierre metálico.

​—En este cuarto, el tiempo no existe.

Tu padre no existe.

Tu pasado es solo una historia mal contada —dijo él, volviendo a su lado.

En su mano llevaba una fina fusta de cuero trenzado—.

Aquí, solo existes tú, yo, y lo que tus sentidos me permitan entregarte.

​Él no la golpeó.

Empezó a pasar la punta de la fusta por el contorno de sus hombros, bajando por la columna hasta la curva de sus nalgas.

El roce era eléctrico, una promesa de fuego que hacía que la piel de Val se erizara en oleadas.

​—Sé que te han roto de mala manera —continuó Alessio, su voz ahora era un arrullo peligroso—.

Te han usado como un vertedero de suciedad.

Pero yo no quiero ensuciarte, Val.

Quiero purificarte a través del fuego.

​De repente, el primer golpe cayó.

No fue brutal, fue seco y preciso, justo debajo de sus nalgas.

Val soltó un grito ahogado que rebotó en las paredes insonorizadas.

El ardor fue instantáneo, una línea de calor que le devolvió la conciencia de su propio cuerpo de una forma que nunca había experimentado con Nico o Marcos.

Con ellos, el dolor era desprecio.

Con Alessio, el dolor era…

atención.

​—Mírame —mandó él.

​Val levantó la vista, con los ojos empañados.

Alessio se había quitado la chaqueta y se había arremangado la camisa de lino, revelando tatuajes que subían por sus antebrazos: intrincadas formas geométricas y runas antiguas.

​—Cada vez que te golpee, me dirás algo que quieras olvidar.

Y yo me quedaré con ese recuerdo.

Será mío, y tú quedarás libre de él.

​Otro golpe, más fuerte.

La piel de Val se encendió en un carmesí violento.

​—¡La llamada!

—gritó ella, con las lágrimas rodando por sus mejillas—.

¡La llamada que no le cogí a mi abuela!

​—Mía —sentenció él, con una gravedad casi religiosa—.

Ese peso ya no te pertenece.

​La sesión continuó durante lo que parecieron horas.

Alessio era un maestro del ritmo; alternaba la agonía de la fusta con caricias de seda y palabras que le abrían el pecho más que cualquier cuchillo.

Val confesó cosas que ni siquiera sabía que recordaba: el olor del perfume de su madre el día que murió, el frío de la tierra bajo sus uñas en el cementerio, el asco que sentía cada vez que Marcos la miraba en la oficina.

​Para cuando Alessio dejó la fusta a un lado, Val estaba exhausta, temblando en el suelo, con la espalda marcada por senderos de fuego.

Pero, por primera vez en años, su mente estaba en silencio.

No había voces, no había culpa.

Solo la presencia masiva de aquel hombre que la miraba con una mezcla de respeto y posesividad.

​Él se arrodilló frente a ella y le tomó la cara entre las manos.

Sus pulgares limpiaron sus lágrimas con una ternura que la desarmó por completo.

​—Has sido muy valiente, pequeña —susurró Alessio.

Se acercó y la besó.

​No fue un beso de cliente.

Fue un beso profundo, cargado de una promesa de protección que la hizo sollozar de nuevo.

En ese momento, Val comprendió el verdadero peligro: Alessio no solo quería su lealtad, quería que ella lo necesitara como se necesita el oxígeno.

​Él la levantó en vilo, como si no pesara nada, y la llevó hacia la cama de la suite principal.

La depositó sobre las sábanas de seda con una delicadeza infinita.

​—Duerme —le ordenó, cubriéndola—.

Mis hombres están en la puerta.

Nadie entrará aquí.

Y mañana…

mañana empezaremos a construir la mujer que realmente eres.

​Val se quedó dormida casi al instante, sintiendo el aroma de Alessio envolviéndola.

Pero en sus sueños, una sombra la perseguía: un hombre con un cuchillo y un papel de préstamo ensangrentado.

​A las tres de la mañana, el móvil de Alessio vibró sobre la mesa de mármol.

Él se alejó de la cama, mirando a Val con una expresión indescifrable antes de contestar.

​—Habla —dijo en voz baja.

​—Señor Volkov —respondió una voz ronca al otro lado—.

Hemos localizado al sujeto.

Está en un motel de mala muerte a diez kilómetros del hotel.

Tiene una foto de la chica y un arma.

¿Qué hacemos?

​Alessio miró a Val, durmiendo en paz por primera vez en su vida.

Una chispa de sadismo puro iluminó sus ojos azules.

​—No lo matéis.

No todavía.

Traedlo al almacén de la zona este.

Quiero que vea lo que ocurre cuando alguien intenta tocar lo que me pertenece.

​Cortó la comunicación y volvió al lado de Val.

Le acarició el cabello trenzado con una mano que, horas antes, la había castigado.

​—Tu pasado viene a por ti, Valeriana —murmuró—.

Pero no sabe que yo soy un monstruo mucho más grande que él.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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