Obsesión y pecado - Capítulo 18
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18: El sabor de la traición 18: El sabor de la traición Val no buscaba afecto, buscaba una grieta en la armadura de Alessio.
Sabía que la vía directa no funcionaba, así que decidió usar una estrategia más instintiva.
Bajó a la cocina y, con una mezcla de firmeza y el descaro que le quedaba, convenció a la cocinera para que la dejara encargarse del almuerzo.
Quería algo real, algo que oliera a hogar, para ver si bajo esa piel de mármol latía algo humano.
Preparó un guiso de carne con especias, de esos que llenan la casa de un aroma denso y cálido.
Cuando Alessio bajó al comedor, se detuvo un segundo al ver a Val sirviendo los platos.
Se sentó en silencio, observando el vapor que subía de la cerámica.
Al primer bocado, sus pupilas se dilataron.
El sabor era casi idéntico al que preparaba su abuela en Sicilia, la única figura de su infancia que no había intentado romperlo.
Sintió una punzada de nostalgia que le apretó el pecho, un eco de una vida antes de la mafia, pero su rostro permaneció como una máscara de piedra.
No le dio el placer de ver una debilidad.
—Está bueno —dijo simplemente, aunque vació el plato sin dejar de mirarla—.
Gracias por el detalle.
Se levantó, limpiándose con la servilleta con movimientos lentos y precisos.
—En dos horas te quiero en la pieza oscura.
He dejado un conjunto de lencería rojo sobre tu cama; póntelo.
Vamos a cerrar este contrato con el pago que te corresponde —sentenció con una frialdad que cortaba antes de salir hacia el garaje.
Val sintió una mezcla de rabia y excitación, pero no se dio por vencida.
Vio a Alessio caminar hacia su coche, pero de pronto él se detuvo, palmeó su cintura y maldijo entre dientes: se había olvidado su arma en el despacho.
Val vio su oportunidad.
Mientras él entraba de nuevo a la casa, ella corrió hacia el garaje con el corazón en la garganta.
Se metió en el maletero del enorme vehículo blindado, acurrucándose entre unas mantas de repuesto justo antes de que el motor rugiera y el coche se pusiera en marcha.
El trayecto fue un suplicio de baches y giros que le revolvieron el estómago.
Finalmente, el coche se detuvo.
Escuchó la voz de Alessio, autoritaria y seca, a través de la chapa: —Abrid el portón.
¿Está todo listo?
¿El sujeto sigue amarrado?
—Sí, jefe.
Está en la silla, tal como pidió —respondió una voz desconocida.
El coche avanzó unos metros más por un suelo de cemento que resonaba con eco, y el motor se apagó.
Val esperó a oír los pasos de Alessio alejarse y el portazo metálico de la entrada del almacén.
Intentó empujar la tapa del maletero desde dentro, buscando la palanca de emergencia, pero el mecanismo estaba bloqueado por el cierre centralizado de seguridad.
Estaba atrapada en una caja de metal a oscuras, justo en el umbral de su venganza.
Sintió una gota de sudor frío bajarle por la espalda.
Si gritaba, los guardias la sacarían y Alessio la castigaría por su desobediencia.
Si se quedaba callada, se perdería el único momento de justicia que había deseado en toda su miserable vida.
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