Obsesión y pecado - Capítulo 19
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
19: Ecos en el metal 19: Ecos en el metal Val estaba encogida en la oscuridad, con el aire empezando a sentirse pesado y caliente por el sol de media tarde que golpeaba la chapa del coche.
De pronto, un estruendo seco hizo que saltara y se golpeara la cabeza contra el techo del maletero.
Un disparo.
Luego otro.
Y un tercero.
El sonido retumbó en las paredes del almacén y se filtró en su escondite como una descarga eléctrica.
Val apretó los dientes, convencida de que Alessio acababa de ejecutar a su padre.
No podía oír nada de lo que pasaba afuera debido al grosor del blindaje, solo el eco sordo de las detonaciones que hacían vibrar su pecho.
Afuera, en el centro del galpón iluminado por la luz que se filtraba por las claraboyas de la tarde, Alessio caminaba con una calma aterradora.
No llevaba máscara.
No la necesitaba; para el hombre atado a la silla, Alessio era lo último que vería en este mundo.
—Salid —ordenó Alessio a sus hombres, moviendo la mano con desdén—.
Dejadme solo con esta basura.
Cuando los guardias se retiraron, Alessio se acercó al padre de Val, quien temblaba con los ojos desorbitados.
Alessio lo miró con un asco profundo.
—Odio a los tipos como tú —dijo Alessio en un susurro gélido—.
Hombres que usan su fuerza para quebrar a quienes deberían proteger.
No pude salvar a mi hermana; murió a manos de un cerdo igual que tú, y mi madre se consumió de tristeza.
Pero hoy voy a hacer justicia por otra mujer.
Sin previo aviso, Alessio había levantado el arma y disparado tres veces al aire, justo por encima de la cabeza del hombre (los disparos que Val escuchó).
El padre de Val sollozó, orinándose encima del terror.
—No te voy a matar todavía.
Eso sería demasiado fácil.
Quiero que sientas el peso de cada minuto que te queda —Alessio guardó el arma—.
Tapadle la boca.
Solo agua.
Quiero que esté bien despierto cuando regrese.
Salió del almacén con paso firme, subió al coche y cerró la puerta.
Eran pasadas las cuatro de la tarde; el sol aún estaba alto.
Tenía la sangre hirviendo y la adrenalina a mil; necesitaba a Val para descargar toda esa tensión.
Marcó su número, esperando que ella respondiera en la suite para decirle que se preparara, que iba a ir con todo esa tarde.
Pero entonces, el sonido ocurrió.
Dentro del coche, justo detrás de su nuca, empezó a sonar el tono de llamada.
El sonido venía del maletero.
Alessio se quedó congelado un segundo.
Luego, una risa ronca y auténtica escapó de su garganta.
Bajó del coche, rodeó el vehículo y abrió el maletero de golpe.
Allí estaba Val, despeinada, pálida y con el teléfono aún vibrando en su mano.
—Pero qué niña tan traviesa…
—dijo él, matándose de risa, una risa que no llegaba a sus ojos pero que llenaba el garaje—.
Te has colado en la boca del lobo, Valeriana.
No tienes ni idea del castigo que te espera por esto.
La agarró del brazo y la ayudó a bajar, pero con un tirón firme que le recordó quién mandaba.
—Sube delante, conmigo —ordenó.
Una vez en marcha bajo el sol de la tarde, Val estaba pálida.
Creía firmemente que los disparos habían sido el final de su padre.
—¿Está muerto?
—preguntó ella con voz temblorosa, mirando por la ventana—.
Los disparos…
¿Lo has matado?
—No está muerto.
Todavía no —cortó él en seco, sin apartar la vista de la carretera, aunque su mano apretó el muslo de Val con una fuerza posesiva—.
Y no hagas más preguntas.
Te lo contaré todo cuando terminemos de divertirnos.
Ahora mismo, solo piensa en cómo vas a compensarme por tu desobediencia.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com