Obsesión y pecado - Capítulo 22
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22: La larga espera 22: La larga espera Val tomó la pluma.
El metal estaba frío, igual que la mirada de Alessio.
Firmó con un trazo rápido, casi antes de que su cerebro pudiera arrepentirse.
En cuanto dejó la pluma sobre la mesa, Alessio tomó el papel, lo guardó en la caja fuerte y se levantó.
—Bien.
Ahora que eres oficialmente mía, vamos a empezar con la regla número uno: la transparencia.
Se acercó a ella, pero no para besarla.
La rodeó como un lobo evaluando a su presa y se detuvo detrás de su silla, apoyando las manos en los hombros de Val.
Su peso se sentía como una advertencia.
—Mañana a primera hora iremos al almacén.
Pero no vas a ir como una espectadora pasiva.
Si quieres ver cómo termina la vida de ese hombre, vas a tener que demostrarme que tus manos no tiemblan ante la sangre.
Porque en mi mundo, Valeriana, no hay espacio para las víctimas.
Solo hay verdugos y aliados.
Val tragó saliva.
Alessio se inclinó, rozando su oído con los labios, pero su voz no era de deseo, sino de una intensidad oscura.
—Esta noche no dormirás en tu habitación.
Dormirás en la mía.
Pero no en la cama.
Quiero que entiendas que tu permanencia aquí no es un regalo, es un servicio.
La llevó hacia su dormitorio principal, un espacio minimalista, gris y vasto.
En una esquina, había una alfombra de piel negra frente a un gran ventanal que daba al jardín oscuro.
—Mañana vas a ver a un hombre suplicar por su vida.
Para que tus nervios aguanten, esta noche vas a practicar la quietud.
La obligó a sentarse en la alfombra, de rodillas, y le puso un collar de cuero fino que sacó de su mesilla.
No estaba atado a nada, solo era el peso del cuero en su cuello.
—Te quedarás aquí, a los pies de mi cama, mientras yo descanso.
Si necesito agua, me la sirves.
Si me despierto y quiero que me toques, lo haces.
Pero no puedes cerrar los ojos hasta que el sol salga por ese ventanal.
Si te duermes, mañana no verás a tu padre.
Alessio se desvistió con total naturalidad, quedando solo en ropa interior, y se metió en la cama.
El contraste era brutal: él, el amo absoluto, descansando con la respiración pesada de quien no teme a nada; ella, la mujer que había firmado su libertad, velando su sueño como una guardiana silenciosa bajo la luz de la luna.
Durante la noche, el silencio fue su mayor tortura.
Val miraba la silueta de Alessio, sintiendo una mezcla de odio por su arrogancia y un deseo enfermizo por su fuerza.
En un momento de la madrugada, él se movió y, sin abrir los ojos, murmuró: —Ven aquí.
Val se acercó gateando al borde del colchón.
Alessio extendió una mano y le acarició el cabello con una ternura que la descolocó por completo, una caricia que no encajaba con el hombre que acababa de darle un papel con reglas de hierro.
—Me alegra que te hayas quedado —susurró él, todavía entre sueños—.
No me hagas arrepentirme de no haberte dejado ir.
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