Obsesión y pecado - Capítulo 23
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23: El amanecer de un nuevo día 23: El amanecer de un nuevo día Alessio se despertó cuando los primeros rayos de luz de la mañana empezaron a filtrarse por el ventanal de su habitación.
Por primera vez en años, no saltó de la cama con el arma en la mano.
Se quedó inmóvil, sintiendo un calor inusual contra su pecho.
Val estaba allí, enredada entre sus brazos y las sábanas de seda.
Él nunca permitía que nadie se quedara después del sexo; sus sábanas eran un territorio sagrado y solitario.
Pero esa noche había sido diferente.
La había subido de la alfombra a mitad de la madrugada, incapaz de verla allí tirada mientras él descansaba.
Se dio cuenta de que Val, incluso dormida, tenía una mano cerrada posesivamente sobre su miembro, un gesto inconsciente que le sacó una media sonrisa.
Se inclinó y le dio un beso suave en la frente.
—Ay, mujer…
ni durmiendo dejas de provocarme —susurró con la voz ronca del sueño.
Val se sobresaltó, abriendo los ojos de golpe al escuchar su voz tan cerca y sentir el roce de su aliento.
Se encontró con la mirada oscura de Alessio, que la observaba con una intensidad que ya no era solo deseo, sino algo mucho más profundo y peligroso.
—Buenos días, pequeña traviesa —dijo él, dándole un apretón juguetón antes de levantarse—.
Dúchate y baja.
He pedido a la cocinera que nos prepare un desayuno potente.
Lo vas a necesitar para lo que viene hoy.
Bajaron al comedor veinte minutos después.
El olor a café recién hecho, huevos, tocino y pan tostado llenaba el aire.
Comieron casi en silencio, pero no era un silencio incómodo, sino el de dos soldados antes de una batalla.
—Hoy cerramos el círculo —dijo Alessio, dejando la taza de café—.
Vamos a ir al almacén.
Vas a enfrentarte a él.
Quiero que comas bien, porque no quiero que te desmayes cuando veas la realidad de frente.
Val asintió, forzándose a tragar cada bocado.
La protección de Alessio se sentía como una armadura invisible.
Se prepararon, ella se puso algo cómodo pero oscuro, y salieron hacia el destino que cambiaría su vida para siempre.
Al llegar, el aire dentro del almacén estaba viciado, oliendo a humedad y al miedo rancio que emanaba del hombre atado a la silla.
Cuando Alessio y Val entraron, los guardias se cuadraron.
Alessio le hizo una seña a uno de ellos, quien le arrancó la cinta adhesiva de la boca al prisionero.
—¡Valeriana!
¡Hija, por Dios!
—el hombre empezó a sollozar en cuanto la vio.
Estaba demacrado, con los ojos hundidos—.
Dile a este animal que me suelte.
Soy tu padre, Val…
soy tu única familia.
No puedes dejar que me hagan esto.
Val se acercó lentamente.
Alessio se mantuvo a dos pasos detrás de ella, como una sombra protectora, y le puso el arma en la mano.
El peso del metal estaba frío, pero el corazón de Val ardía.
—¿Familia?
—preguntó Val con la voz quebrada, las primeras lágrimas asomando en sus ojos—.
Tú acabaste con mamá.
Me vendiste pieza por pieza para pagar tus deudas hasta que no quedó nada de la niña que yo era.
Tú me rompiste mucho antes de que Alessio me encontrara.
—¡Estaba desesperado!
¡Perdóname, hija!
—suplicó él, intentando forcejear.
—La familia no destruye lo que ama para salvarse a sí misma —sentenció ella, limpiándose una lágrima rebelde con el dorso de la mano.
Su mirada se volvió de acero—.
Tú no eres mi familia.
Solo eres el hombre que me enseñó que el mundo es un lugar asqueroso.
Val levantó el arma.
No le tembló el pulso.
Apuntó directamente al corazón de su padre.
Antes de que él pudiera decir otra palabra, ella apretó el gatillo.
El estruendo fue definitivo.
El cuerpo del hombre se sacudió y quedó inerte.
El silencio que siguió fue sepulcral.
Val soltó el arma como si quemara y se dio la vuelta rápidamente, hundiéndose en el pecho de Alessio.
Se aferró a él, rompiendo en un llanto incansable, un llanto que soltaba años de abusos.
Alessio se ablandó por completo.
La rodeó con sus brazos, apretándola contra su cuerpo, y le acarició el cabello con una delicadeza que asombró a sus propios hombres.
—Ya está.
Se acabó —le susurró.
Miró a sus muchachos—.
Quemadlo todo.
Que no quede ni una evidencia.
Tira esa arma al ácido —ordenó.
La guio fuera del almacén.
Antes de subir al coche, la tomó por la barbilla.
—Lo hiciste bien, mi pequeña valiente.
Ya terminó tu pesadilla.
Al llegar a casa, Alessio no la dejó sola ni un segundo.
La llevó al baño y preparó una tina con agua muy caliente y sales relajantes.
Ayudó a Val a sumergirse, quedándose a su lado, lavando sus hombros con la esponja mientras el vapor llenaba la habitación, intentando borrar con su cuidado el rastro de la pólvora y el dolor.
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