Obsesión y pecado - Capítulo 27
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27: El acero tras la seda 27: El acero tras la seda El estruendo de los disparos rítmicos llenaba el sótano.
Val sentía el retroceso del arma subiendo por sus brazos, pero ya no retrocedía.
Alessio estaba justo detrás de ella, sus manos grandes corrigiendo la firmeza de sus muñecas cada vez que el arma se desviaba un milímetro.
La joya de diamantes negros que él le había regalado brillaba bajo las luces fluorescentes, un recordatorio constante de que ahora era una posesión de alto valor.
—No mires el arma, mira el objetivo —le ordenó Alessio con voz profunda—.
En este mundo, si parpadeas, mueres.
Val vació el cargador.
Esta vez, todos los impactos estaban agrupados en el pecho de la silueta.
Se giró hacia él, con las mejillas encendidas por el esfuerzo y el cabello pegado a la frente.
Alessio la miró con una mezcla de orgullo y un deseo oscuro que no intentó ocultar.
La tomó por la cintura y la pegó a la pared fría del polígono, besándola con una ferocidad que sabía a pólvora.
—Eres una aprendiz rápida, mi pequeña —susurró contra sus labios—.
Pero el peligro no siempre viene de frente.
Mientras ellos se perdían en esa pasión adrenalínica, en el despacho privado de Vittorio Volkov, el detective Dimitri colocaba una carpeta sobre el escritorio de caoba.
—He encontrado algo, señor —dijo Dimitri con voz plana—.
La mujer, Valeriana, no es una desconocida para el bajo mundo.
Era la asistente personal de un tipo llamado Marcos.
Pero hay más: su padre era un deudor de poca monta que desapareció hace apenas 48 horas.
Curiosamente, la última vez que se le vio fue cerca de una propiedad de su hijo.
Vittorio entornó los ojos, dejando que el humo de su habano flotara en el aire.
Sus sospechas se confirmaban: Val no era una “aliada estratégica”, era un cabo suelto emocional que Alessio estaba tratando de ocultar.
—Sigue tirando del hilo —ordenó Vittorio—.
Si Alessio está limpiando los desastres de esta mujer, está poniendo en riesgo nuestra imagen política.
Y no voy a permitir que una cara bonita destruya lo que hemos construido con sangre.
Mientras tanto desde el otro lado de la ciudad, Marcos se desplomó sobre el colchón manchado del apartamento alquilado, un espacio que no era más que una caja de zapatos comparado con la vida de lujos que su esposa, Helena, le había financiado durante años.
El silencio del cuarto era interrumpido solo por el goteo constante de un grifo y el eco de su propia rabia.
Todavía sentía el calor de la humillación en su rostro; el momento exacto en que Helena, tras escuchar esa llamada ebrio dirigido a Val, y tras revisar su celular y ver el mensaje que el la habia enviado a Val, ella furiosa le lanzó las llaves a la cara y le ordenó a los guardias que lo sacaran como a un perro, habia sospechado desde hace un tiempo que Marcos tenía un amante y ese dia comprobó.
—Esa maldita…
—gruñó Marcos, mirando una botella de whisky barata a medio vaciar—.
Todo es por ella.
Si Val no se hubiera vuelto tan arrogante, si no me hubiera provocado para que yo la buscara así…
Helena nunca se habría enterado.
En su mente distorsionada, Marcos no era el responsable de su propia infidelidad ni de su incompetencia.
Para él, Valeriana era una parásita que le había robado la estabilidad y ahora se regodeaba en las sábanas de un mafioso.
Con los dedos temblorosos, volvió a intentar marcar el número de Val, solo para escuchar de nuevo la fría voz grabada que le informaba que la línea ya no existía.
Ese silencio electrónico lo enfurecía más que cualquier insulto.
Estaba convencido de que Val lo había planeado todo: seducirlo, arruinar su matrimonio.
Necesitaba encontrarla, no por amor, sino porque en su lógica enferma, ella le “debía” la vida que él acababa de perder.
Mientras tanto, en la penumbra del despacho principal de la mansión Volkov, el ambiente era drásticamente distinto.
Vittorio Volkov no gritaba; su furia era un iceberg, silenciosa y letal.
El detective Dimitri le entregó un informe detallado que no solo hablaba de Marcos, sino de algo mucho más oscuro y comprometedor.
—Y eso no es todo, señor —dijo Dimitri, manteniendo la vista en el suelo—.
No era solo una asistente.
Valeriana estuvo bajo la tutela de Soraya.
Trabajó en “El Terciopelo”.
Vittorio dejó escapar una bocanada de humo de su habano, sus ojos grises brillando con una luz peligrosa.
Conducir los hilos de la política y el crimen organizado requería una reputación impecable, y que su hijo hubiera metido a una mujer de esa procedencia en el corazón de su hogar era un insulto personal.
—Así que mi hijo cree que puede convertir el carbón en un diamante —susurró Vittorio con una calma aterradora—.
Alessio la sacó de ese lugar, pagó sus deudas y pretendía que yo la aceptara como una igual.
Una mujer que perteneció a Soraya no es una aliada, es una vulnerabilidad.
Vittorio se puso en pie y caminó hacia la ventana que daba al jardín, donde podía ver a lo lejos las luces del polígono de tiro subterráneo.
Sabía que Alessio estaba allí, entrenándola, convirtiéndola en un arma.
Pero para Vittorio, no importaba cuánta puntería tuviera Val; su pasado era una mancha que no se quitaba con pólvora.
—Dimitri, no intervengas con el tal Marcos todavía —ordenó el patriarca—.
Deja que su desesperación crezca.
Un hombre que lo ha perdido todo es capaz de hacer el trabajo sucio por nosotros.
Quiero que ese infeliz sienta que tiene una oportunidad de recuperarla.
Y mientras tanto, prepara una invitación especial para una cena.
Quiero que Soraya esté presente.
Quiero ver la cara de mi hijo cuando su “tesoro” sea reconocido por su antigua dueña frente a toda la élite de la ciudad.
En el sótano, ajena a la tormenta que su suegro estaba planeando —Estás lista para salir, Val —dijo Alessio, acercándose para limpiar una mancha de sudor de su frente.
Val lo miró a los ojos, sintiendo el conflicto interno.
Ella sabía que el secreto de Soraya y su tiempo en el club eran la única cosa que realmente podía destruirlos.
Pero bajo el abrazo protector de Alessio, por un momento, se permitió creer que el pasado realmente había muerto.
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