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Obsesión y pecado - Capítulo 28

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28: La invitada de piedra 28: La invitada de piedra El sudor se enfriaba en la piel de Val mientras subían del polígono subterráneo.

Alessio caminaba con una mano pesada sobre su hombro, una caricia que también era un anclaje.

Ella sentía el peso del diamante negro en su cuello, pero más pesado sentía el secreto de Soraya quemándole la garganta.

Al entrar en el ala principal de la mansión, el aire cambió.

Ya no olía a pólvora, sino a ese perfume caro y seco de Vittorio.

El patriarca estaba en el salón, dejando que el humo de su habano flotara hacia el techo artesonado, con una carpeta de cuero sobre sus rodillas que cerró en cuanto los vio aparecer.

​—Alessio —dijo Vittorio sin girarse, con esa voz que parecía vibrar desde el suelo—.

Mañana por la noche daré una cena de gala.

Es un evento de etiqueta para mis socios más cercanos y algunos contribuyentes de la campaña.

​Alessio se tensó, sus dedos apretaron instintivamente el hombro de Val.

Sabía que su padre no movía un dedo por cortesía; cada invitación era una trampa o una prueba.

​—Valeriana necesita descansar, padre.

El entrenamiento de hoy ha sido intenso —respondió Alessio, tratando de mantener la voz plana, aunque el instinto de protección le gritaba que la sacara de allí.

​Vittorio se giró lentamente.

Sus ojos de acero recorrieron a Val de arriba abajo, deteniéndose en el diamante negro que colgaba de su cuello.

Una sonrisa fría y calculadora se dibujó en su rostro.

​—Al contrario, hijo.

Es el momento perfecto para presentarla.

Si es “tu mujer”, debe empezar a moverse entre los lobos antes de que se la coman viva.

He invitado a personas que conocen muy bien esta ciudad y sus rincones más oscuros.

De hecho, he invitado a una mujer que sabe apreciar la belleza y, sobre todo, el valor de una buena mercancía.

Soraya estará aquí.

​El nombre golpeó a Val como un puñetazo en el estómago.

El aire se le escapó de los pulmones y sintió que el suelo se inclinaba.

Alessio no parpadeó, pero su mandíbula se marcó tanto que pareció que iba a estallar.

Soraya no era una amiga; era una mujer egoísta que solo se movía por el beneficio propio y el placer de ver a otros bajo su tacón.

Si veía a Val allí, vestida de seda y diamantes, no vería a una mujer protegida, vería una deuda pendiente o un secreto que vender al mejor postor.

​Vittorio se puso en pie, caminó hacia ellos y se detuvo frente a Val, exhalando una nube de humo que la envolvió.

​—Espero que estés a la altura, muchacha.

Soraya tiene una memoria excelente para los rostros que han pasado por sus manos.

Mañana veremos si eres un diamante de verdad o simplemente una piedra que mi hijo recogió del barro.

​Alessio no esperó a que su padre dijera nada más.

Agarró a Val por el brazo y la guio escaleras arriba hacia su dormitorio.

Una vez dentro, cerró la puerta con llave y la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo a los ojos.

Ella estaba temblando, las lágrimas de puro terror asomando en sus pestañas.

​—Escúchame bien —le dijo Alessio con una intensidad que rozaba la furia—.

Mi padre está jugando a ser Dios.

Quiere ver si te quiebras, quiere ver si agachas la cabeza cuando esa mujer entre por la puerta.

​—Alessio, Soraya me va a destruir —susurró Val con la voz rota—.

Ella sabe todo.

Sabe quién era mi padre, sabe lo que hice para sobrevivir…

me va a vender delante de todos esos políticos.

​—No lo hará —cortó él, pegando su frente a la de ella—.

Soraya es egoísta, solo piensa en ella misma.

Y yo me encargaré de que entienda que su vida depende de su silencio.

Mañana vas a entrar ahí con el vestido más caro de esta ciudad.

Vas a llevar mis joyas y vas a mirar a Soraya como si fuera la basura que limpia tus suelos.

Si ella intenta humillarte, yo mismo le cortaré la lengua frente a mi padre.

​Esa noche, el sueño no llegó para Val.

Se quedó mirando la penumbra de la habitación, sintiendo el cuerpo de Alessio junto al suyo, preguntándose si el amor —o lo que sea que ese hombre sentía por ella— sería suficiente para frenar la ambición de un patriarca que ya conocía su pasado y la lengua bífida de una mujer que la consideraba de su propiedad.

​Mientras tanto, en un apartamento lúgubre al otro lado de la ciudad, Marcos se servía otro vaso de whisky barato.

Su mente enferma seguía dando vueltas a la desaparición de Val y a la humillación de su esposa Helena.

No sabía dónde estaba su antigua asistente, pero su obsesión estaba empezando a darle pistas.

Marcos estaba convirtiendo en un rastreador que pronto encontraría el rastro de sangre y perfume que Val había dejado atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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