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Obsesión y pecado - Capítulo 33

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33: Seda y Madrid 33: Seda y Madrid Tras el estruendo de la pasión inicial, la suite del Palace quedó sumida en una calma eléctrica.

Alessio se había quedado dormido unos minutos, pero Val, llena de una energía nueva, se escabulló de entre las sábanas.

Se puso únicamente la camisa blanca de Alessio; la tela de algodón egipcio le llegaba a mitad del muslo y olía profundamente a él, a una mezcla de tabaco, sándalo y hombre.

​Con la intención de impresionarlo, decidió usar la pequeña pero lujosa cocina de la suite.

Quería devolverle el gesto de cuidado que él tuvo en el avión cocinando algo especial, algo que gritara que ella también podía cuidar de él.

Sin embargo, entre la falta de familiaridad con los electrodomésticos de última generación y su propia distracción, el experimento terminó en desastre.

El olor a quemado invadió el ambiente, una nube gris que empañaba los relucientes azulejos de la suite.

Val forcejeaba con la sartén, golpeando los trozos de carne carbonizada que se habían pegado al fondo.

Estaba frustrada, con el rostro encendido por el calor del fogón y el cabello alborotado.

La camisa blanca de Alessio, que apenas le cubría lo necesario, se le pegaba a la espalda por el sudor.

​—Maldita sea…

—susurró, tratando de disipar el humo con un trapo.

​De pronto, el aire cambió.

Sintió el calor irradiando de un cuerpo masivo a sus espaldas.

Antes de que pudiera girarse, Alessio la rodeó, atrapándola entre el mármol de la encimera y su pecho firme.

Él soltó una carcajada ronca, un sonido profundo que le vibró en la columna vertebral.

​—Parece que mi pequeña tiradora no es tan buena con el fuego de la cocina —se burló contra su oído, rozando su lóbulo con los labios.

​Sin darle tiempo a replicar, Alessio deslizó sus manos por debajo de la fina seda de la camisa.

Val dio un respingo cuando sintió las palmas callosas y ardientes de él ascendiendo por sus muslos, subiendo con una lentitud tortuosa por su vientre hasta que sus dedos encontraron sus pechos.

Los apretó con una urgencia técnica, midiendo su peso, mientras sus pulgares comenzaban a rodar sobre sus pezones, endureciéndolos al instante bajo la tela.

​Val echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de él, soltando un gemido que se perdió en el sonido del extractor.

Alessio la giró con un movimiento fluido y la sentó sobre la encimera de mármol frío.

El contraste del hielo del material contra su piel desnuda y el fuego de las manos de Alessio la hizo jadear.

Él separó sus piernas con brusquedad y se encajó entre ellas, todavía vestido con sus pantalones de traje.

​La mano de Alessio descendió, buscando la humedad que ya la delataba.

Sus dedos se movieron con una precisión experta, encontrando el núcleo de su placer y presionando rítmicamente hasta que Val arqueó la espalda, aferrándose a sus hombros anchos.

Él la miraba fijamente, devorando cada una de sus expresiones, disfrutando de cómo sus ojos se ponían vidriosos por el éxtasis.

​—Mírame, Valeriana —ordenó él con voz de mando.

​Cuando ella abrió los ojos, él se liberó y la penetró de una sola estocada profunda, haciéndola gritar su nombre.

Cada embestida era una declaración de propiedad; el sonido de sus cuerpos chocando rítmicamente se mezclaba con el chisporroteo de la sartén olvidada.

Val sentía cómo la plenitud de él la llenaba, una sensación expansiva que la hacía sentir eléctrica, viva, reclamada.

Se aferró a su cuello mientras él aceleraba el ritmo, llevándola a un clímax que le hizo ver estrellas, estallando en oleadas de calor que la dejaron temblando en sus brazos.

​Cuando terminaron fueron en la habitación exhaustos – Definitivamente, no vas a volver a tocar una sartén —dijo Alessio una hora después, con una chispa de ternura en los ojos mientras le abrochaba el abrigo.

​Madrid los recibió con una luz dorada que parecía salida de una pintura.

Caminaron por la Gran Vía, y por primera vez, Alessio no miraba por encima del hombro buscando amenazas; solo tenía ojos para ella.

Se detuvieron en un pequeño mercado, y Val se deleitó con cada sabor: el jamón ibérico que se deshacía en su lengua, el vino tinto que le entibiaba las mejillas y la risa que brotaba de su pecho sin esfuerzo.

​Lanzaron monedas a una fuente y se tomaron fotos como una pareja común.

Val sentía una presión extraña en el pecho, pero no era el miedo de antes.

Era una calidez expansiva, algo que la hacía sentir ligera.

Miró a Alessio mientras él le explicaba algo sobre la arquitectura española y se dio cuenta de la verdad: se estaba enamorando.

Ella, que nunca creyó en el amor, estaba entregando su corazón al hombre que la había sacado del infierno, sin importarle que él mismo fuera el diablo.

Por un momento, Dios parecía estar de su lado.

​Sin embargo, el sol empezó a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo sangre.

​—Es hora de volver, Val —dijo Alessio, recuperando su máscara de acero—.

Los socios españoles nos esperan esta noche.

​Regresaron a la suite para prepararse.

El vestido negro de alta costura la esperaba sobre la cama, como una armadura de seda lista para la batalla que se libraría entre copas de vino y acuerdos millonarios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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