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Obsesión y pecado - Capítulo 32

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32: Cielo y asfalto 32: Cielo y asfalto El jet privado esperaba en la pista, una mole de metal brillante bajo el sol de la mañana.

Val caminaba junto a Alessio, tratando de mantener la compostura, pero el rugido de las turbinas hacía que su estómago se apretara.

Al subir la escalerilla y entrar en la cabina de lujo, el olor a cuero nuevo y aire presurizado terminó de desestabilizarla.

​Se sentó en uno de los amplios sillones de piel, apretando los apoyabrazos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

No quería que Alessio viera su miedo; no quería parecer niña asustada.

Quería ser la mujer fuerte que él estaba entrenando.

Pero cuando el avión empezó a carretear y la presión del despegue la empujó contra el asiento, su rostro palideció y una oleada de náuseas le subió por la garganta.

​Alessio, que no perdía detalle de cada uno de sus gestos, la observó en silencio por un momento.

Vio el sudor fino en su sien y la forma en que cerraba los ojos con desesperación.

Con una risa disimulada, casi un susurro de diversión, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una pequeña pastilla.

​—Tómala, Valeriana —dijo él, extendiéndole el comprimido y un vaso de cristal con agua—.

Es para el mareo.

​Val lo miró sorprendida, aceptando la medicina.

El roce de sus dedos al tomar la pastilla le devolvió un poco de calma.

​—Gracias —murmuró ella, relajando los hombros mientras el fármaco empezaba a hacer efecto.

​Se giró hacia la ventanilla y vio cómo la ciudad se convertía en un mapa de hormigas.

En su interior, una punzada de incredulidad la recorrió.

Recordó las noches de hambre, los gritos de su padre y el olor a encierro del club.

Siempre había soñado con huir, con ver el mundo desde arriba.

A pesar de la sangre que ahora manchaba sus manos y del pacto oscuro que había firmado, sintió que, de alguna manera retorcida, la vida le estaba devolviendo lo que le habían robado.

“Incluso a las sombras nos toca un poco de cielo”, pensó.

​Sintió la mano de Alessio cubrir la suya.

Él no buscaba consuelo.

Con un movimiento lento y decidido, llevó la mano de Val hacia su entrepierna, obligándola a sentir la dureza que el pantalón de vestir apenas lograba ocultar.

Sus ojos oscuros estaban fijos en los de ella, cargados de una urgencia que el viaje de once horas solo iba a intensificar.

​—No tengo paciencia para este vuelo, Val —susurró él contra su oído—.

El aire aquí arriba me pone de mal humor y tú no estás ayudando.

​El aterrizaje en Barajas fue suave, pero para cuando llegaron a la suite del hotel Palace, el autocontrol de ambos estaba hecho pedazos.

En cuanto el botones cerró la puerta de la suite tras dejar las maletas, Alessio no esperó a las llaves ni a las luces.

​La empujó contra la pared del vestíbulo, arrancándole el abrigo con una urgencia que rozaba la desesperación.

No hubo palabras dulces, ni preámbulos, ni el juego lento de la pieza oscura.

Era una necesidad biológica, cruda y violenta.

Val le devolvió la intensidad, tirando de su camisa hasta que los botones saltaron y rodaron por el suelo de parqué.

Se poseyeron allí mismo, a medio vestir, con una hambre que parecía ser la última, la penetró en seco como si el cambio de continente hubiera reseteado sus instintos y solo quedara el deseo de fundirse en el otro para confirmar que seguían vivos.

​El eco de sus jadeos llenó la suite de techos altos, mientras el sol de Madrid empezaba a ocultarse, dándoles la bienvenida a una ciudad donde nadie los conocía, pero donde sus demonios seguían siendo los mismos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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