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Obsesión y pecado - Capítulo 35

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35: El desvío de la sangre 35: El desvío de la sangre Valeriana sentía que el aire de la suite no entraba en sus pulmones.

El rostro de Alessio estaba a milímetros del suyo, sus ojos oscuros escaneando cada poro de su piel buscando la mentira.

Ella sabía que si le contaba la verdad sobre Vittorio en ese momento, el orgullo de Alessio lo llevaría directo a la boca del lobo en Valencia para enfrentar a su padre, y el “tiroteo cruzado” terminaría con la vida de ambos.

​Tenía que ser más inteligente que el miedo.

Tenía que sacarlo del tablero de juego sin que él sospechara que ella conocía el plan de su ejecución.

​—No quiero ir a Valencia, Alessio —soltó ella con un hilo de voz, dejando que una lágrima verdadera rodara por su mejilla—.

No es el aire del restaurante…

es una premonición.

Tuve un sueño horrible, y ver a esos hombres hoy, ver cómo te miran…

me dio pánico.

Llévame a París.

Dijiste que este viaje era nuestro.

Cumple el sueño de esa niña que nunca tuvo nada antes de que volvamos a esa mansión.

Solo cuarenta y ocho horas.

​Alessio la observó, debatiéndose entre su deber y la súplica desesperada de la mujer que se había convertido en su única debilidad.

Finalmente, el deseo de verla sonreír fuera de la sombra de su padre ganó la partida.

​—Está bien, Val.

Nos vamos a París —cedió él, besándola con una mezcla de amor y posesión—.

Pero solo serán dos días.

Mientras el jet privado de los Volkov despegaba con rumbo a la Ciudad de la Luz, en Valencia, el teléfono de Javier vibró sobre una mesa de metal.

Era un mensaje de texto de Vittorio, corto y letal, enviado desde una línea satelital que no dejaba rastro: ​”Si no están en Valencia, rastréalos.

No quiero fallas; sabes bien lo que te pasará si erras.” ​Javier apretó la mandíbula.

Conocía a Vittorio lo suficiente para saber que no era una sugerencia, sino una sentencia.

Si no cumplía con el “accidente” de Valeriana, su propia cabeza rodaría.

Con un gesto rápido, ordenó a sus hombres preparar el equipo.

El rastro del jet de Alessio era fácil de seguir para alguien con los contactos adecuados.

París los recibió con una lluvia fina que hacía brillar el pavimento de la Plaza Vendôme.

Se instalaron en una suite imperial, decorada con oro y terciopelo, donde los ventanales daban directamente a las luces de la ciudad.

​Alessio estaba inquieto.

Haber roto su rutina de negocios le generaba una tensión que solo sabía descargar de una forma.

En cuanto la puerta de la suite se cerró, acorraló a Val contra el dosel de la cama.

Sus manos, grandes y autoritarias, recorrieron el cuerpo de ella con una necesidad casi dolorosa.

​—Me has hecho dejar plantados a mis socios por un capricho, Valeriana —susurró él, desabrochando el vestido de ella con una rapidez técnica—.

Ahora vas a tener que compensarme.

​La hizo suya con una intensidad que rozaba lo desesperado, como si en el fondo de su instinto supiera que el tiempo se les estaba acabando.

Val se entregó por completo, usando el placer como un escudo contra el secreto que guardaba en su pecho.

​A la mañana siguiente, París pareció darles una tregua.

Caminaron por Montmartre, se perdieron en las callejuelas de Le Marais y Val, por primera vez, se sintió como una mujer normal, enamorada y protegida.

Comieron crepas en un puesto callejero y Alessio le compró un ramo de peonías blancas, un gesto tan tierno que le dolió el corazón.

​—¿En qué piensas?

—preguntó él, mientras cenaban en un pequeño bistró con vista a la Torre Eiffel iluminada.

​Val lo miró, y la verdad estuvo a punto de salir.

Estaba a punto de decirle que su padre era un monstruo que quería asesinarla, pero en ese momento, notó a un hombre en una mesa cercana.

No era un turista.

Tenía la mirada fija en ellos, con una mano oculta bajo la chaqueta.

​El peligro los había encontrado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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