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Obsesión y pecado - Capítulo 36

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36: Declaración de guerra 36: Declaración de guerra Val sintió un frío que no tenía nada que ver con la brisa de otoño de París.

El hombre de la mesa de atrás no había tocado su copa de Burdeos en diez minutos; sus ojos, fijos en la nuca de Alessio, eran los de un animal que espera la señal para atacar.

​—Alessio —susurró ella, dejando la copa de cristal sobre el mantel con un tintineo nervioso—.

No mires atrás.

Vámonos.

Ahora.

​Alessio no necesitó más.

Su instinto, pulido en los callejones más peligrosos del mundo, se activó al instante.

No hizo movimientos bruscos; pagó la cuenta con un billete de cien euros, tomó a Val de la mano y salieron al aire húmedo de la calle.

​—Dobla en la esquina —le ordenó él, su voz era ahora un susurro de acero—.

Camina rápido, no corras.

​Se metieron por un callejón estrecho de Le Marais, donde las sombras de los edificios antiguos parecían cerrarse sobre ellos.

El eco de unos pasos pesados detrás confirmó lo que Val temía: Javier no había perdido el tiempo.

El mensaje de Vittorio se estaba ejecutando.

​De repente, dos hombres salieron se pusieron frente a ellos, cortándoles el paso.

Alessio reaccionó con una velocidad sobrehumana.

Sacó la Beretta que siempre llevaba oculta en la espalda y, antes de que el primer hombre pudiera levantar su arma, Alessio le disparó dos veces en el pecho.

El estruendo rompió el silencio de París, rebotando en las paredes de piedra.

​—¡Corre, Val!

—gritó él, empujándola, mientras se giraba para encarar al hombre que los seguía desde el restaurante.

​Val no corrió.

Se pegó a la pared, con el corazón martilleando contra sus costillas, y sacó la pequeña pistola que Alessio le había obligado a llevar en su bolso “por si acaso”.

Vio cómo Alessio se enzarzaba en una lucha cuerpo a cuerpo con el tercer atacante, un hombre masivo que lograba desarmarlo de un golpe.

​El atacante sacó un cuchillo, brillando bajo la luz mortecina de una farola.

Estaba a punto de hundirlo en el cuello de Alessio.

Val no lo pensó.

Apuntó como le habían enseñado en el sótano, contuvo la respiración y apretó el gatillo.

El disparo fue certero; el hombre cayó de lado, soltando el cuchillo y agarrándose el hombro con un grito de agonía.

​Alessio se levantó, recuperó su arma y remató al hombre con una frialdad que hizo que Val se estremeciera.

Luego, la agarró por los hombros, sacudiéndola ligeramente.

​—¿Estás bien?

¿Te dieron?

—preguntó él, revisándola con una angustia que nunca le había visto.

​—Alessio, tenemos que irnos…

no son bandas rivales —soltó ella, rompiendo finalmente a llorar bajo la lluvia—.

Son hombres de Javier.

Tu padre…

tu padre dio la orden en el restaurante.

Lo escuché, Alessio.

Quería matarme en Valencia y que tú salieras herido para que volvieras a ser “su bestia”.

​El rostro de Alessio se transformó.

No fue dolor lo que vio en él, sino una furia negra y absoluta, una que quemaba más que el fuego.

El silencio que siguió fue más aterrador que los disparos.

Alessio miró los cadáveres a sus pies y luego el teléfono que vibraba en su bolsillo: era una llamada de Vittorio.

​Alessio no contestó.

Estrelló el teléfono contra el suelo y lo aplastó con la bota.

​—Se acabó —dijo él, envolviendo a Val en sus brazos, protegiéndola del frío y de la traición—.

Mi padre acaba de declarar una guerra que no puede ganar.

No vamos a volver a la mansión, Val.

Vamos a quemar su imperio desde afuera.

​Se subieron a un coche que Enzo había dejado preparado en una calle cercana.

Mientras salían de París a toda velocidad, Val miró por el retrovisor la Torre Eiffel que se alejaba.

El sueño de la niña se había cumplido, pero ahora empezaba la pesadilla de la mujer.

Se acurrucó contra el hombro de Alessio, sintiendo la dureza de su cuerpo y la promesa de una venganza que los uniría para siempre…

o los destruiría juntos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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