Obsesión y pecado - Capítulo 4
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4: El método de escape 4: El método de escape Val no tuvo que esperar mucho.
Escuchó el eco de los pasos de Nico y el clic de la puerta al abrirse.
Ella no se movió de la cama; se quedó allí, boca abajo, hundiendo la cara en la almohada, esperando que él dictara el ritmo de la noche.
Él entró en el dormitorio sin decir una palabra.
No hubo “hola”, ni preguntas sobre su día.
Nico conocía ese silencio de Val: era el silencio de quien necesita ser dominada para dejar de pensar.
Escuchó cómo él arrojaba su chaqueta al suelo y se desabrochaba el cinturón.
El sonido del cuero deslizándose fue la primera señal de que el control ya no le pertenecía a ella.
Nico se sentó en el borde de la cama y, con un movimiento brusco pero preciso, la agarró del pelo para obligarla a mirarlo.
Val soltó un pequeño jadeo, entre el dolor y la anticipación.
—Estás hecha un desastre, Val —murmuró él, con una voz ronca que le erizó la piel—.
¿Quieres que te ayude a olvidarlo?
Ella no respondió con palabras.
Solo asintió, buscando sus ojos.
Nico la giró sobre la cama y le inmovilizó las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano, una presa de hierro que la hacía sentir pequeña, vulnerable y, por fin, a salvo de sí misma.
—Dilo —ordenó él, inclinándose hasta que su aliento rozó sus labios.
—Por favor —susurró ella, cerrando los ojos.
Nico la tomó con una posesividad que rozaba lo agresivo.
Sus besos no eran dulces; eran reclamos, marcando su territorio en su cuello y sus hombros.
Val se arqueó, entregándose a la fricción del cuerpo de él contra el suyo, disfrutando de la falta de delicadeza.
Necesitaba esa intensidad, necesitaba que él fuera el dueño de cada una de sus reacciones físicas para que su cerebro, por fin, se apagara.
El encuentro fue una coreografía de poder.
Cada movimiento de Nico era una orden silenciosa a la que su cuerpo respondía con una obediencia eléctrica.
Cuando él la penetró, lo hizo con una fuerza que le robó el aliento, llevándola a ese límite donde el placer y el dolor se confunden.
Val se aferró a las sábanas, sintiendo cómo la tensión acumulada durante días por el trabajo, el jefe y la abuela, se rompía en mil pedazos bajo el peso de la autoridad de Nico.
En el clímax, Val gritó contra el hombro de él, una liberación que fue más un exorcismo que un orgasmo.
Se quedó temblando, vacía de pensamientos, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Minutos después, el silencio regresó, pero esta vez era distinto.
Nico se levantó, se vistió con la eficiencia de quien termina una tarea y le dio una última mirada antes de salir.
—No te acostumbres a que siempre esté cuando te rompes —dijo él antes de que la puerta principal sonara al cerrarse.
Val se quedó envuelta en las sábanas revueltas, con la piel todavía roja por el contacto.
El vacío seguía ahí, pero ahora estaba anestesiado.
Con la mano temblorosa, alcanzó el móvil en la mesilla.
La luz de la pantalla iluminó su rostro cansado.
Volvió a abrir el anuncio de la agencia.
Si Nico podía darle eso gratis, se preguntó qué tipo de control podría ejercer ella si empezaba a cobrar por ello.
Con esa idea en mente, Val cerró los ojos y, por primera vez en semanas, durmió sin soñar.
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