Obsesión y pecado - Capítulo 3
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3: Cruzando la línea 3: Cruzando la línea Val se quedó mirando el anuncio en la pantalla hasta que el brillo del móvil empezó a quemarle los ojos.
El cursor parpadeaba sobre el número de contacto como un corazón acelerado.
Sabía lo que significaba cruzar esa línea; ya no habría vuelta atrás al mundo de las excusas y los retrasos en la oficina.
Sería admitir lo que realmente era.
Bloqueó el móvil y lo lanzó al otro extremo del sofá.
Luego lo volvió a coger.
La duda era una náusea ligera en la base de la garganta.
¿Y si alguien la reconocía?
¿Y si aquello terminaba de romper lo poco que quedaba de la “Val normal”?
Pero entonces recordó la mirada de Marcos esa mañana, la forma en que la trataba como algo que se podía comprar con diez minutos de silencio, y una rabia fría la recorrió.
Si iba a ser un objeto, al menos ella pondría el precio.
Sin permitirse pensar más, pulsó el icono de llamada.
El tono de espera sonó tres veces.
El mundo pareció detenerse.
—Dígame —respondió una voz femenina, profesional, casi gélida.
Val tragó saliva.
Su voz salió más firme de lo que esperaba.
—Hola.
Llamo por el anuncio del trabajo…
discreto.
La conversación fue breve.
Técnica.
Sin juicios.
Al colgar, Val sintió una descarga de adrenalina que le hizo temblar las manos.
Había dado el paso.
Necesitaba aire.
Necesitaba quemar algo.
Salió al pequeño balcón que daba a un callejón oscuro.
Se encendió un cigarrillo y la primera calada le llenó los pulmones de un alivio amargo.
Miró la ciudad, las luces de los edificios vecinos donde la gente cenaba y veía la tele con vidas ordenadas, y se sintió más extranjera que nunca.
Pero la adrenalina del teléfono pronto empezó a mutar en esa urgencia física que siempre la perseguía cuando estaba nerviosa.
El sexo para ella era como el tabaco: una forma de expulsar el humo de su ansiedad.
Apoyó el móvil en la barandilla y buscó en sus contactos.
“Nico”.
No era un novio, ni siquiera un ex.
Era ese recurso de emergencia al que llamaba cuando el silencio de su piso se volvía demasiado ruidoso.
Sabía que él no haría preguntas.
Escribió rápido, con la ceniza del cigarrillo a punto de caer: ”Ven.
Tengo la puerta abierta y ganas de no pensar en nada.
Hazme feliz un rato, Nico.” Envió el mensaje y dio la última calada.
No pasó ni un minuto cuando el móvil vibró sobre el metal: “En quince estoy ahí.
Prepárate.” Val esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Tiró la colilla al vacío y entró de nuevo al piso.
Se despojó de la ropa por el camino, dejando un rastro de prendas por el pasillo, y se metió en la cama.
Se quedó allí, a oscuras, escuchando el latido de su propio cuerpo y esperando a que el sonido de la llave en la cerradura borrara, al menos por unas horas, la decisión que acababa de tomar.
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