Obsesión y pecado - Capítulo 52
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Capítulo 52: Sombras, Caídas y Risas
La madrugada era silencioso, solo interrumpido por el zumbido constante del aire acondicionado. Val dormía profundamente, con una mano apoyada en su vientre, ajena al drama que se desarrollaba al otro lado de la cama.
Alessio, con una linterna pequeña de grado militar, estaba sumergido en las páginas de un libro titulado “Guía para padres primerizos”. Tenía el ceño fruncido, concentradísimo, como si estuviera descifrando códigos de la Interpol. Estaba leyendo la sección de “Cómo bañar a un recién nacido sin que se te resbale” cuando, de repente, un estruendo metálico reventó el silencio desde la sala.
Alessio reaccionó por puro instinto asesino. En un segundo, el libro voló bajo la almohada y su mano ya empuñaba la Beretta con silenciador. Salió de la habitación como una sombra, moviéndose pegado a la pared, con el corazón martilleando no por miedo, sino por la furia de que alguien hubiera osado interrumpir su “estudio”.
Al llegar a la sala, vio una silueta moviéndose frenéticamente cerca de la cocina. Alessio apuntó al centro de la masa, con el dedo rozando el gatillo.
—¡Quieto o te vuelo la cabeza! —rugió en un susurro letal.
—¡Señor, soy yo! ¡Es una…! —la voz de Enzo se cortó cuando sus pies se enredaron con el andador-Ferrari que Alessio había comprado esa tarde.
Enzo salió volando, chocó contra la mesa auxiliar y aterrizó de espaldas sobre el “gimnasio musical para bebés”, que empezó a sonar a todo volumen con una melodía infantil de campanitas: “¡Pío, pío, pío, pajarito feliz!”.
Alessio bajó el arma, con los ojos como platos, viendo a su mano derecha —el hombre que había sobrevivido a tres guerras de clanes— atrapado entre un gimnasio de tela y un Ferrari de plástico.
—¡¿Qué demonios estás haciendo, Enzo?! —siseó Alessio, tratando de no despertar a Val.
—Había… había una cucaracha de este tamaño, señor —dijo Enzo, incorporándose con toda la dignidad que le permitía tener un colgante de un sol de peluche enredado en el reloj—. Esas cosas vuelan aquí. No quería que entrara a la habitación de la señora.
Alessio lo miró, miró el juguete que seguía cantando y, de repente, la tensión se rompió. Ambos se desplomaron en el sofá, tapándose la boca con las manos para que sus carcajadas no despertaran a todo el edificio. Era una risa histérica, de esas que dan cuando el susto mortal se convierte en una ridiculez absoluta.
—Casi te mato por un insecto, Enzo —dijo Alessio, secándose las lágrimas de risa.
—Y yo casi muero al ritmo de un pajarito feliz, señor —respondió Enzo, recuperando el aliento.
La risa se cortó en seco cuando el teléfono de Enzo, que estaba sobre la mesa, vibró con una luz azul intensa. Los dos hombres se pusieron serios al instante.
Enzo tomó el aparato. En la pantalla no aparecía ningún nombre, solo un “Número Desconocido”. No era una llamada normal; era una llamada satelital, del mismo tipo que Vittorio usaba para coordinar sus ataques. El teléfono dejó de vibrar, marcando una llamada perdida.
—¿Atiendo? —susurró Enzo, con el dedo sobre la pantalla.
Alessio negó con la cabeza, su mirada volviéndose fría y calculadora otra vez.
—No. Si es mi padre tratando de ubicarnos por la señal, atender es darle nuestra posición exacta. Si es un aliado, volverá a llamar o enviará un código. Por ahora, somos fantasmas. No quiero riesgos, no ahora que sé que hay algo más que mi vida en juego.
Enzo asintió y apagó el dispositivo por completo. Se quedaron un momento en silencio, sentados en la oscuridad de la sala, rodeados de juguetes innecesarios. La risa se había ido, reemplazada por la certeza de que, aunque estuvieran en el fin del mundo, la sombra de Vittorio Volkov seguía siendo larga y persistente.
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