Obsesión y pecado - Capítulo 54
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Capítulo 54: El Muro de Alessio
La tensión en el departamento se podía cortar con un cuchillo. Alessio caminaba de un lado a otro, revisando mapas tácticos en su tableta mientras Enzo preparaba los chalecos antibalas. La noticia de que Vittorio estaba en Ciudad del Este había transformado el ambiente: la calidez de los pañales y las risas había sido reemplazada por el olor a pólvora y aceite de motor.
Alessio se detuvo frente a Val, tomándola de los hombros con una firmeza que no admitía réplicas. Sus ojos, que minutos antes brillaban de ternura, ahora eran dos pozos de obsidiana fría.
—Val, escúchame bien. No vas a venir con nosotros —sentenció Alessio. Su voz era firme y directo. —. Es el lugar más peligroso del continente. Es un laberinto de pasillos, gente armada y traiciones. Con tu estado, no puedo permitir que te arriesgues a un tiroteo en medio de la multitud.
Val se soltó de su agarre, retrocediendo un paso, con la indignación encendiendo sus mejillas.
—¿Me estás pidiendo que me quede aquí encerrada mientras tú vas a buscar al hombre que quiere vernos muertos? —preguntó Val, con la voz vibrando de rabia—. Alessio, soy yo quien mejor conoce los códigos de comunicación de tu padre.
—¡No es una petición, Valeriana! —rugió Alessio, perdiendo la paciencia por el miedo a perderla—. ¡Ahora no eres solo tú! ¡Hay un bebé dentro de ti! Si te pasa algo, si el estrés o una bala perdida te alcanzan, no me quedaría nada por qué luchar. Te vas a quedar en este piso franco con dos de los mejores hombres de confianza que Enzo ha traído de la frontera. Estarás blindada.
Enzo, que estaba ajustando la mira de un rifle, levantó la vista y asintió levemente.
—Señora, el señor tiene razón. Ciudad del Este es un caos. Un hombre con la paranoia de Vittorio habrá sembrado la ciudad de ojos. Usted es su blanco principal para quebrar al señor Alessio.
Val miró a ambos hombres, sintiéndose como un pájaro en una jaula de oro. Sabía que Alessio lo hacía por amor, pero el instinto de lucha que había desarrollado desde París no se apagaba tan fácilmente.
—Me estás dejando atrás, Alessio —dijo ella, con una voz baja y peligrosa—. Estás haciendo exactamente lo que tu padre quiere: dividirnos. Él sabe que si te vas solo, eres más impulsivo. Él sabe que yo soy tu equilibrio.
Alessio se acercó y le dio un beso desesperado en la frente, ignorando su protesta.
—Prefiero que me odies por dejarte aquí, a tener que llorarte porque te llevé conmigo al infierno. Enzo, vámonos. Tenemos cuatro horas de camino y el informante no esperará.
Alessio tomó su chaqueta de cuero, su equipo y salió del departamento sin mirar atrás, temiendo que si veía los ojos llorosos de Val, su resolución se desmoronaría. La puerta se cerró con un chasquido metálico, y Val escuchó el giro de la llave desde afuera.
Se quedó sola en la sala, rodeada de los juguetes absurdos y el peluche del carpincho. El silencio del departamento era asfixiante. Pero Alessio había olvidado un pequeño detalle: Valeriana ya no era la secretaria sumisa de Madrid, y conocía perfectamente dónde Enzo guardaba las llaves de repuesto y el dinero de emergencia.
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