Obsesión y pecado - Capítulo 55
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Capítulo 55: La Sombra en la Frontera
Val se quedó mirando la puerta cerrada durante exactamente sesenta segundos. El silencio del departamento, roto solo por el tic-tac de un reloj de pared y el carpincho de peluche que la miraba desde el sofá, era un insulto a su inteligencia. Alessio creía que la protegía, pero ella sabía que en el mundo de los Volkov, estar sola era estar vulnerable.
—Crees que soy de cristal, Alessio —susurró Val para sí misma, con una determinación que le devolvió el aliento—. Pero olvidaste quién manejaba los hilos cuando tú ni siquiera sabías que yo existía.
Val no perdió el tiempo. Sabía que Enzo, con su paranoia profesional, guardaba un juego de llaves maestro y un fajo de dólares bajo el doble fondo de la caja de herramientas en el lavadero. Los encontró en menos de cinco minutos. Se puso una peluca negra, unos lentes oscuros y una chaqueta ancha que ocultaba cualquier indicio de su incipiente embarazo.
Salió del edificio por la escalera de incendios, esquivando a los guardias que Alessio había dejado en la entrada principal. En la calle, el calor de Asunción la golpeó, pero su mente estaba fría. Tomó un taxi hacia la terminal y, tras pagar el triple por un transporte privado directo, inició el viaje de cuatro horas hacia Ciudad del Este.
Cuando llegó, el caos la envolvió. El ruido de los motores, el griterío de los vendedores y la marea humana cruzando el Puente de la Amistad eran el escondite perfecto. Gracias a un rastreador que ella misma había vinculado al teléfono de Alessio en una noche de desvelo en la cabaña, llegó a un depósito abandonado cerca del río Paraná.
Entró con la pistola en la mano, moviéndose entre las sombras con una agilidad que sorprendería al propio Enzo. A lo lejos, vio las siluetas de Alessio y su mano derecha frente a una estructura metálica en el centro de una nave industrial vacía.
—¡Es aquí, Enzo! ¡El informante dijo que la señal venía de este punto! —gritaba Alessio, con el arma en alto y los nervios a flor de piel.
Val se acercó lentamente, saliendo de la penumbra.
—Llegaron tarde, caballeros.
Alessio se giró con una velocidad aterradora, pero bajó el arma al ver a Val. Su rostro pasó de la furia al pánico y luego a una admiración que no pudo ocultar.
—¡¿Val?! ¡Te dije que te quedaras en…!
—Cállate, Alessio —lo interrumpió ella, señalando hacia el centro del salón—. Miren adelante. Por eso no había guardias afuera.
De repente, una luz azul neón parpadeó y un zumbido eléctrico llenó el espacio. Frente a ellos, no apareció Vittorio de carne y hueso, sino un holograma tridimensional de una nitidez escalofriante. La figura del patriarca se materializó sentada en un trono de cuero, con un puro en la mano y una sonrisa que no auguraba nada bueno.
—Bienvenidos a la frontera, mis queridos traidores —la voz de Vittorio, procesada y metálica, rebotó en las paredes de chapa—. Alessio, hijo… siempre tan predecible. Buscando una pelea que ya terminó antes de empezar. Y Valeriana… veo que el cautiverio no te sienta bien.
Alessio disparó una ráfaga al pecho de la imagen, pero las balas solo atravesaron la luz, impactando contra la pared del fondo.
—No gastes munición, hijo —rio el holograma—. Esto es solo un recordatorio de que yo estoy en todas partes y en ninguna. Mientras ustedes perdían el tiempo viajando hasta aquí, yo ya he cerrado el trato que realmente importa. ¿Creen que Paraguay es un refugio? Para mí es solo un tablero de ajedrez.
Vittorio se levantó en la proyección, acercándose a la “cámara”.
—Felicidades por el bebé, por cierto. Un nuevo heredero… o una nueva moneda de cambio. Disfruten de su paseo por el Este. El próximo mensaje no será de luz, será de fuego.
La imagen parpadeó y se desvaneció, dejando el depósito en una oscuridad absoluta, solo rota por la luz de la luna que se filtraba por los agujeros del techo. Alessio se quedó estático, con el arma temblando en su mano. Todo el plan, el viaje y el riesgo habían sido en vano. Vittorio los había usado como marionetas para demostrarles que, incluso a kilómetros de distancia, seguía viendo cada uno de sus movimientos.
Alessio se giró hacia Val, su respiración agitada.
—Nos vio en la farmacia… supongo, a él no se le escapa nada, Val. Nos ha traído aquí para sacarnos de Asunción.
Enzo, revisando el equipo técnico que proyectaba el holograma, maldijo en voz baja.
—Es una trampa de distracción. Si él está usando hologramas para jugar con nosotros, significa que lo importante está pasando en otro lugar. Señor… tenemos que salir de aquí. Si nos ubicó para esto, es que algo viene hacia este depósito ahora mismo.
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