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Obsesión y pecado - Capítulo 57

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Capítulo 57: El Refugio de los Desposeídos

La lancha cortaba las aguas del Paraná con una violencia desesperada, dejando atrás las llamas de Ciudad del Este. Pero mientras Alessio y Enzo vigilaban el horizonte buscando señales de persecución, en la parte trasera de la embarcación, el mundo de Val se desmoronaba en silencio.

​El dolor fue un pinchazo agudo en el vientre, seguido de una sensación de calidez húmeda que le heló la sangre más que el agua del río. Con manos temblorosas, Val se revisó bajo la chaqueta. Sus dedos salieron manchados de un rojo intenso.

​—Alessio… —su voz fue un hilo roto.

​Alessio se giró instantáneamente. Al ver la palidez cadavérica de Val y la mancha de sangre, su rostro se transformó en una máscara de terror puro. Cruzó la lancha de un salto, olvidándose del motor y de los enemigos.

​—¡Val! ¡No, no, no! ¡Enzo, busca un médico! ¡Ahora mismo! —rugió Alessio, sosteniéndola contra su pecho mientras sentía que el alma se le escapaba.

No podían ir a un hospital público en Foz de Iguazú; los hombres de Vittorio estarían vigilando cada sala de emergencias. Enzo, usando sus antiguos contactos de contrabando, los guió hacia las entrañas de una favela controlada por el Comando da Sombra, una facción local que no respondía a nadie.

​Allí, en una clínica clandestina iluminada por generadores ruidosos, una doctora de la comunidad —una mujer curtida por tratar heridas de bala— atendió a Val. Alessio caminaba de un lado a otro en el pasillo, destrozando una silla de plástico con las manos por la impotencia, mientras Enzo negociaba con el jefe de la favela, un hombre llamado “Tico”, ofreciéndole oro y armas a cambio de protección absoluta.

​Finalmente, la doctora salió. Tenía el rostro cansado pero tranquilo.

​—Está estable —dijo en un portugués cerrado—. Fue una amenaza de aborto por el estrés extremo. El sangrado se ha detenido, pero necesita reposo absoluto si quiere que esto funcione.

​Alessio entró en la pequeña habitación como un vendaval. Val estaba recostada, pálida pero con una sonrisa débil.

​—Está bien, Alessio —susurró ella—. El pequeño guerrero sigue ahí.

​—No es solo un guerrero, Val —dijo la doctora, acercándose con un monitor de ultrasonido portátil de segunda mano—. Miren la pantalla.

​Alessio y Val fijaron la vista en la imagen granulosa en blanco y negro. La doctora movió el transductor y, de repente, dos pequeños latidos rítmicos llenaron la habitación. Tum-tum, tum-tum.

​—No hay un solo corazón —explicó la doctora con una sonrisa—. Son mellizos. Dos latidos, dos sacos. Todavía son muy pequeños para ver el sexo, están jugando a esconderse, pero están vivos y fuertes a pesar de todo.

​Alessio se quedó paralizado. Si una prueba de embarazo lo había desmayado en Asunción, la noticia de los mellizos lo dejó sin habla, cayendo de rodillas junto a la cama de Val y escondiendo el rostro en sus manos, sollozando de puro alivio y emoción.

Minutos después, Tico, el líder de la favela, entró en la habitación. Era un hombre con el cuerpo cubierto de tatuajes y una mirada que había visto demasiada muerte. Miró a Alessio, que todavía sostenía la mano de Val, y luego a la pantalla del ecógrafo.

​—Vittorio Volkov es un cáncer —dijo Tico con voz ronca—. Está en la zona rica de Río, vistiendo trajes caros y comprando políticos para que le regalen su presidencia en España. Odio a los extranjeros que vienen a usar mi país como si fuera su patio trasero.

​Alessio se levantó, recuperando la mirada del heredero de los Volkov, pero con una nueva determinación: ahora no solo peleaba por su mujer, sino por dos vidas más.

​—Él quiere el apoyo del presidente brasileño para ser intocable —dijo Alessio—. Si me ayudas a llegar a él antes de que firme ese tratado, no solo te daré el doble de lo que Enzo prometió. Te daré las rutas de suministro de los Volkov en toda Sudamérica. Tú serás el dueño del territorio, y yo solo quiero la cabeza de mi padre.

​Tico miró a Val y luego a los latidos en la pantalla.

—En mi mundo, la familia es lo único sagrado. Les daré refugio y mis mejores hombres para subir al asfalto de Río. Vamos a arruinarle la fiesta al “futuro presidente”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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